El tiempo libre más caro de la historia como eje de análisis: hablemos de lo que la IA le va a hacer al ocio, porque la automatización no va a matarnos de aburrimiento, va a ponernos frente al espejo. La verdadera pregunta no es cuánto tiempo libre tendremos, sino qué haremos con él.

En 1930, John Maynard Keynes predijo que para el año 2030 la semana laboral se habría reducido a quince horas gracias al avance tecnológico. El problema no sería el trabajo, argumentaba, sino el ocio: las personas tendrían tanto tiempo libre que no sabrían qué hacer con él. Keynes acertó en el diagnóstico y se equivocó en el calendario. La predicción no llegó de la industrialización del siglo XX, sino de una revolución algorítmica sin precedentes en velocidad ni alcance, y el desafío que él anticipó sigue sin respuesta: sabemos producir, pero no sabemos descansar, o sabemos trabajar, pero no sabemos vivir el tiempo que no trabajamos.

Cuando la inteligencia artificial comprime ciclos, automatiza decisiones y genera en minutos análisis que antes requerían semanas, lo que se libera no es un margen de agenda, sino tiempo en escala industrial, y ese tiempo no desaparecerá, irá a algún lugar. Y hacia dónde vaya dependerá de decisiones que estamos tomando ahora, a menudo sin ser conscientes de que las estamos tomando.

Sabemos producir, pero no sabemos descansar: esa es la contradicción que la IA va a poner sobre la mesa en todos los consejos de administración.

En este contexto, el ocio pasivo —streaming, redes sociales, entretenimiento algorítmico—, tiene valor como descanso, pero se convierte en problema cuando es la opción por defecto, no porque sea satisfactoria, sino porque es la de menor fricción. 

La ingeniería de la atención

Y es por eso que las plataformas digitales han perfeccionado la ingeniería de la atención: variabilidad aleatoria en las recompensas, eliminación de señales de parada, diseño orientado a maximizar el tiempo de pantalla. Cuando el tiempo libre que la IA libere fluya hacia esos ecosistemas por inercia, el resultado no será más creatividad ni más cohesión social. Será más pasividad.

El ocio social —cenar con amigos, actividades deportivas grupales, conversación sin agenda— tiene, en cambio, un impacto directo y documentado en el bienestar. 

Los estudios de Harvard sobre el desarrollo adulto, que llevan más de ochenta años siguiendo a las mismas cohortes, apuntan de manera consistente a la calidad de las relaciones como el predictor más robusto de una vida larga y satisfactoria. No el ejercicio, tampoco la dieta, ni las relaciones. En un mundo crecientemente digitalizado, la presencia física se vuelve un bien escaso y, por tanto, estratégicamente valioso.

El ocio creativo y el reflexivo —escribir, aprender un instrumento, leer con profundidad, pensar sin objetivo inmediato— son los más ignorados y los más fértiles. Mihaly Csikszentmihalyi documentó que los estados de flujo —esos momentos de absorción total que producen satisfacción genuina—, aparecen con mucha más frecuencia en actividades que requieren esfuerzo que en las que simplemente entretienen. 

Paradójicamente, trabajamos duro para tener tiempo libre y luego elegimos formas de ocio que nos producen menos satisfacción que el propio trabajo, y muchas de las grandes innovaciones de la historia nacieron en esos márgenes: Darwin durante sus paseos, Newton durante la plaga de 1665, o Einstein con el violín.

Es que la relación entre trabajo y tiempo libre no siempre fue la que conocemos. La idea de que el día se divide en bloques diferenciados es una invención de la Revolución Industrial. Fue el industrialismo el que inventó el tiempo libre como categoría, precisamente porque inventó el tiempo de trabajo como categoría diferenciad, y el contrato que estableció —trabajas una parte del día, el resto es tuyo— funcionó, con tensiones, durante casi un siglo.

Pero en las últimas décadas ese contrato se ha deteriorado en dos direcciones opuestas: algunos trabajadores tienen demasiado tiempo no estructurado por desempleo tecnológico, y otros no tienen suficiente tiempo personal por la hiperconectividad digital. 

La relación disfuncional con el tiempo libre

En ambos extremos, el resultado es el mismo: una relación disfuncional con el tiempo libre: la IA no creó este problema, pero está a punto de amplificarlo exponencialmente, porque lo que añade no es solo automatización de tareas mecánicas, sino de tareas cognitivas. El trabajo intelectual que durante décadas se consideró inmune a la automatización está siendo alcanzado y cuando eso ocurre a escala, la cantidad de tiempo que se libera es estructural.

