En el mercado de las ideas, como en cualquier otro mercado, las condiciones de producción dependen de la tecnología disponible. Detrás del ascenso, consolidación, y declive de un paradigma intelectual suele haber, entonces, una historia tecnológica. Hoy quiero hablar de las condiciones tecnológicas que permitieron a la economía convertirse en la disciplina dominante entre las ciencias sociales y de cómo la transformación de aquellas condiciones está propiciando su declive hoy.

Durante la mayor parte de la historia humana, el conocimiento sobre la sociedad provenía de evidencia narrativa. Prácticamente todo lo que sabíamos sobre cómo vivían las personas, cómo se comportaban, y cómo se organizaban en comunidades provenía de relatos, crónicas y mitos. Así, las tradiciones intelectuales que prosperaron en ese contexto fueron aquellas bien equipadas para interpretar aquel tipo de evidencia. Piensen, por ejemplo, en la filosofía antigua o la teoría política de la Ilustración, el método dominante en ambas fue la disquisición teórica, que es, quizá, el recurso más efectivo para extraer enseñanzas de información cualitativa desestructurada de poca precisión fáctica.

La expansión de los Estados modernos durante el siglo XIX y de las grandes corporaciones durante el XX, sumado a las nuevas formas de preservar y transmitir información, cambiaron las cosas. Esto trajo una creciente disponibilidad de registros administrativos. Estos eran datos sistemáticos y homogéneos, recolectados para una fracción relevante de la población y, con frecuencia, en varios momentos del tiempo. La oferta de estos datos permitió el florecimiento de nuevas disciplinas con las herramientas metodológicas necesarias para aprovecharlos. La estadística desempeñó un papel esencial en este proceso, permitiendo ordenar estas grandes cantidades de datos e inferir patrones poblacionales a partir de información muestral.

Importante aquí es notar que, aunque había cada vez más datos, estos seguían siendo parciales y costosos de obtener. Aprovecharlos exigía, además de herramientas de inferencia estadística, un marco teórico que orientara las preguntas y la interpretación de las estimaciones. La economía estaba perfectamente situada para responder a ambas necesidades. La teoría neoclásica ofrecía predicciones concretas sobre patrones promedio, basadas en supuestos razonables del comportamiento individual y de interacciones en estructuras descentralizadas, que la econometría podía contrastar con datos muestrales. Explotando este potencial fue que la economía se convirtió en la disciplina más influyente de las ciencias sociales, siendo sus resultados preminentes en la discusión pública y prioritarios en la toma de decisiones tanto del sector privado como del público.  

Pero las condiciones tecnológicas han vuelto a cambiar. La disponibilidad de datos hoy es muchas veces mayor y, con ello, las ventajas de la economía parecen desvanecerse. En ese nuevo entorno, la predicción individual es posible y deseada, y no es allí donde la economía ofrece sus perspectivas más valiosas. Los economistas no estamos bien entrenados para entender a profundidad la complejidad del individuo, y nuestras habilidades predictivas son mediocres, cuando menos. De nuevo, nuestro potencial ha estado en inferir patrones promedio a partir de un entendimiento estilizado del individuo. ¿Pero para qué estimaciones promedio o teorías basadas en agentes estilizados cuando podemos conocer con precisión la idiosincrasia con la que se comporta cada persona?  

Mientras tanto, otras disciplinas han emergido mejor preparadas para aprovechar el nuevo contexto tecnológico. Por un lado, las ciencias computacionales y de datos han concentrado buena parte de sus esfuerzos en resolver los problemas de procesamiento que plantea la nueva abundancia de datos, logrando avances extraordinarios en esa gran búsqueda de la predicción individual. Por el otro, la psicología y la neurociencia reflexionan sobre la complejidad cognitiva y emocional detrás del proceder de cada individuo; de allí han emergido los principales avances recientes en nuestro entendimiento del comportamiento humano.   

Por tanto, no sorprende que una creciente parte de las conversaciones académicas sobre la sociedad estén teniendo lugar en espacios ajenos a las ciencias sociales. Yo mismo lo he experimentado de forma directa. Cada vez recibo más solicitudes de revistas tradicionalmente concentradas en las ciencias naturales, como Science o Nature, para evaluar artículos sobre historia económica, redes sociales, e innovación; y cada vez encuentro la producción publicada allí sobre temas sociales más relevante. Algo similar ha empezado a suceder en las esferas de decisión y la discusión pública, donde la voz de los economistas, dominante hasta hace poco, ha pasado a ser opacada por la presencia de líderes del sector tecnológico y divulgadores de ciencias comportamentales.

Por supuesto, hay muchas más cosas sucediendo simultáneamente y el desenlace de esto no está escrito. Mi canal de YouTube tiene varios videos explorando algunas de las otras fuerzas detrás de la pérdida de influencia de los economistas. La economía, además, es un ecosistema diverso y vivo que se está transformando día a día. Pero, a pesar de todo eso, es esencial entender que el ascenso de nuestra disciplina fue propiciado por vientos tecnológicos favorables, y mantener nuestra relevancia dependerá de la capacidad que tengamos para aprovechar los mucho menos favorables vientos actuales.

Por: Javier Mejía Cubillos

El autor es profesor en el departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Stanford. Ph.D. en Economía de la Universidad de Los Andes. Ha sido investigador y profesor de la Universidad de Nueva York–Abu Dhabi e investigador visitante de la Universidad de Burdeos.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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