La vida no es como las películas de Hollywood. Esto es particularmente cierto si se piensa en las películas universitarias. En ellas, los estudiantes viven en el campus, pertenecen a fraternidades y enloquecen por los equipos deportivos de estudiantes. Para el latinoamericano promedio, aquellas cosas no hacen parte de su experiencia universitaria. Esto es informativo sobre los diferentes roles que cumple la universidad en cada uno de estos contextos, y sobre ello quiero hablar hoy.
En Estados Unidos, la universidad suele entenderse como el espacio donde los
jóvenes se convierten en adultos. Entrar a la universidad es el ritual por medio del cual
se abandona el hogar paterno, donde se es sujeto de la autoridad familiar, y se hace
uno miembro de una sociedad libre, donde se tiene toda una nueva serie de derechos y
responsabilidades. La formación universitaria busca, por tanto, desarrollar la
independencia, moldear el carácter y cultivar los valores esenciales de un buen
ciudadano, mucho de lo cual sucede fuera del aula. Esta concepción está enraizada en
la tradición de las artes liberales, en la que se ve a la educación universitaria como una
exploración intelectual amplia, más que como un entrenamiento profesional específico.
Esa filosofía se refleja en la estructura curricular. Un pregrado estadounidense suele
durar cuatro años y permite explorar distintas disciplinas antes de elegir una
especialidad. Después del segundo año, las asignaturas se concentran en la
especialidad elegida; sin embargo, aún entonces se deben cumplir requisitos en otras
áreas del conocimiento.
En América Latina, en cambio, hay una continuidad de la autoridad familiar a lo largo
de la vida adulta; por lo que la mayoría de los jóvenes estudian cerca del hogar paterno
y su experiencia consiste en ir a la universidad a tomar clases y regresar a dicho hogar
al final del día. Además, en prácticamente todos nuestros países, los estudiantes se
matriculan desde el comienzo en una profesión específica—e.g. economía, ingeniería,
medicina—y sus cuatro o cinco años de formación se organizan alrededor de ella. Y
aunque existen electivas y cursos de formación general, estos son un componente
menor del currículo y de la experiencia educativa en general. Es decir, la universidad
latinoamericana es, ante todo, un lugar al que se acude para adquirir los conocimientos
y las credenciales necesarios para ejercer una profesión.
Cabría esperar que el énfasis del modelo latinoamericano en la educación
profesionalizante facilitara la inserción laboral de sus egresados. Sin embargo, tanto la
evidencia micro—que muestra cómo las empresas tienen dificultades para encontrar
las competencias que necesitan y los recién graduados no consiguen empleos acordes
con su formación—como la macro—que muestra niveles de desempleo e informalidad
particularmente altos—sugieren que ese no es realmente el caso. ¿Cómo es entonces que una formación tan orientada al trabajo no logra responder apropiadamente a sus
exigencias?
Creo que hay tres razones.
La primera es que las carreras profesionales no siempre responden a la economía
local. Las universidades latinoamericanas suelen adoptar como referencia los
contenidos y métodos de los países en la frontera científica, sin considerar que
aquellos responden a las necesidades productivas de dichos países, las cuales no
necesariamente coinciden con las necesidades de las empresas de la región. Un
programa puede ser excelente según los estándares internacionales y poco pertinente
para el entorno en el que trabajarán sus egresados.
La segunda es que la universidad cambia mucho más lento que el mercado
laboral. Actualizar un currículo exige acuerdos académicos, aprobaciones
administrativas y, a veces, autorizaciones gubernamentales. Después hay que formar a
los estudiantes durante varios años. Para cuando se gradúan, las herramientas y los
procesos que aprendieron ya ha sido reemplazados en el sector productivo.
La tercera es que buena parte del trabajo solo se aprende trabajando. Cada
organización tiene procedimientos, tecnologías y formas de coordinarse que ningún
currículo puede anticipar correctamente. Además, mucho de lo que lo hace a uno un
empleado productivo consiste en saber articularse a la organización, lo cual requiere
habilidades comunicativas amplias, reconocimiento de objetivos abstractos y
familiaridad con el trabajo en equipo. Todas ellas son cosas que escapan la formación
profesionalizante en la que se suele enfocar la universidad latinoamericana.
Paradójicamente, una educación en artes liberales parece mejor posicionada para
facilitar a los egresados insertarse al mercado laboral. Ella concentra su atención en el
desarrollo de habilidades útiles en una gran variedad de contextos; cosas como
analizar problemas, comunicar ideas, ejercer el juicio y aprender de campos
desconocidos son herramientas que sobreviven las restricciones presentadas arriba.
Esto es algo que en América Latina deberíamos pensar más seriamente. El valor de la
educación no puede darse por sentado, debe probarse. Y, si algo, la coyuntura actual
hace esta cuestión más relevante. Nuestros estudiantes enfrentarán un mundo que
será completamente diferente, y nuestra promesa de valor debe ser coherente con ello.
Esa debería ser la obsesión de todos los que hacemos parte del sector educativo.
Por: Javier Mejía Cubillos
El autor es profesor en el departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Stanford. Ph.D. en Economía de la Universidad de Los Andes. Ha sido investigador y profesor de la Universidad de Nueva York–Abu Dhabi e investigador visitante de la Universidad de Burdeos.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.
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