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La economía de lo no fungible

La economía está dando pasos fuertes hacia la demanda de objetos no tangibles, presentes en la realidad virtual. ¿Será este el salto definitivo hacia esa ‘nueva normalidad’?

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Metaverso
Foto: Pixabay

El confinamiento en la pandemia del Covid-19 aceleró la demanda por realidad virtual y, con esto, la convergencia hacia el mundo que transciende la realidad física: el metaverso.

El metaverso no es algo nuevo que haya creado Mark Zuckerberg. Es un proyecto que lleva más de 15 años avanzando. De hecho, liderada por la Acceleration Studies Foundation (ASF), la ruta colaborativa hacia el desarrollo del metaverso comenzó en el 2006, clasificándolo en cuatro categorías: un mundo espejo del mundo físico actual, una realidad aumentada con información del mundo real, un mundo con una historia solamente virtual, y la captura y almacenamiento de información sobre las personas y las cosas que sirva de “memoria de respaldo”.

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Estamos entonces, quizás, caminando hacia una nueva economía: la economía de lo no fungible. Pero ¿en qué se basaría esta economía?

El metaverso, sus realidades virtuales y mundos digitales paralelos a la realidad física actual crean un universo infinito de posibilidades para los diseñadores gráficos, desarrolladores de software y demás creadores de productos creativos e intelectuales. 

La economía de lo no fungible es la economía basada en la explotación de los derechos de propiedad de los contenidos digitales únicos. Esto va más allá de lo que hacen los creadores de contenidos, quienes los montan en plataformas como YouTube, Facebook, Instagram, TikTok o OnlyFans, que son intermediadoras entre los creadores y los consumidores de contenidos y que actualmente son quienes se lucran debido a los esquemas de venta de publicidad o cobro de comisión sobre el valor de la suscripción.

Con la Web 2.0, comenzamos a ser usuarios de contenidos digitales, y en algunos casos, al subscribirnos a ciertas plataformas proveedoras de contenido digital, potencialmente millones de usuarios podemos consumir las mismas canciones, videos, libros, etc. de manera simultánea, y con un costo de distribución masiva para las plataformas cercano a cero. Los usuarios de contenido pago, erróneamente, creemos que tenemos propiedad de ese contenido digital por el que “pagamos por adquirir”. Sin embargo, lo que realmente pasa con los bienes digitales hasta ahora es que en términos reales no somos los dueños, somos los usuarios.

¿Estamos entonces, quizas, , caminando hacia una nueva economía: la economía de lo no fungible. Pero ¿en qué se basaría esta economía?

Esto cambia con la Web 3.0, en donde uno de sus atributos diferenciadores es la tecnología blockchain, ya que en esta la propiedad de los contenidos digitales pueden ser registrada, de la misma manera que las cosas del mundo físico, pero con un nivel de seguridad incorruptible.

El sentido de propiedad hace parte de la esencia humana. Prueba de esto es que, a través de la historia, nuestra especie ha coleccionado cosas a las que se les asigna un valor mediante consenso social y que tienen la característica de ser intercambiables, pero al mismo tiempo difíciles de falsificar.

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Acá es donde entran los NFT (los tokens no fungibles, por sus iniciales en inglés) y la economía de lo no fungible.  Los NFT son activos virtuales/digitales únicos con un “título de propiedad”, el cual es un token único cuya propiedad intelectual verificable a una persona, empresa o un colectivo de individuos u organizaciones está registrada en un contrato inteligente (Smart Contract) en el sistema blockchain. A los NFT el mercado les otorga un valor personalizado según su rareza, liquidez, antigüedad, etc. Actualmente los NFT más comunes son obras de arte, música, juegos y componentes de diseño.

La etimología del adjetivo “fungible” viene del latín medieval fungibilis, y según la Real Academia Española (RAE) es algo que “se consume con el uso”. Algunos ejemplos de fungibles en términos económicos son, por ejemplo, el dinero (en monedas en cualquier tipo de cambio), el oro, los bonos financieros y las acciones en el mercado. Un bien fungible puede ser intercambiado por dinero y es equivalente a otro bien de la misma calidad, en el mismo lugar.  Es un concepto usado en derecho desde 1818 para designar algo que es capaz de ser sustituido o utilizado en lugar de otro. El código civil de Colombia, en el artículo 663, define las cosas muebles fungibles y no fungibles, y define como fungible a las cosas de las “que no puede hacerse el uso conveniente a su naturaleza sin que se destruyan”.

Según un artículo de Praphul Chandra, fundador y CEO de Koinearth, y Arushi Goel, del Centro de la Cuarta Revolución Industrial (C4IR) en India, los NFT permiten que los datos creen valor y comiencen a habilitarse como activos y a establecerse ecosistemas seguros y confiables. Esto es debido a que los NFT permiten (1) la containerización de activos digitales rastreables, comercializables y compartibles; (2) la automatización de la contratación y verificación del intercambio de datos acompañado de contratos inteligentes; y (3) un proceso de auditoría para verificar su cumplimiento.

El mercado de los NFT está proliferando a una altísima velocidad. A noviembre 2021, el mercado de los NTF superó los 7000 millones de dólares. La economía de los NFT, como todo, tiene oportunidades y retos. Los NFT aseguran los ingresos de los que se privaron por mucho tiempo los artistas, creadores y diseñadores, pero pueden ser aplicados a cualquier campo, pues está demostrado que el metaverso, venciendo las barreras de lo físico, es tan solo un testimonio de la infinitud del mundo y sus posibilidades.

Contacto
LinkedIn: María Alejandra Gonzalez-Perez
Twitter:@alegp1
*La autora es profesora titular de la Universidad Eafit. Es expresidente para América Latina y El Caribe de la Academia de Negocios Internacionales (AIB). PhD en Negocios Internacionales y Responsabilidad Social Empresarial de la Universidad Nacional de Irlanda.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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