Casi ocho de cada diez colombianos desconfían de quien piensa distinto. La Selección Colombia en el Mundial ofrece una tregua posible.

Hay una pregunta incómoda que define al país en vísperas de la elección presidencial

¿Cuántos colombianos que votaron por Iván Cepeda volverían sentarse a almorzar con quien votó por Abelardo de la Espriella? Cada vez menos.

La política ya no solo está dividiendo opiniones, también está reorganizando la vida privada. La afinidad ideológica se ha vuelto casi que un requisito para la conversación, y la diferencia, motivo de silencio cortés o de ruptura abierta.

El fenómeno trasciende la polarización clásica. Lo que se erosiona no es el acuerdo, sino la disposición misma a confiar en quien piensa distinto.

El más reciente Edelman Trust Barometer ofrece una medida de esa realidad: casi ocho de cada diez colombianos desconfían de personas con valores, orígenes o fuentes de información diferentes a las suyas. La confianza, antes un bien relativamente público, se ha vuelto selectiva e insular, confinada a círculos cada vez más estrechos.

Su geografía también cambió. Los colombianos creen en su empleador y en las empresas mucho más que en el Gobierno o en los medios. La autoridad institucional cede ante la cercanía: se confía en lo conocido, en lo que se parece a uno.

Sumada a la percepción, que comparten dos de cada tres, de que el sistema favorece a unos pocos, la desconfianza deja de ser opinión y se vuelve mapa: unos y otros habitan realidades institucionales distintas, y desde esas trincheras se miran con sospecha.

El resultado es un país que no comparte ni siquiera los hechos sobre los que discute. Dos Colombias que se informan en fuentes opuestas, votan en bloques irreconciliables y, sobre todo, han dejado de hablarse. En esa fractura, la segunda vuelta es menos una elección que un censo de bandos.

Y entonces, por pura casualidad del calendario, llega el fútbol. Cuatro días antes de votar, el 17 de junio, la Selección regresa a un Mundial tras la ausencia en Catar.

La coincidencia tiene potencial terapéutico: durante noventa minutos, los de un lado y el otro gritarán el mismo gol, vestirán la misma camiseta y, por una vez, confiarán en el mismo desconocido.

Sería ingenuo confundir esa tregua con reconciliación. El fútbol une por sustracción: suspende la diferencia, no la resuelve. Pero para esta sociedad que ha olvidado cómo confiar en el otro, recordar que aún queda algo compartido no es poca cosa. Quizás la patria, por ahora, solo quepa en una camiseta.

Esta es la carta editorial firmada por el editor general de Forbes Colombia que apareció en la edición impresa de junio-julio 2026.