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La carrera del futuro (y cómo estamos fregando a nuestros jóvenes)

Los programas de base tecnológica ganan terreno con fuerza en las necesidades del mercado, sin embargo, pocos estudiantes los estudian. ¿Qué está mal con esa tendencia?

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Quienes me conocen saben que mi estilo de comunicación es fácil de describir -DI REC TO-. Cuando son generosos conmigo, me describen como ‘honesto’, ‘cándido’, o usan coloquios por mi acento de caleñazo, como que no tengo ‘pelos en la lengua’ o xyz. Cuando las cosas salen mal, me describen como ordinario (y sí que lo soy).

Este preámbulo se los hago porque en esta columna voy a ser más directo que de costumbre. Señores, la estamos cagando y duro. En Colombia nos estamos cagando a nuestros muchachos.

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A ver, ¿qué tiene de malo el país ahora? ¡Duque! ¡Claudia! ¡Santos! ¡Uribe! No, no, no, no, ninguno de ellos, el problema es estructural.

Tenemos un gran pacto entre los padres, colegios, universidades, e industria y nos hemos puesto de acuerdo para garantizar que nuestro país no progrese y nos vamos a quedar en el olvido.

Imaginen que les estoy hablando como un viajero que vino del futuro, del 2030 o 2040, a decirles que en Colombia estamos haciendo un par de cosas clave tan pero tan mal, que si no las corregimos nos vamos a quedar en el olvido.

Obvio pensaran, este man pretencioso viene a decir que sabe lo que va a pasar en el futuro. ¿Cómo te digo pues?, ¿Nostradamus? Pues sí viejo, en este punto en particular, yo sé que va a pasar en el futuro, no porque sea clarividente, sino porque vivo en el.

Trabajar en tecnología es ver qué está pasando en el futuro.

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Los que trabajamos en emprendimiento y sobre todo de tecnología tenemos la ventaja de ‘ver’ el futuro, porque nos imaginamos un momento ‘lejano’ cuando el mundo es distinto, con un problema menos (el que intentamos solucionar) y trabajamos muy duro para traer ese futuro al presente lo más rápido posible. Ejemplo, cuando Elon Musk dice ‘nos vamos pa’ marte’ el ‘sabe’ que llegaremos en algún momento, pero decide meterle la ficha para que suceda antes que muera.  

La segunda razón por la que veo el futuro es aún más obvia. Yo vivo en Silicon Valley,  y aquí uno puede ver muchos de los cambios seculares que llegarán a la sociedad mucho antes que el resto del mundo. Ejemplo bobo, todos conocieron Zoom cortesía del Covid, yo lo uso desde 2015.

Las cosas que se ven lejanas en mi patria, las veo aquí todos los días. El otro día hablaba con mi papa y me decía “mijo, esos self-driving cars se van a demorar 20-30 años en llegar, eso está muy lejos” a lo que yo le respondí, “papá ,ayer caminando por la calle estaba tan despistado que casi me atropella uno, o mejor dicho, casi lo atropello yo.” Los tamagotchis de Google los conozco también desde 2015.

¿Cuál es ese ‘futuro’ que es presente desde donde estamos parados?

Marc Andreessen dijo, “software is eating the world” el software está comiéndose al mundo. No hay ninguna industria que no esté afectada por la tecnología. Esto ha sido claro por más de una década, pero después de los avances de machine learning, con un paper publicado en xyz, con los avances de machine learning, la velocidad en la cual la tecnología va a afectar todas las industrias del mundo es casi abrumadora.

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Estas son las 15 carreras que más crecimiento tendrá en 2020 en E.E.U.U. de acuerdo a LinkedIn.

12 de las 15 son carreras de tecnología, y necesitan bases de estadística y computer science. Solo tres son roles de ventas.

Hagamos un ejercicio mental sencillo. En 20 años, cuando la clase del 2020 lleve 15 años de graduada de la universidad, ¿ustedes creen que va a haber más o menos software? (más, obvio) Listo, y hoy en 2020 existen 12 carreras que están creciendo a toda velocidad en economías desarrolladas, sin embargo, la mayoría no las han escuchado ni se están preparando para las mismas.

¿Qué es más probable?, ¿que tengamos una mano de obra no calificada para competir y aportar a la economía mundial o que estemos tan perdidos como las empresas que no hicieron esfuerzo en transformación digital y ahora con el Covid la están pasando muy mal?

 Ahora volvamos a cómo la estamos cagando. Asumo que saben para donde voy.

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Nuestra mejor materia prima, que es nuestra gente, se está preparando para una cantidad de carreras que, aunque necesarias, de ninguna manera van a ser el core de las economías fuertes, y muchas desaparecerán en los próximos años. Aquí las embarradas por cada grupo:   

1. Conocimiento del futuro de los estudiantes:

Esa clase del 2020 que se está graduando por Zoom el próximo mes, tienen unos objetivos de vida claros, impacto, libertad, significado, y de ellos la gran mayoría han decidido estudiar ingeniería industrial (la carrera del futuro como dice mi amigo), contabilidad, o administración y negocios internacionales.

La decisión es razonable, ya escribí de esto antes, pero les resumo por que lo estudian. Porque sus hermanos mayores, papás y líderes de empresas estudiaron eso. Hablan con el presidente de grupo ‘wachu wachu‘ y les dice “estudié finanzas o administración”, entonces ellos dicen “yo quiero ser como ese man”, y eso estudian y eso.  

