El Informe Nacional de Competitividad 2025-2026 plantea que la resistencia al cambio, el cortoplacismo y la polarización impiden ejecutar las reformas que el país necesita.

Ana Fernanda Maiguashca recuerda el momento en que comprendió que debía cambiar la forma de hablarle al país y a sus colegas. Economista de la Universidad de los Andes, con un MBA en Finanzas de Columbia, pasó buena parte de su carrera en espacios donde la técnica era la norma: el Ministerio de Hacienda y la Junta Directiva del Banco de la República. Allí fue codirectora entre 2013 y 2021, los círculos donde la economía se discute con lenguaje de especialistas.

“En el Banco, me puse la camiseta para decirle a todo el mundo: parecemos tontos, hablando en griego, un lenguaje que no entienden la mayoría de los colombianos”, confiesa a Forbes.

Y aun así, reconoce que el Emisor debe seguir siendo el “adulto responsable” en una economía que navega entre presiones políticas, inflación persistente y un déficit fiscal que limita los márgenes de maniobra. “Pero eso no significa que debamos hablar solo entre economistas”.

Hoy, como presidenta del Consejo Privado de Competitividad y al frente del nuevo Informe Nacional de Competitividad 2025-2026, la economista caleña impulsa un giro de fondo: dejar de mirar solo los indicadores y preguntarse por qué, aun sabiendo lo que debe hacerse, Colombia no logra hacerlo.

El estudio, elaborado por el Consejo, adopta un enfoque inusual: la economía del comportamiento. Examina cómo sesgos como la resistencia al cambio, la aversión a perder o el cortoplacismo moldean la forma en que el país decide, regula y ejecuta —y, a menudo, se paraliza—.

“Distintos, no distantes: acuerdos incómodos para avanzar”, se titula el reporte de este año, un llamado a superar la polarización que ha entorpecido los grandes consensos.

“La invitación es a reconocernos en esos patrones y pensar juntos cómo superarlos”, resume Maiguashca.

El documento plantea que Colombia suele quedar atrapada entre tres trampas: los “equilibrios imposibles”, la “perfección sin avanzar” y la “incapacidad de asumir los costos del cambio”. 

Detrás de ellas laten los dilemas estructurales del país: una productividad estancada, un sistema de salud en crisis, un riesgo creciente de apagones y una institucionalidad fiscal cada vez más frágil.

De ahí la advertencia central del informe: si Colombia no acepta que el desarrollo implica costos, reformas difíciles y concesiones, seguirá buscando un consenso perfecto que nunca llega. 

Esa reflexión se traduce en tres ejes conceptuales que retratan la realidad del país.

“Sin el pan y sin el queso” describe cómo Colombia ha quedado atrapada en falsas disyuntivas: desarrollo o medio ambiente, minería o transición energética, crecimiento o justicia social. “Al despreciar los incentivos económicos o los costos de oportunidad, terminamos dejando el desarrollo en manos de la ilegalidad”, advierte el texto.

“Lo perfecto es enemigo de lo bueno” aborda el afán normativo del país por construir marcos ideales —en educación, salud o formación laboral— que nunca llegan a ejecutarse. En palabras de Maiguashca, “el exceso de perfección ha sido una forma de evasión: preferimos diseñar utopías a construir soluciones parciales que funcionen”.

Por último, “El que quiere marrones aguanta tirones” recuerda que mejorar la competitividad exige reformas difíciles, con costos políticos y económicos inevitables. Ajustar la salud fiscal, revisar la estructura de subsidios, o ceder competencias regulatorias no es popular, pero es necesario. “El desarrollo real no es gratis”, sentencia el documento.

En ese sentido, el informe es tanto un diagnóstico como un llamado a la madurez colectiva. No basta con diseñar políticas; hay que construir confianza entre actores que hoy se miran con recelo. 

La competitividad, concluye Maiguashca, no se decreta desde un ministerio ni desde una sala de juntas: “se negocia, se aprende y se construye todos los días, entre personas que piensan distinto, pero que entienden que sin acuerdos no hay progreso”.