¿Por qué esta campaña, y no otras disponibles con elementos similares, logró captar semejante atención? Algunos dicen que los votos de De la Espriella son votos contra el petrismo, otros, que representan una manifestación local de una tendencia internacional.
Independientemente de quién resulte vencedor este domingo, la irrupción de Abelardo de la Espriella (ADLE) en la política colombiana es el fenómeno más importante de este ciclo electoral. Sin experiencia previa en elecciones y con una precaria infraestructura partidista, De la Espriella ogró construir una candidatura competitiva por la que votaron millones de personas.
La mayoría de las explicaciones que he escuchado sobre este fenómeno son de carácter negativo y exógeno. Algunos sugieren que los millones de votos por De la Espriella poco tienen que ver con él y son simplemente votos contra el petrismo. Otros lo presentan como una manifestación local de una tendencia internacional más amplia, la misma que llevó al ascenso de liderazgos antisistema como los de Milei, Trump o Bukele. Otros más ven en su campaña la canalización de reacciones machistas, autoritarias y conservadoras amplificadas por las redes sociales. Mejor dicho, según estas interpretaciones, el éxito de ADLE sería el producto de vientos internacionales que llegaron a despertar los peores espíritus de los colombianos.
Ninguna de estas explicaciones, sin embargo, responde la pregunta fundamental: ¿por qué esta campaña, y no otras disponibles con elementos similares, logró captar semejante atención? Para responderla, creo que es necesario pensar en las raíces de nuestra cultura, porque ADLE logró conectar con dos valores estructurales del ethos colombiano; valores ignorados en el debate público por años.
El primero es la admiración por el trabajo duro y la iniciativa individual. En Colombia existe una categoría moral que atraviesa regiones, clases sociales e ideologías: la del “echa’o pa’lante”. Puede ser el fundador de una gran empresa que empezó en un pequeño taller, el muchacho que terminó sus estudios enfrentando infinidad de retos, o el deportista que pasó de las canchas de su barrio a triunfar en el exterior. La inmensa mayoría de los colombianos admira a esas personas. Y noten que no es una admiración a la riqueza sino a la trayectoria, a la disciplina y al esfuerzo.
El segundo valor está en la ética popular de la no intromisión. En muchas regiones del país se resume en una expresión sencilla: “el que está quieto se deja quieto”. La figura del entrometido rara vez goza de prestigio en la cultura popular colombiana. Por el contrario, existe una valoración espontánea de quien se ocupa de sus propios asuntos y permite que los demás hagan lo mismo.
Estos dos principios no nacieron con el neoliberalismo ni son producto de las redes sociales. Mis abuelos, y seguramente los suyos también, hablaban de ellos. Respetaban a quienes los encarnaban y aspiraban ellos mismos a hacerlo. La literatura costumbrista del siglo XIX está llena de personajes construidos sobre esas virtudes. Pero no hace falta ir tan lejos. Piensen en Betty la Fea, quizá el último héroe masivamente conocido de la ficción colombiana. ¿Por qué era un personaje querido? No por su riqueza, sagacidad, valentía o rebeldía. No eran estos atributos que abundaran en ella. Ella era querida porque trabajaba duro, y aunque no se metía con nadie, era permanentemente agraviada por otros. Todos queríamos verla triunfar porque encarnaba los dos principios sobre los que reposa la idea de dignidad en nuestra cultura.
A pesar de lo estructurales que son en nuestra cultura, estos principios estaban huérfanos en el debate político reciente. Por un lado, dentro del maniqueísmo petrista, donde la sociedad la componen élites capitalistas que explotan y pobres trabajadores que son explotados, no hay espacio para el “echa’o pa’lante”. Aún menos espacio hay para quien quiere no ser molestado por el colectivo. Ante la urgencia de la incesante explotación, se espera movilización y activismo permanente; quien no se involucra es visto como defensor del opresor y pasa a ser enemigo de las causas populares. Es imposible para el individuo escapar a la politización absoluta de la vida que promueve el petrismo.
Por el otro lado, ni el centro, ni la derecha tradicional han logrado apropiarse plenamente de estos valores. Aunque aquellos han solido defender el mérito y la libertad económica, siempre lo han hecho desde un lenguaje abstracto de desarrollo institucional; y en años recientes, deslumbrados por el éxito de la narrativa petrista, han terminado por subordinarlos a objetivos de justicia distributiva o capacidad estatal.
La aproximación de ADLE ha sido completamente diferente. Su campaña puso estos valores en el centro de la conversación y articuló sus objetivos de política alrededor de aquellos. Por ejemplo, cuando ADLE habló de seguridad y porte de armas con el streamer Westcol, no describió un problema abstracto de legitimidad institucional. Habló de un camionero que trabaja doce horas al día, que no se mete con nadie y que puede ser emboscado, robado y asesinado por delincuentes en cualquier carretera del país. El protagonista de su argumento no era la institucionalidad, ni el pueblo, ni otra categoría social abstracta. Era el ciudadano, uno que no esperaba que el Estado le resolviera sus problemas, sino que le diera herramientas para evitar que otros abusaran de él. Es allí donde la campaña de ADLE se diferenció y es allí donde emergió buena parte del entusiasmo hacia ella.
¿Es esta explicación incompatible con las demás interpretaciones sobre el éxito de De la Espriella? No. De hecho, estoy convencido que aquellos elementos negativos y exógenos son una parte importante de la historia. El asunto es que no son la historia completa y la antipatía personal que muchos sienten hacia ADLE parece impedirles reconocer esto. Aceptar que ADLE representa esperanza para millones que no ven sus valores representados por el establecimiento político no implica simpatizar con él, respaldar sus propuestas o concluir que sería un buen presidente. Comprender un fenómeno político no es lo mismo que celebrarlo, y a los opositores de ADLE les convendría entender eso.
Por: Javier Mejía Cubillos*
*El autor es profesor en el departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Stanford. Ph.D. en Economía de la Universidad de Los Andes. Ha sido investigador y profesor de la Universidad de Nueva York–Abu Dhabi e investigador visitante de la Universidad de Burdeos.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.
Lea también: El desmoronamiento de la democracia en Colombia empezó en 2022