Más aún, estamos tan tan tan atrasados en el entendimiento de la economía basada en tecnología, que la piedra angular del sistema, ‘los desarrolladores/ingenieros de sistemas’, para nuestros pelados son sinónimo de esos bichos raros, geeks que son cero sociables y le ayudan a uno con el computador pero con quien no se tomarían una cerveza.

Lo que me da mas tristeza, es que con las mujeres es peor. Aunque los graduados de colegio son 50 % mujeres, solo el 10 % estudian carreras técnicas como ingeniería de sistemas. Esto garantiza desigualdad económica en el futuro, y les hace la vida más difícil a las que si deciden irse por ese camino. Bastante machistas que si somos en Latinoamérica como para que además las carreras e industrias que van a dominar este siglo estén pobladas con 90 % hombres. 

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Los colegios, padres, amigos y todos los que trabajamos en tecnologia somos cómplices de ésto. Porque si de verdad nos tomaramos el esfuerzo de explicar lo importante que es escribir código, si entendiéramos que es tan valioso como el álgebra, saber escribir, sociales o las artes, o hablar inglés, lo veríamos en el colegio o sería una extracurricular como lo es el fútbol o la guitarra. 

También es nuestra culpa, porque los que vivimos en ‘el futuro’ no prendemos el megáfono para avisar lo que sucede. 

2. Las universidades:

Esta es la que más me emp**a. Porque las universidades si saben lo que está pasando, sin embargo, en mi alma máter, los Andes, gradúan al menos 200 ingenieros industriales y 60 ingenieros de sistemas. 

Explícame eso por favor. Ayúdame a entender eso que no lo entiendo. Anoche hable con mi hermano que trabaja también en tecnología, le dije “adivina cuántos ingenieros de sistemas graduamos en los Andes” y asumió que entre 200 y 300 que era muy poquito. Cuando le dije el numero, se quedó callado largo rato y me dice “que triste, nos llevó el p**tas.”

Si la excusa principal es la demanda de los estudiantes, pues expliquemos a los estudiantes las posibilidades futuras por lo menos, creemos becas y programas de out-reach. Hay tantos tantos cerebros brillantes en todos los rincones del país estudiando derecho, y Colombia tiene la mayor cantidad de abogados per cápita de todo Latinoamérica.   

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Por cierto, no tengo nada en contra de los ingenieros industriales, y la carrera tiene perspectivas interesantes porque permite flexibilidad de un mundo de trabajos: ventas, operaciones, finanzas y administración. 

El problema, es que esos roles no son los claves de la economía del ‘futuro’ (digo presente), lo son data scientist, ML developer, backend engineer, full-stack engineer, todas esas carreras tienen como piedra angular la ingeniería de sistemas y el desarrollo de código. Si el balance fuera 200 sistemas y 60 industrial, no estaría tan incómodo. Lo que me parte el corazón, es que son seis las mujeres que se gradúan de sistemas al semestre. Maldita sea, qué horror. 

No sé cual sea la excusa de las universidades. De verdad que no sé, de pronto mover el pensum es jodido, puede que haya recelo a perder relevancia de unas carreras frente a otras, y no se me escapa que esta forma de transmitir las fallas que veo es lo menos persuasivo que puedo hacer para ayudar a cambiarlo.

3. La industria (nueva):

La industria tradicional no tiene mucha responsabilidad. En este momento están tratando de transformarse, y de buena fe. Hacer un cambio a digital con assets pesados y equipos y tecnologías legacy es muy muy difícil, asi que ellos harán su proceso, pero no son culpables de que no haya más ingenieros, porque los están pidiendo a gritos.  

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¿Saben cómo sé que Nubank se va a comer a la gran mayoría de los bancos? Tienen 21 % de su fuerza en ingeniería y 7 % en research. Eso es 28 % de su base es tecnología dura. ¿Un banco promedio en Colombia? 9 %. Hasta Davivienda, que es de lejos el banco nuestro que más adelante va en transformación digital, y por mucho, a mis cuentas se mueve a velocidad de ⅓ a ⅕ de la de Nubank.  

Como industria nos deberia dar verguenza. Los ‘peores’ de todos son las universidades, pero nosotros no nos quedamos atrás. Las startups, empresas de desarrollo ‘grandes’ y casas de software (después les cuento de esta) nos matamos reclutando al talento que ya existe en vez de formar.

No educamos a los colegios, no hablamos con las peladas que tienen una mente brillante sobre dudas de qué estudiar; y cuando hablamos con los decanos de universidades y no nos paran bolas, nos rendimos y pensamos ‘es que están muy quedados, no entienden’, en vez de tratar y tratar hasta lograr un cambio. 

Ahora un acto de cobardía. Notaran que aquí entre los culpables no estoy poniendo al gobierno. No lo hago por tres motivos. Primero, habiendo conocido a varios funcionarios de entidades públicas, siento que la gran mayoría tienen todas las intenciones de crear en Colombia una política de estado que nos vuelva ‘más tecnológica’. ¿Veo fallas? Claro que sí, y admito que es ultra frustrante trabajar con el estado. (Hoy no mas, mi equipo está trasnochado porque para firmar un papel nos demoramos 5 días de un software que estamos haciendo gratis, imagínate) pero intenciones hay de sobra y hay un mundo de iniciativas que buscan mejorar la base tecnológica del país.

