En 2023, US$ 7,3 billones se destinaron a actividades perjudiciales para la naturaleza, frente a US$ 220.000 millones invertidos en su conservación y restauración.
Cerca de US$ 58 billones del PIB mundial dependen de los servicios ecosistémicos, mientras los recursos financieros destinados a actividades perjudiciales para la naturaleza superan ampliamente los que se invierten en su conservación y restauración. Según el Informe Planeta Vivo 2026 de WWF, el tamaño promedio de las poblaciones de vertebrados silvestres cayó un 73 % entre 1970 y 2022, en un contexto en el que cerca de la mitad del producto interno bruto (PIB) mundial depende de los servicios que proporcionan los ecosistemas.
En 2023, esa proporción equivalía a unos US$ 58 billones. La cifra incluye actividades económicas que necesitan procesos naturales como la polinización, la disponibilidad de agua, la fertilidad de los suelos y la regulación del clima. Cuando estos sistemas se deterioran, los efectos pueden trasladarse a la producción, las cadenas de suministro y la rentabilidad de los negocios.
El informe identifica tres frentes que ayudan a explicar esta relación: la producción de energía, el sistema alimentario y la asignación de capital. En los tres, las decisiones económicas pueden profundizar la presión sobre la naturaleza, pero también contribuir a cambiar esa trayectoria.

Energía, alimentos y capital: los tres frentes del problema
El modelo energético continúa dependiendo de los combustibles fósiles, responsables del 75 % de las emisiones globales, según las cifras citadas en el documento. Además de acelerar el cambio climático, estas emisiones aumentan la presión sobre los ecosistemas y plantean desafíos para la seguridad energética.
La transición, sin embargo, ya muestra señales de avance. En 2024, uno de cada cuatro vehículos vendidos en el mundo fue eléctrico, mientras que el uso del carbón continúa en declive en algunas de las principales economías. La generación solar también gana participación: de acuerdo con WWF, la producción mundial de electricidad a partir de esta fuente, medida en teravatios-hora (TWh), se duplica cada tres años.

El cambio tecnológico convive con otro desafío: la manera en que se producen los alimentos. La expansión de las actividades agrícolas puede transformar hábitats naturales y acelerar la degradación de los suelos y el agotamiento de los recursos hídricos.
A este panorama se suma el destino de los recursos públicos. El informe estima que los gobiernos destinan anualmente US$ 470.000 millones a subsidios para prácticas agrícolas que contribuyen a la deforestación y al deterioro de los ecosistemas. La cifra pone el foco en los incentivos económicos que sostienen determinados modelos de producción y en las decisiones necesarias para transformarlos.
El tercer frente está en el sistema financiero. La asignación del capital determina qué actividades reciben recursos para crecer y cuáles quedan rezagadas. Sin embargo, cuando los impactos sobre la naturaleza no se incorporan suficientemente en las decisiones de inversión, el financiamiento puede seguir respaldando actividades que deterioran los ecosistemas.
En 2023, los flujos financieros destinados a actividades perjudiciales para la naturaleza alcanzaron unos US$ 7,3 billones, frente a apenas US$ 220.000 millones dirigidos a su conservación y restauración, según el informe. La diferencia evidencia el desequilibrio entre los recursos que impulsan actividades con impactos negativos y los destinados a proteger el capital natural del que depende la economía.
El costo de no invertir en naturaleza
Para WWF, revertir esta tendencia exige modificar los incentivos que orientan las decisiones empresariales y financieras. El informe plantea impulsar «puntos de inflexión positivos», es decir, cambios capaces de acelerar la adopción de prácticas favorables para la naturaleza hasta convertirlas en una norma dentro de los mercados y las organizaciones.
En ese proceso, marcos como el Grupo de Trabajo sobre Divulgaciones Financieras Relacionadas con la Naturaleza (TNFD, por sus siglas en inglés) buscan ayudar a las empresas y entidades financieras a identificar y comunicar sus dependencias, impactos, riesgos y oportunidades relacionados con los ecosistemas.
La apuesta también tiene una dimensión económica. WWF estima que cerrar una brecha de US$ 7,4 billones en capital natural en 40 países podría generar beneficios económicos por US$ 152 billones a escala mundial. Según el documento, esto representaría un retorno de US$ 20 por cada dólar invertido.
Las cifras ponen sobre la mesa una discusión que va más allá de los compromisos ambientales: cómo se distribuye el capital y qué actividades económicas se busca impulsar. Para las empresas, incorporar la naturaleza en sus decisiones implica evaluar los riesgos asociados al deterioro de los ecosistemas y las oportunidades que podrían surgir de invertir en su conservación y restauración.
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