El exministro compara la situación actual con el desplome petrolero que enfrentó durante el gobierno Santos. Advierte que el país tiene menos margen para absorber choques y plantea comenzar el ajuste por el gasto, sin descartar cambios tributarios.
Cuando el desplome del petróleo golpeó los ingresos de Colombia en 2014, Mauricio Cárdenas tuvo que buscar cómo repartir la pérdida. Como ministro de Hacienda del gobierno de Juan Manuel Santos, recuerda una fórmula que combinó tres decisiones: recortar gasto, conseguir ingresos por otras vías y aceptar temporalmente un mayor déficit.
Según sus cálculos, el país perdió ingresos equivalentes a tres puntos del PIB. La respuesta consistió en distribuir ese impacto, aproximadamente, en un punto de menor gasto, otro de ingresos adicionales y uno más de déficit mientras la economía se ajustaba.
“El choque petrolero nos cogió con las defensas muy altas”, afirma. Colombia tenía grado de inversión y, según recuerda, partía de un déficit cercano al 2% del PIB. Hoy, sostiene, la situación es diferente: “Ahora estamos con las defensas muy bajas, porque estamos con un déficit muy alto, una deuda muy alta”.
En entrevista con Forbes Colombia, el exministro advierte que ese punto de partida deja al país más expuesto a cualquier dificultad de la economía mundial. También explica por qué considera que el acercamiento al Fondo Monetario Internacional (FMI) anticipa una discusión que irá mucho más allá de conseguir nuevos préstamos.
Un problema que dejó de ser transitorio
Cárdenas reconoce que Colombia ha tenido durante décadas problemas fiscales asociados a la rigidez del gasto y a un recaudo insuficiente. Su argumento es que esas dificultades se mantenían dentro de márgenes que permitían financiar al Estado y conservar la confianza de los inversionistas.
Pero considera que, después de la pandemia, comenzó un deterioro que no se ha corregido y que se agravó en los últimos tres años. A su juicio, la persistencia del desequilibrio impide tratarlo como un mal resultado de una sola vigencia.
“Los problemas estructurales necesitan soluciones estructurales”, señala. Eso supone cambios que pueden resultar difíciles y costosos políticamente para el Gobierno que los impulse.
En su diagnóstico, el ajuste podría alcanzar el tamaño del Estado, el número de funcionarios, las remuneraciones, las entidades, los fondos públicos y las transferencias a las regiones. Por eso descarta que baste con aplazar una obra o reducir una partida aislada.
“No es como que, oiga, dejemos de hacer esta carretera y con esto se arreglan los problemas”, sostiene.
La presión también proviene de la deuda. Cárdenas advierte que podría llegar al 70% del PIB y subraya que el problema combina un mayor saldo de obligaciones con tasas de interés elevadas. El resultado, explica, es que una porción creciente de los ingresos debe destinarse a pagar intereses, reduciendo el margen para otros gastos.
Un presupuesto sin dieta definida
Una de sus críticas se dirige al tamaño del presupuesto de 2027 aprobado en primer debate por las comisiones económicas del Congreso. Le sorprende que ese paso no haya estado acompañado de una definición igualmente concreta de los recortes.
“Quedamos con el presupuesto extra extra large y eso asusta, porque ese presupuesto no hay cómo financiarlo y generaría un déficit enorme”, afirma.
Para Cárdenas, la presentación de las necesidades de gasto debía ir acompañada de una explicación sobre cuánto se reduciría y mediante cuáles decisiones. Recurre a una imagen para describir lo que considera pendiente: un presupuesto XXL necesita una dieta, y esa dieta debe conocerse al mismo tiempo que su tamaño.
El contraste con su experiencia como ministro vuelve a aparecer. Recuerda que entre 2014 y 2018 hubo espacio para distribuir el costo del choque petrolero y permitir un aumento temporal del déficit. Según su relato, este llegó a alrededor del 4% del PIB, lejos del escenario cercano al 9% que menciona para el próximo año si no se adoptan correctivos.
El FMI y la discusión sobre impuestos
El exministro interpreta el acercamiento al Fondo como el inicio de una negociación de fondo. En su opinión, después de anunciar ese camino, el Gobierno tendrá que avanzar hacia un acuerdo y discutir cuánto financiamiento podría obtener, a qué tasas y con cuáles condiciones.
“Lo de las condiciones es lo más complejo”, advierte. Aunque preferiría que el ajuste pudiera concentrarse en reducir el gasto, considera posible que la negociación incorpore medidas tributarias.
“Ojalá que no lleguemos a una tributaria, porque sería mucho mejor que esto se arreglara recortando el gasto”, dice. Su propuesta es comenzar por ese frente y determinar hasta dónde permite corregir el desequilibrio.
Si los recortes no bastan, cree que la discusión debería concentrarse en ampliar las bases tributarias. Es decir, que contribuyan más personas, empresas o bienes actualmente exceptuados, antes que aumentar unas tarifas que considera elevadas.
Consultado sobre la posibilidad de revisar exclusiones y exenciones del IVA, respondió que seguramente ese asunto entrará en la conversación. Reconoce, sin embargo, la dificultad política de pedir contribuciones a sectores que hoy no las realizan.
El financiamiento del FMI también debería servir, a su juicio, para aliviar el costo de la deuda. Lo resume como conseguir recursos más baratos para pagar créditos caros, dentro de un programa que permita corregir las cuentas públicas.
“El dólar va a subir”
Cárdenas también vincula la fragilidad fiscal con su perspectiva sobre la tasa de cambio. Su pronóstico es directo: “El dólar va a subir”.
Considera que una cotización de $3.000 ó $3.100 corresponde a una economía con mayor fortaleza que la que hoy observa en Colombia. En su lectura, esos niveles fueron pasajeros y estuvieron asociados al inicio del nuevo Gobierno, antes de que se conociera con mayor claridad la magnitud de las dificultades fiscales.
“La economía colombiana está más vulnerable. Entonces, yo estructuralmente no veo el dólar a $3.000”, afirma.
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