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La segunda, la cobardía a la que me refería, es porque les tengo miedo; literal, la otra vez nos adelantamos a hacer un anuncio sobre un permiso de tránsito por fallas de comunicación, y terminamos en un grupo en no se donde con la Fiscalía y Procuraduría preguntando quién era ese Truora y si había que investigarlo – QUÉ SUSTO.

La tercera, es que el gobierno tiene una tarea ardua de reactivar la economía post-Covid y eso tomará un esfuerzo titánico. Más aún, el gobierno tiene el mandato pero herramientas limitadas. Por más presupuesto que se tenga o no, ellos pintan con una brocha amplia y tienen que hacer políticas, no ejecutar. Ellos crean condiciones propicias para que ‘las cosas puedan pasar’ pero no son quienes las hacen. 

Los que ejecutamos somos todos nosotros, Freddy, Sim, Maria, Fabian, Miguel, Santiago, Maria Alejandra, Alex, Paola, Hernando, Alejandro, Martín, todos responsables de que ésto cambie.

Mensajes finales

A los emprendedores y equipos que trabajan en tecnología

Todos nosotros en la industria de tecnología tenemos una responsabilidad con el país, que es mostrarles lo que necesitamos. Algunos de ‘nosotros’ han tratado de dar ‘campanazos’ Como Simón Borrero de Rappi en la entrevista de la FM, o Freddy Vega de Platzi. Pero nos quedamos cortos porque estamos enfocados en otra cosa.  

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Yo entiendo que estamos tratando de salvar nuestros negocios y sobrevivir este bendito Covid, pero sabemos para donde vamos y sabemos que es grave. Si en algún momento vamos a poder influenciar, es ahora, que todo el mundo está en su casa y siente que el mundo ‘cambió’ en vez de ver que las placas tectónicas se movieron hace rato. 

A la clase del 2020 y en adelante

Por favor, investiguen sobre cómo es el mundo y para dónde vamos, olvídense de la contabilidad (en serio) o de carreras que no existirán en 20 años. Con este link pueden ver cuáles van a ser reemplazadas. Y por su bien, su impacto, su libertad y felicidad, si no saben qué estudiar, en vez de elegir industrial o administración por default, estudien sistemas, estos pueden hacer los mismos trabajos que las demás carreras y decenas solo ellos, y si le tienen miedo a los cálculos, frescos que los pueden perder varias veces, y así se sienta como una patada en el estómago igual terminaran mejor parados. 

A la mujer que no sabe qué estudiar

Por favor considera estudiar sistemas. Es una carrera maravillosa, que te dejará crear cosas de la nada, tener impacto gigante, independencia económica, nunca vas a necesitar depender de un man y vas tener un chance alto de tener el tipo de vida que prefieras. Vas a poder ser ingeniero/músico, cantante, artista, antropóloga, lo que se te dé la gana. 

Un incentivo adicional para finalizar. Señorita, le doy mi palabra, si estoy vivo el día que se gradúe, y alguna vez vieron esto y decidieron estudiar sistemas, escríbame un correo a [email protected] y yo mismo les doy trabajo o les consigo un trabajo. Y si no estoy vivo, escríbanle a mi hermano que seguro les hace el cruce. 

Fin del regaño azaroso. 

Contacto
LinkedIn: Daniel Bilbao
Twitter: @ddbilbao
*El autor es fundador y CEO de la empresa Truora, que tiene como objetivo combatir el fraude en Latinoamérica. Trabajó en la banca de inversión en Wall Street, es consejero y miembro de juntas directivas de varias ‘startups’ y hace angel investing.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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No necesitamos empresarios buenos

El mundo vive una ‘oleada de moralismo’, en donde se critica la acción política y también la empresarial. ¿Por qué no debe hablarse de empresarios “buenos” o “malos?

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Las sociedades, cada tanto, viven oleadas de moralismo. Me refiero a periodos en los que surge una obsesión colectiva por juzgar moralmente todos los ámbitos de la vida de las personas. En la actualidad, el mundo occidental vive una de estas oleadas. La expansión internacional de la corrección política, a la que incluso en Latinoamérica ya hemos tenido que acostumbrarnos, es parte de este proceso.

Las consecuencias de la actual oleada son muchas y la discusión al respecto es amplia. No obstante, existe un espacio al que el moralismo ha llegado y sobre cuyas consecuencias se habla muy poco. Les hablo del moralismo en la actividad empresarial.

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Tradicionalmente, de las empresas se esperaba que buscaran generar el máximo valor posible a sus accionistas, cumpliendo, por supuesto, con todos los requisitos definidos en la Ley. Eso no basta ahora. Ya no es suficiente que una empresa genere empleos con todas las garantías legales, que pague a tiempo a sus proveedores, que ofrezca productos de calidad a precios competitivos, que no evada impuestos, y que respete todas las medidas de protección al consumidor y al medio ambiente. Hoy, la opinión pública espera que las empresas sean “buenas”.

Se espera que las empresas ofrezcan remuneraciones extraordinarias a sus empleados y proveedores, que se sumen a cuanto movimiento social esté de moda, y que tengan un CEO que monte en bicicleta y use lenguaje incluyente.

Yo pienso que este nuevo ideal de empresa “buena” es inapropiado. Permítanme explicar por qué.

Primero que todo, la búsqueda de empresas “buenas” alimenta la ilusión de que es posible mantener los estándares de vida modernos, evitando todo tipo de impacto negativo de hacerlo. Y aunque sería hermoso que esto fuera posible, realmente no lo es. Toda actividad productiva tiene impactos ambientales, sociales, culturales, y económicos; y dada la producción necesaria para satisfacer los niveles de consumo actuales, las magnitudes de aquellos impactos son realmente altos. 

