María Nilsa Garzón Díaz, productora de Rosas, Cauca, logró vender su café a Banexport Café 18 durante una subasta en Bogotá. Un incendio destruyó su vivienda semanas antes y un atentado en la vía Panamericana estuvo a punto de impedirle viajar.

María Nilsa Garzón Díaz, una caficultora del municipio de Rosas, Cauca, logró vender un lote de su café a US$400 la libra, el precio más alto alcanzado en la subasta internacional Colombia Tierra de Diversidad, celebrada el pasado viernes en Bogotá durante Cafés de Colombia Expo 2026. La empresa Banexport Café 18 adquirió el café Castillo lavado que produce en la vereda El Sauce, después de 12 años de trabajo para mejorar su calidad.

Pero María Nilsa estuvo a punto de no poder participar. El pasado 12 de octubre, un atentado con carro bomba destruyó el peaje de El Bordo, en el municipio de Patía, sobre la vía Panamericana, cerca de la zona donde vive María Nilsa. El ataque, que dejó tres civiles heridos, generó dificultades de movilidad y puso en duda su viaje a Bogotá.

“A media hora se explotó la bomba del peaje, parecía que no podía salir”, contó María Nilsa en entrevista con Forbes Colombia.

Pero decidió continuar. Quería que su departamento, frecuentemente asociado con las noticias de violencia, fuera reconocido por la calidad de sus productos agrícolas.

“Esto es bueno del Cauca, porque el departamento y el Macizo colombiano es agua y es café”, afirmó.

A esa dificultad se sumaba una tragedia personal. Un mes y medio antes de la subasta, un incendio había destruido su vivienda en la finca y las existencias de café que tenía reservadas para comercializar durante el resto del año.

“Se me incendió toda la casa en la finca. Y lo único que tenía de recurso era este café para poder salir adelante”, relató.

Doce años detrás de un café

María Nilsa cultiva aproximadamente 7.000 árboles de café en una propiedad vinculada a su familia desde hace cerca de 120 años. La caficultura ha sido el sustento de varias generaciones.

Su café es de la variedad Castillo, ampliamente cultivada en Colombia por su resistencia a la roya. No se trata de una variedad como geisha o borbón rosado, habitualmente asociadas con precios elevados en las subastas de cafés especiales.

La productora atribuye el resultado al cuidado del cultivo y al trabajo de selección, fermentación y procesamiento del grano, al que dedica varios meses cada año.

“Es un café frutal, un café suave, de muy buen aroma, bien cuidado, bien cultivado, y se ha hecho un trabajo permanente durante 12 años para lograr esto”, explicó.

Durante años siguió los resultados de las subastas internacionales, particularmente las de Panamá, donde algunos cafés alcanzan precios extraordinarios. Su aspiración era conseguir un reconocimiento similar para un café producido en Colombia.

“Yo siempre admiraba esos cafés que pagaban en Panamá, en otros países, bien pagados. Y yo decía: ¿no será que en Colombia puede cumplirse un milagro, romper el récord con un precio de los que yo siempre había querido?”, recordó.

El valor de los cafés especiales

El lote de María Nilsa fue seleccionado entre los 1.048 inscritos en el Concurso Nacional de Calidad Colombia Tierra de Diversidad, organizado por la Federación Nacional de Cafeteros.

De ese total, 55 avanzaron a la etapa final de evaluación y 25 llegaron a la subasta internacional, que reunió compradores nacionales y extranjeros.

La puja registró ventas totales por US$685.539, con un precio promedio de US$68,109 por libra. El café de Rosas alcanzó US$400, muy por encima del promedio de la jornada.

Estos precios excepcionales corresponden a lotes seleccionados por sus atributos de calidad y no representan el valor que recibe normalmente un caficultor por toda su cosecha.

Para María Nilsa, la diferencia es significativa. Aunque reconoce que los precios del café han mejorado los ingresos de los productores, explica que buena parte del dinero de una cosecha debe destinarse al mantenimiento de los cultivos, la compra de fertilizantes y los gastos familiares hasta la siguiente recolección.

Por esa razón, complementa sus ingresos con la venta de café tostado y molido, artesanías y otros productos de la finca, donde también cultiva plátano y frutales y cría gallinas.

El futuro de la finca

Después del incendio, María Nilsa decidió continuar trabajando en la propiedad familiar. “En las ruinas yo dije: yo me levanto, porque siempre he creído en ese café y en el trabajo que estamos haciendo allá en la vereda”, recordó.

Su historia también está relacionada con uno de los desafíos de la caficultura colombiana: el relevo generacional. Sus hijos pudieron estudiar gracias a los ingresos del café. Uno de ellos se interesó por la actividad hasta el punto de formarse en barismo, mientras otros integrantes de la familia también se han vinculado al negocio.

María quiere demostrarles que la actividad agrícola puede ofrecer oportunidades económicas y que emigrar a las ciudades no es la única alternativa para las nuevas generaciones.

“Estoy tratando de que se enamoren del café, de la vereda, que no solamente se vive en la ciudad, que el campo también tiene futuro”, afirmó.

La venta por US$400 la libra no elimina las dificultades que enfrentan los caficultores del Cauca, desde los problemas de seguridad hasta los costos de producción, pero le permitió a María Nilsa alcanzar un objetivo que había perseguido durante más de una década y mostrar otra cara de una región marcada por el conflicto armado.

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