Colombia no llegó a este punto por obligación. Llegó porque alguien, con margen o sin él, decidió gastar más.
Al revisar las cifras de sostenibilidad fiscal de Colombia, la pregunta que surge es cómo llegamos hasta aquí. Aparentemente, nos perdimos en el camino y dejamos de ser ese país que, si bien no era sobresaliente en la clase de las finanzas públicas, siempre lograba terminar con éxito el año escolar.
En los últimos dos o tres años, Colombia no atravesó una guerra internacional. No hubo pandemia. El precio del petróleo tampoco se desplomó. Y aun así, el gobierno de Gustavo Petro cierra con un déficit fiscal de 117 billones de pesos, y de un déficit primario de 66 billones de pesos. El deterioro de nuestras cuentas públicas ocurrió sin una crisis económica externa. Nadie empujó a Colombia al hueco; ella se metió sola.
Y lo hizo con una excusa perfecta a la mano, que tampoco supo usar. Según el Comité Autónomo de la Regla Fiscal, la inflexibilidad del presupuesto nacional viene subiendo, de un histórico 85% a casi 90%. El propio Comité fue claro en mencionar que: ese aumento no se explica solo por la cargas que impone la ley, sino por fallas directas en la planeación financiera del Gobierno. La rigidez del presupuesto no fue la causa del incremento del gasto. Fue la excusa.
El Gobierno saliente no ajustó la senda de gasto: la expandió a cifras alarmantes. El gasto de funcionamiento aumentó 1,7 veces el promedio de lo que se gastó entre el 2020 y 2024, y el gasto de personal se incrementó en 2,9 veces. Los intereses de la deuda cuentan la misma historia. Lo que hoy destinamos en intereses equivale a 3,7% del PIB, y para 2027 la factura en intereses pasará de 65 a 83 billones de pesos. Llegaremos al punto en que, uno de cada cuatro pesos que recaude el Estado se irá solo en pagar los intereses de los créditos que se asumieron para mantenernos a flote.
Aquí es donde el problema deja de ser solo del próximo Ministro de Hacienda y se vuelve de todos. En nuestro país, 14,4 millones de personas siguen viviendo por debajo de la línea de pobreza monetaria. Por lo que, mientras resolvemos cómo reducir la pobreza con un presupuesto que ya está al límite, tendremos que sortear una crisis energética que no da tregua y una crisis de seguridad que exige más recursos, no menos.
El reto no es solo del próximo ministro: es de todos. Un país donde el 88% del gasto es inflexible y está blindado por ley tiene que encontrar, con creatividad y sin populismo, de dónde recortar y ajustar los gastos, con el coraje que nadie tuvo hasta ahora, revisando qué tan intocable es realmente lo “intocable”.
El próximo Ministro de Hacienda, Miguel Gómez Martínez, anunció que es necesario realizar un recorte de 60 billones de pesos. Lograr un ajuste de esa magnitud solo será posible si todos aportamos. No solo desde las decisiones fiscales, que pueden tocar el bolsillo de los ciudadanos y los balances generales de las empresas, sino también con la paciencia que le tome al país resolver los retos históricos y actuales que enfrenta.
El propio Gómez Martínez lo resumió con una cifra que no necesita explicación: hoy, un bebé que nace en Colombia ya carga sobre sus hombros una deuda pública superior a los 20 millones de pesos, sin haber tomado una sola decisión de gasto en su vida. Esa es la letra pequeña de gastar hasta el límite: las cuentas nacionales no las paga quien administra el Estado, las paga quien todavía no puede ni votar.
Porque si bien no hubo una tormenta que tumbó las cuentas de Colombia, sí hubo decisiones de gastar hasta el límite y esas decisiones nos dejaron a todos, no solo al próximo gobierno, la tarea de encontrar la salida.
El autor es profesor en la Escuela Superior de Administración Pública. Economista de la Universidad de los Andes y Magíster en Derecho Económico de la Universidad Externado de Colombia. Ha sido asesor en la Presidencia de la República, investigador del Grupo de Estudios Económicos de la SIC y profesor de la Universidad de los Andes.
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