Si nos limitamos a pensar en los impactos ambientales, por ejemplo, deberíamos tener claro que producir implica tomar recursos de la naturaleza y transformarlos. Esto, inevitablemente, afecta el curso de los ecosistemas de donde aquellos recursos son extraídos y el de los ecosistemas donde los residuos del consumo son depositados. Es decir, la esencia material misma del mundo en el que vivimos hace que los impactos negativos de la producción sean inevitables.

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Es más, sabemos que estos impactos son tales que, con la tecnología disponible en la actualidad, necesitaríamos de varios planetas Tierra para permitir que toda la población del mundo disfrutara de los estándares de vida promedio de un país desarrollado.

Por supuesto que estos impactos se pueden atenuar y pueden ser justificables si los beneficios generados por ellos son mayores. El punto es que los dilemas morales de la producción no son independientes del consumo. Entonces, es una completa hipocresía que las clases medias y altas juzguen al aparato productivo por no ser suficientemente “bueno”, mientras ellas disfrutan de todas las comodidades que éste les permite.

De otro lado, pedirles a las empresas que sean “buenas” ha dado pie al surgimiento de una narrativa de “empresario-héroe” que ha menoscabado la regulación estatal. En la narrativa del “empresario-héroe”, lo que las empresas dicen hacer no es buscar mayores beneficios, sino tratar de hacer al mundo un lugar mejor.

Basta con ver lo que oficialmente declaran como su misión algunas de las corporaciones más grandes del mundo: Facebook, “Darle poder a las personas para compartir y hacer un mundo más abierto y conectado”; Airbnb, “Crear un mundo donde tú puedes pertenecer en cualquier lugar”; Microsoft, “Empoderar a cada persona y cada organización del planeta para lograr más”. Este lenguaje corporativo de reinado de belleza es acompañado por la imagen de líderes empresariales amigables de camiseta y tenis viejos.

Bajo esa narrativa, la intervención del Estado no solo es innecesaria, sino perjudicial. ¿Por qué habría de querer regularse a los héroes de la historia?

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Esto contrasta con la narrativa clásica del empresario egoísta, el viejo desagradable de traje y corbata concentrado en maximizar sus beneficios. Esta narrativa clásica, aunque generaba menos simpatía en la opinión pública, tenía una ventaja clara y era la de hacer evidente la necesidad de un Estado que supervisara y regulara al empresario.

Por último, promover las empresas “buenas” genera unas ineficiencias enormes, ya que desvía recursos de cosas importantes a tonterías cosméticas. El mundo no necesita millones de dólares en publicidad y relaciones públicas gastados por petroleras, para convencernos de que no contaminan, o por empresas tecnológicas, para mostrarnos que no generan productos adictivos. La sociedad estaría bastante mejor reconociendo abiertamente los impactos negativos de esas actividades y usando aquellos recursos en mitigar dichos impactos.

De forma similar, buena parte de los recursos físicos, humanos, y financieros que deberían dirigirse a los proyectos productivos más rentables, son sistemáticamente absorbidos por proyectos que, aunque bien intencionados, no son viables como empresas. La sociedad ganaría más promoviendo proyectos realmente rentables y canalizando sus excedentes a iniciativas sin ánimo de lucro que sí estén convenientemente diseñadas para lograr objetivos de bienestar más general.

Nada de esto implica que las empresas deban estar libres de exigencias morales. Sin embargo, esto sí muestra que promover una cultura en la que la opinión pública juzga a las organizaciones a la luz de una moral para la cual no están diseñadas, no hace más que dificultar su funcionalidad original y promover el enmascaramiento de muchas de sus actividades. Que las empresas puedan hacer muchas cosas, no quiere decir que deban hacerlo. Las empresas tienen como función primordial generar bienestar mercantil. Ese es un objetivo valioso y, como tal, debemos defenderlo.

Claro que el bienestar mercantil no abarca todo lo que quisiéramos como sociedad. También es cierto que el bienestar mercantil puede deteriorar nuestras vidas en otras dimensiones. Pero la solución a esto es fortalecer las instituciones que complementan y regulan a la actividad empresarial. Y la búsqueda de la empresa “buena” lo que genera es lo opuesto, el deterioro de estas instituciones.

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Entonces, en vez prestarle atención a la cosmética, deberíamos concentrarnos en la esencia de los costos que vienen de la actividad económica y en las responsabilidades sistémicas detrás de ellos.

No habrá soluciones mágicas, después de todo, aquellos costos nunca desaparecerán del todo. Sin embargo, lo que sí es claro es que el capitalismo no será un sistema más digno a partir de consumidores que quieren cada vez más y que creen que todo será solucionado por una nueva generación de empresarios heroicos que derrocarán a los viejos empresarios villanos.

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LinkedIn: Javier Mejía Cubillos
*El autor es Asociado postdoctoral en la división de Ciencias Sociales de la Universidad de Nueva York- Abu Dhabi. Ph.D. en Economía de la Universidad de Los Andes. Investigador de la Universidad de Burdeos e investigador visitante en la Universidad de Stanford.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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El trabajo remoto no genera burn out, los malos hábitos sí

Para una nueva modalidad de trabajo deben existir nuevas herramientas y hábitos. Este es el primer paso para no caer en el estrés o burn out a causa del trabajo remoto.