La IA no inventó el problema de la relación humana con el tiempo libre, pero va a hacer lo imposible por ignorarlo, por eso, la gestión del tiempo liberado por la inteligencia artificial es uno de esos temas con potencial de pasar desapercibido mientras se redefine silenciosamente el mundo en el que operamos. No se trata de algo que ocurrirá en veinte años, es algo que está ocurriendo ahora, porque los modelos de lenguaje que en 2022 eran curiosidades tecnológicas, hoy son herramientas de trabajo habituales, y el tiempo que ahorran ya existe. Por lo tanto, la pregunta de hacia dónde va ese tiempo ya tiene respuestas empíricas, aunque pocas organizaciones las estén leyendo con la atención que merecen.

Significa, en primer lugar, reconocer que el bienestar de los empleados fuera del horario de trabajo es una variable estratégica. Las organizaciones que comprenden que la calidad del tiempo libre impacta en la capacidad de atención, creatividad e innovación durante el trabajo han entendido algo fundamental: las personas no se apagan y se encienden, son sistemas complejos que necesitan tiempo de calidad fuera del trabajo para rendir de manera sostenible dentro de él.

Significa, en segundo lugar, repensar los programas de formación. El upskilling orientado a la IA se centra en habilidades técnicas: usar modelos de lenguaje, interpretar datos algorítmicos, pero hay capacidades que esos programas raramente abordan: pensamiento profundo, tolerancia a la ambigüedad, creatividad no asistida, juicio ético en contextos complejos. Estas son precisamente las habilidades que la IA no puede sustituir, e invertir en ellas es invertir en lo que la organización necesitará más en el futuro.

Significa, en tercer lugar, cuestionar la métrica del tiempo como proxy de valor. La cultura del siempre conectado —emails a las once de la noche, disponibilidad permanente como señal de compromiso—, es incompatible con la lógica del tiempo liberado. Las empresas que traten el tiempo libre de sus empleados como inversión y no como costo llevarán diez años de ventaja a las que lo descubran tarde.

Ascholia, la negación del ocio

Para Aristóteles, el trabajo —la ascholia, la negación del ocio— era necesaria pero no era el fin de la vida humana. El fin era la eudaimonía, o el pleno desarrollo de las capacidades humanas. Y ese florecimiento solo era posible en la scholē —el ocio bien aprovechado—, de donde viene la palabra escuela. Lo que el industrialismo produjo fue una inversión de esa jerarquía: el ocio como recompensa del trabajo, el descanso como herramienta de recuperación para poder seguir produciendo, una de las grandes distorsiones culturales de la modernidad.

Por su parte, los estoicos romanos tenían un concepto pertinente: el otium cum dignitate, o el ocio con dignidad. No hablaban del descanso del esclavo que recupera fuerzas para seguir sirviendo, ni del entretenimiento del que el hombre huye de sí mismo, sino el tiempo libre del ciudadano que se cultiva, piensa, crea y contribuye al bien común. 

Cuando la inteligencia artificial nos libera tiempo, nos está devolviendo algo que la Revolución Industrial nos quitó hace doscientos años: la posibilidad de elegir cómo vivir, no solo cómo trabajar. Esa posibilidad es una oportunidad histórica extraordinaria, pero también es una responsabilidad enorme, porque una oportunidad que no se gestiona bien se convierte en una amenaza.

Es que el contrato social entre trabajo y vida que la Revolución Industrial estableció está siendo renegociado en tiempo real y nadie ha convocado formalmente esa negociación, pero está ocurriendo de manera difusa, en millones de decisiones individuales y organizacionales pequeñas que, sumadas, definirán cómo viviremos las próximas décadas. 

Los líderes que entiendan que tienen un papel activo en esa negociación estarán construyendo algo más duradero que cualquier ventaja competitiva de corto plazo. Estarán construyendo el tipo de mundo en el que valdría la pena vivir cuando el trabajo ya no nos defina tanto como ahora, y eso, es el desafío de liderazgo más importante de nuestra generación.

Por: Giuseppe Stigliano 

(*) El autor se ha desempeñado como CEO de tres firmas internacionales de marketing, colaborando con más de 300 empresas a nivel global. Además, es Profesor de Marketing, conferencista y asesor en Innovación Corporativa, Liderazgo y Marketing. Reconocido por Thinkers50 como uno de los principales líderes de pensamiento a nivel mundial, ha coescrito tres libros de negocios con Philip Kotler.

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