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Burn out

Aunque para muchos el trabajo remoto se ha convertido en una fuente de estrés y sobre carga laboral, no se puede negar que esta modalidad de trabajo logra que seamos más productivos y eficientes.

Mucho se ha hablado que esta nueva modalidad de trabajo está acabando con la salud mental de las personas. Pero la única razón por la que esto está pasando es porque las empresas están abordando el tema con las mismas herramientas y los mismo hábitos que utilizaban para trabajar presencialmente, y ahí es donde está el error.

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Tradicionalmente se pensaba, y me incluyo en esto, que, estar en una oficina todo el día era sinónimo de que las personas estaban teniendo mejores resultados y haciendo un mejor uso de su tiempo. Yo era de los que creían que tener a todo el equipo en un mismo lugar, 8 horas al día, me iba a asegurar que las cosas pasaran más rápido.

En Fitpal intenté hace cuatro años implementar un sistema de trabajo en casa, pero falló rápidamente. Hoy, que llevo trabajando más de 1 año, construyendo Ontop de una manera 100 % remota, me doy cuenta que en esa época no funcionó, porque no sabía cómo manejar ese sistema de trabajo que es tan diferente. No había implementado un sistema de comunicación integrado en la compañía como Slack. ¿Para qué? Si todo el mundo estaba encerrado en la misma oficina. Si necesitaba a Juan Pablo, bastaba con ir a su puesto y hablarle. No se tenía un protocolo de reuniones y video llamadas. Las reuniones eran un poco más improvisadas y esto hacia que no honráramos nuestro tiempo tanto como ahora lo hacemos en Ontop.

Voy a proponer una serie de ideas que podrán causar algo de controversia. Las oficinas no necesariamente están diseñadas para tener mayor productividad. Una oficina tradicional está llena de distracciones que interrumpen nuestros flujos de trabajo y periodos de concentración. Compañeros de trabajo charlatanes o jefes que vienen a nuestro puesto a preguntarnos por cosas, son algunos de los factores que sacan a las personas de su estado de flow y hacen que sea más difícil volver a estados de concentración profundos. 

En el trabajo remoto, tenemos la oportunidad de organizar nuestro tiempo y espacio para tener estos momentos de trabajo dedicado sin interrupciones. Sí, podemos tener bombardeos de mensajes por Slack, pero podemos decidir encender la funcionalidad de “no molestar” y responderlos tan pronto acabemos nuestro periodo de concentración.

Aunque una de las cosas que más me hace falta del trabajo presencial son los almuerzos y los descansos, y por supuesto son muy importantes en la construcción de cultura de una compañía, no es un secreto que en las compañías muchas veces se abusa de estos espacios.

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Esto no quiere decir que un trabajador remoto no pueda hablar con sus compañeros, tener un almuerzo tranquilo u organizar coffee breaks. De hecho, en Ontop estamos fomentando estos espacios porque entendemos la importancia de hacerlo. La clave es organizarlos bien, establecer su periodicidad, para asegurarnos que ese tiempo se respete y podamos seguir con nuestras tareas diarias sin problema. Los trabajadores remotos optimizamos nuestro tiempo de tal manera que combatimos la ineficiencia.

Las claves

Lo que antes era un beneficio ahora se ha vuelto una necesidad. Debido al Covid-19 el trabajo ha tenido que evolucionar. Muchas empresas han tenido que volverse completamente remotas por la pandemia. La clave de la productividad no es volvernos máquinas que no paran, por el contrario, es enseñarles a los equipos la disciplina de tener rutinas que involucren espacios dedicados de trabajo sin interrupciones, y espacios de esparcimiento y descanso.

Estos espacios de descanso, que recargan la energía, se pueden aprovechar de una manera increíble, sacándole más provecho del que podríamos sacarles a los coffee breaks o almuerzos en una oficina tradicional. Por ejemplo, un espacio de descanso podría involucrar pasar tiempo con nuestra familia, que está comprobado eleva nuestros niveles de serotonina y por ende nos da más felicidad. O por qué no parar y ver esa serie de Netflix que tanto nos gusta desde nuestra cama.

En Ontop, muchas personas de nuestro equipo hacen ejercicio en estos espacios. Hacer ejercicio a las 11 am en el mundo prepandemia, en las oficinas tradicionales, es un lujo que solo algunos se podrían dar. Tal vez las personas en Google y creo que ni esos podrían alcanzar el nivel de calidad y desconexión que uno logra estando remoto.

Una de las grandes ventajas del trabajo remoto es el ahorro de tiempo y energía que logran las personas al no tener que transportarse a una oficina. Estudios afirman que en promedio las personas gastan dos horas al día transportándose de sus casas al trabajo. ¡Dos horas! Trancones, buses, filas, los carros pitando y el movimiento de una ciudad que empieza sus labores, hacen que lleguemos drenadas al nuestro espacio de trabajo habiéndonos quitado la energía que necesitábamos por la mañana para sacar adelante nuestras cosas.

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Y ni hablar de llegar a la casa por la noche, después de 8 horas trabajando. Llegamos totalmente apagados y resulta retador conectarnos con nuestra familia y compartir con ellos en un buen estado de ánimo. Trabajando de manera remota, nos transportamos de nuestro cuarto a nuestro estudio y conservamos toda la energía para implementarlo en esas primeras horas de la mañana que son tan importantes.  Al tener más energía, podemos estar de un humor más agradable, reducir nuestros niveles de estrés y cortisol y por ende ser más creativos y eficientes resolviendo problemas.

Algunos dirán que estoy obviando el tema de salud mental, que por cierto he tocado en otros artículos. He descubierto en este tiempo, que, si las empresas le enseñan a las personas los buenos hábitos para ser exitosos trabajando remotamente, ninguno de los males que hoy en día tenemos a causa del trabajo remoto serán prevalentes en sus equipos: aislamiento, burn out, estrés, sobre carga.

El trabajo remoto no incrementa el burn out de la gente. Lo que lo incrementa es la falta de buenos hábitos y prácticas. Los departamentos de Recursos Humanos tienen que invertir fuertemente en los siguientes años para enseñarle las personas a trabajar mejor. Esta tendencia no va a parar, y necesitamos hablar más de esto. En Ontop estamos listos para ayudarles en lo que necesiten en cuanto a trabajo remoto. El mundo cambió, y la real pregunta es si ustedes van a cambiar con el mundo o se van a seguir resistiendo.

Contacto:
LinkedIn: Julián Torres*
Twitter: @juliantorresgo
*El autor es administrador de empresas de la Universidad de los Andes. Es cofundador de Fitpal y Ontop, una plataforma que le permite a las empresas contratar globalmente de forma legal y rápida.

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Eres tu principal motivador: ¿Cómo te estás hablando?

Las palabras que nos decimos a nosotros mismos de manera consciente o inconsciente influyen en nuestro éxito. Le contamos cómo permanecer atento a este aspecto.

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Los Navy SEAL son tal vez la fuerza élite militar más prestigiosa y preparada del mundo. Fundada en 1962 durante la Presidencia de John F. Kennedy, como una unidad de combate para llevar a cabo misiones en Tierra, Mar y Aire (de ahí su nombre Sea, Earth and Land), los SEAL se han caracterizado por llevar a cabo las misiones más delicadas y difíciles del mundo, teniendo que capturar enemigos de gran valor en terrenos dificiles, recolectar inteligencia e información sensible y realizar complicadas operaciones de demolición debajo del agua.

El proceso para convertirse en SEAL es conocido por su alto nivel de exigencia y su alta tasa de deserción. La gran mayoría de los militares que entran al programa, no lo terminan. La gran mayoría se dan por vencidos en la muy conocida Semana del Infierno (en inglés Hell Week) durante la cual los aspirantes son sometidos a más de 110 horas sin dormir, al igual que a largas jornadas en las que les toca cargar troncos y balsas pesadas en sus cabezas y como si no fuera poco, correr y nadar durante largas horas en condiciones extremas de clima, todo esto mientras son humillados y acosados por sus superiores.

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Casi todos los años, el 94 % de los aspirantes a este gran reconocimiento “tocan la campana”, queriendo decir que se retiran antes de haber culminado la semana del infiero. Simplemente el nivel de esfuerzo físico y mental es muy grande y se convierte en algo insoportable. De hecho, bastantes personas mueren al año durante este duro entrenamiento.

Uno pensaría que para formar mejores Navy SEAL, el ejército debe tratar de encontrar personas bastante fuertes, grandes y de unas condiciones físicas excepcionales; el típico machote. Sin embargo, un estudio que realizaron encontró que no necesitaban integrantes con estas características estereotípicas, sino necesitaban a alguien más parecido a un vendedor de seguros. ¿Por qué?

Vender una profesión bastante difícil. Tratar de convencer a alguien de algo y ser rechazados fríamente, no es algo que sea muy placentero o agradable. Adicionalmente, tener que llegar a objetivos y cuotas de ventas es estresante, en especial cuando la continuidad de nuestro trabajo depende de esto. Los vendedores de seguros, en especial, se enfrentan a un gran número de rechazos cada mes y el producto que venden no es el más atractivo o sexy del mercado. Por ende, estos profesionales, aprenden muy rápido el arte de la resiliencia. Se vuelven expertos en recibir rechazos y fracasar, y aún así, siguen trabajando y moviéndose hacia adelante.

Esta es la razón por la cual los vendedores de seguros son mejores Navy SEAL. El estudio psicológico realizado por esta institución reveló que había un tema en común entre los candidatos que tenían éxito durante la Semana del Infierno: tenían la capacidad de hablarse positivamente a sí mismos y tenían una perspectiva positiva de las cosas.

Nos decimos entre 300 y 1000 palabras cada minuto. Esas palabras pueden ser positivas (Soy capaz, yo puedo, soy capaz de resistir) o negativas (no puedo más, es muy difícil, voy a fracasar). Resulta que cuando estas palabras que nos decimos son positivas, tienen un efecto directo en nuestra resistencia a la adversidad y al dolor y nos hacen querer seguir a pesar de que todo nuestro cuerpo dice que no.

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Aunque no todos participaremos en estas duras pruebas de los SEAL, hay algo muy importante que podemos aprender de esto. Hay seres humanos en este mundo, no muy diferentes físicamente a nosotros, que han podido soportar dificultades y dolores inimaginables y nunca se rindieron. ¿Genética? No. Simplemente es un hábito de hablarse de una manera más positiva que negativa.

Paren un momento y piensen cuántas de las cosas que se dicen a ustedes mismos diariamente son negativas. Se sorprenderán. Nadie nos enseña a hablarnos a nosotros mismos de una manera amable y positiva, para maximizar nuestros chances de terminar los proyectos que nos proponemos, de ser resilientes en situaciones difíciles y de poder enfrentar nuestros fracasos. Puede sonar a un tema de auto ayuda bastante cliché, sin embargo, las investigaciones lo demuestran. Si somos más optimistas y las conversaciones que tenemos con nosotros mismos son más positivas, tendremos mejor salud e incluso seremos más suertudos porque terminaremos perseverando y creando más oportunidades para nosotros mismos.

La clave está en comenzar a contarnos mejores historias. El storytelling no es solo una habilidad que tenemos que desarrollar para cautivar inversionistas, es un hábito que podemos desarrollar para comenzar a contarnos las historias adecuadas y ponernos en un camino más prospero y exitoso.

Así que les pregunto, ¿Cuál es la siguiente historia que se quieren contar a ustedes mismos?

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*El autor es administrador de empresas de la Universidad de los Andes. Es cofundador de Fitpal y Ontop, una plataforma que le permite a las empresas contratar globalmente de forma legal y rápida.

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Lo que serán los próximos 200 años

¿Cuáles son las limitaciones para crecer como sociedad? ¿En qué aspectos están los principales retos y oportunidades?

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“A menudo, los problemas contemporáneos no se entienden del todo hasta que se convierten en historia y pueden verse en un contexto histórico”: Herman Kahn, William Brown y Leo Martel (1976).

Hace 45 años, Herman Kahn –físico, matemático, maestro de estrategia, futurólogo, fundador del Hudson Institute y padre de los modelos de escenarios futuros de Shell– publicó junto con William Brown  –físico enfocado en energía, recursos y estudios ambientales– y Leon Martel –politólogo con experiencia en inteligencia política y militar– el libro The Next 200 Years, en donde, con la asistencia del personal del Hudson Institute, analizaron los escenarios para Estados Unidos y el mundo al año 2176.

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El libro se publicó en el año del bicentenario de los Estados Unidos, y presenta una evaluación de lo que habían sido sus primeros dos siglos y las probabilidades para los próximos dos.

En un momento en donde los analistas del Hudson Institute identificaron que los mayores problemas en los años 70 eran el crecimiento poblacional, la limitada energía, la escasez de recursos naturales, la insatisfacción de la demanda alimentaria, la contaminación y la guerra termonuclear, el libro sobre los próximos 200 años fue escrito de cara a enfrentar la cuestión crítica de la segunda mitad del siglo XX: si la tecnología y el crecimiento económico destruirían la humanidad o si por el contrario mejorarían las perspectivas de paz y prosperidad.

A diferencia de los hallazgos y las perspectivas simultáneamente catastróficas y esperanzadoras presentadas al Club de Roma en 1972 en el reporte Los límites para crecer –donde un equipo de investigadores del Massachusetts Institute of Technology examinan el crecimiento explosivo de la población, el agotamiento de los recursos naturales, la producción agrícola, la producción industrial y la contaminación como factores que limitarían el crecimiento económico al año 2100–, Kahn y sus colaboradores identifican en sus estudios que no solamente la población mundial comenzaría a crecer a una tasa menor, sino también que universalmente se podría alcanzar prosperidad y altos estándares de condiciones de vida.  

Según los autores, las limitaciones para crecer podrían surgir con más probabilidad de aspectos psicológicos, sociales y culturales, o de la mala suerte y/o de las prácticas monopolistas que interfieran con la oferta, que de límites reales físicamente de recursos disponibles. Por ende, para los autores, las preocupaciones sobre el futuro de largo plazo, además de los temas ambientales, no deberían ser los aspectos tecnológicos, sino los asuntos en los cuales la humanidad es más factible que tome malas decisiones.

Estas malas decisiones se toman en parte porque no son entendidas, y en parte porque son realmente inciertas y/o irresolubles. Para Kahn y sus co-autores, incluso con un liderazgo extraordinario y con buena suerte, los resultados pueden variar inmensamente.

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Explican los analistas que los problemas de las sociedades modernas, especialmente los que afectan la calidad de vida, se derivan no de fracasos sociales, sino de grandes logros sociales. Por ejemplo, mencionan que, debido a la abundancia, las personas no tienen que esperar por posesiones o por la mayoría de las cosas que desean, y se tornan saciadas, aburridas y petulantes cuando lo consiguen y enfurecidas cuando no reciben lo que quieren inmediatamente.

Que el crecimiento económico continuo y los mejoramientos tecnológicos hacen que se exijan tasas crecimiento irrealistamente altas. Que la seguridad física, la salud y la longevidad traen consigo preocupaciones neuróticas por evitar el dolor y la muerte. O que el racionalismo y la eliminación de superstición desemboca en pérdida de la tradición y la fe y en que nada que no pueda ser justificado por la razón pueda justificarse.

Por otro lado, aunque, como veíamos al principio, para los autores muchos de los problemas actuales no pueden entenderse hasta que se ven en un contexto histórico, creen también que “la futurología puede proporcionarnos ese contexto ahora, al darnos un punto de vista artificial desde el que mirar hacia atrás: examinada en esta perspectiva a largo plazo, la cuestión actual parece bastante diferente y puede comprenderse mejor. Incluso si el futuro real se desvía del proyectado, el ejercicio merecerá la pena por las nuevas perspectivas que proporciona” (Herman Kahn, William Brown y Leo Martel, 1976).

Proponen Kahn y sus colaboradores que hay cuatro tareas pendientes para construir futuros de largo plazo: la primera es proyectar una imagen convincente de un futuro deseable, plausible y práctico, lo cual es extremadamente importante para asegurar altos niveles de moral, dinamismo y consenso de manera que el engranaje social fluya suavemente. La segunda es abordar los problemas del presente y del futuro inmediato. La tercera es afrontar los problemas desconocidos del largo plazo. Y la cuarta es pensar en la sociedad posindustrial (cambio en el poder para direccionar y manipular a los humanos y la naturaleza, menores diferencias entre las personas y competencia por los valores escasos).

Finalizo entonces con esta frase para la reflexión, atribuida a varios personajes y pafraseada por Kahn y sus colegas (1976): “los que descuidan el futuro se arriesgan a perderlo”.

Contacto
LinkedIn: María Alejandra Gonzalez-Perez
Twitter:@alegp1
*La autora es profesora titular de la universidad Eafit. Es presidente para América Latina y El Caribe de la Academia de Negocios Internacionales (AIB). PhD en Negocios Internacionales y Responsabilidad Social Empresarial de la Universidad Nacional de Irlanda.

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Red Forbes

América Latina: La mira del emprendimiento global

El momento que está viviendo el ecosistema de emprendimiento tecnológico latinoamericano es inigualable. ¿Por qué y cómo sacarle provecho?

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Innovación

Aunque suene cliché y repetitivo, el momento que está viviendo el ecosistema de emprendimiento tecnológico latinoamericano es inigualable, y parecería que es una tendencia que aún está empezando. De hecho, el crecimiento de la región es hoy en día el más alto a nivel mundial y, de mantenerse, en aproximadamente 5 años América latina tendría un ecosistema de emprendimiento más grande que el europeo.

Todos los días leemos encabezados de noticias que anuncian rondas de inversión millonarias para startups colombianas y latinoamericanas, éxitos comerciales, aperturas de nuevos mercados por parte de estas compañías y otras noticias que nos muestran el crecimiento explosivo de esta industria. Pero no solo son noticias populares, la realidad es que tan sólo en el segundo trimestre de este año 2021 Latinoamérica logró una cifra récord en capital invertido en startups del continente. Es más, este trimestre récord es casi 3 veces más grande que cualquier otro trimestre en la historia, pues se alcanzó la cifra de 7,3 billones de dólares, mientras que el trimestre más alto anteriormente había sido de 2,6 billones de dólares (2Q2017).

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Esto parece ser apenas el inicio de una tendencia que perdurará en el tiempo por varios años, pues el increíble crecimiento también se está evidenciando en la cantidad de startups nacientes en la región. A manera de ejemplo, en Rockstart, el vehículo de inversión en el que buscamos e invertimos en startups nacientes de todo Latam, cada año hacemos una convocatoria para encontrar estas startups en las que invertiremos, en el año 2017 esta convocatoria tuvo algo menos de 400 aplicantes para ser parte del programa de Rockstart, mientras que en 2020 (la más reciente convocatoria abierta) recibimos más de 2200 solicitudes, ese crecimiento es un claro ejemplo de la explosión que hoy en día la región está viviendo en temas de emprendimiento tecnológico.

De igual manera, el capital de riesgo o “Venture Capital” mundial está poniendo sus ojos cada vez más en el continente y cada día los jugadores más relevantes del mundo hacen sus primeras inversiones en la región, mientras que muchos otros ya tienen a latinoamérica como foco importante de sus inversiones.

Así, estamos viviendo un momento en donde se alinean oferta y demanda, vemos más startups de calidad surgiendo y más inversionistas buscando startups en la región; se ha creado el match que llevamos esperando por varios años muchos emprendedores, ahora solo falta el incentivo para los inversionistas locales.

¿Cómo está Colombia en toda esta tendencia?

Colombia es sin duda uno de los epicentros más relevantes de esta ola regional. Si bien el país hasta hace poco tiempo parecía tener su caso de éxito con Rappi únicamente, hoy en día a este gigante se le han ido sumando diferentes compañías que vienen creciendo explosivamente, que hoy son referentes regionales y que parecería que todavía tienen muchos años de crecimiento por delante. Addi, Chiper, Frubana, LaHaus, Bold, Robinfood, Merqueo y varias otras vienen cada día tomando más relevancia regional y seguramente en los próximos 3 a 5 años algunas serán los nuevos unicornios colombianos.

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Ojalá en el país empecemos a apostarle con mayor fuerza al emprendimiento con capital nacional, que nuestras empresas logren seguir consolidándose y que así logremos crear un nuevo sector empresarial colombiano más fuerte cómo ruta de desarrollo económico y social del país de cara a los próximos 20 años.

Por ahora, es poco el capital local invertido en estas startups caso de éxito, pues la gran mayoría del capital recibido por estas compañias proviene de inversionistas internacionales. Se necesitan más redes de ángeles inversionistas, fondos de inversión locales, incentivos tributarios a las inversiones en etapa temprana y mayor participación del sector financiero en este tipo de activos para poder seguir fortaleciendo el ecosistema del país y sacar el máximo provecho de esta gran ola de emprendimiento tecnológico de la región.

Contacto:
LinkedIn: Felipe Santamaría
*El autor es Cofundador y Managing Director Rockstart Latam, la aceleradora internacional de startups más grande en Colombia. Ha sido emprendedor, mentor e inversionista en múltiples emprendimientos de la región. 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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