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La obsesión por el árbol nos impide mirar al suelo: una visión más amplia de la compensación de CO2

Por fin llegó el momento de los mercados de carbono, como medida de compensación de huella de carbono. Pero estos de enfocan en los árboles y no en el suelo. ¿Cómo invertir la situación?

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Foto: Pexels

Algo que me ha impresionado en los últimos 6 meses, es notar la manera como se ha creado un boom por los mercados de carbono, como medida de compensación de huella de carbono. La verdad, debo celebrarlo porque por fin llegó este momento que varios estábamos esperando para hacerle frente al cambio climático.

Sin duda, inversionistas y empresas miran hacia este segmento, pero sobre todo, sirven de catalizadores para restaurar y regenerar ecosistemas degradados y estratégicos para nuestro país.

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Y dentro de este contexto, hoy, luego de dos años de observación y experimentación en nuestro laboratorio, el terreno de Amazonía Emprende en Florencia-Caquetá, hemos logrado derivar una gran conclusión para maximizar el impacto. Advierto, con lo que voy a decir no estoy inventando la rueda ni queriendo decir lo que ya muchos expertos han demostrado, pero si quiero exponer el testimonio que valida nuestra tesis: la calidad y la salud de los suelos, son el fundamento y el garante de un modelo de restauración de ecosistemas. Los árboles que han sido sembrados en nuestro terreno están creciendo por una sencilla razón: nuestro suelo está sano.

Habiendo dicho lo anterior, quiero compartirles un par de reflexiones que prometen enriquecer la orientación sobre cómo deben orientarse los modelos de compensación de gases de efecto invernadero (GEI), pero sobre todo, la comprensión que deben tener las empresas e inversionistas (compensadores), los hacedores de política pública y la ciudadanía, en el momento de debatir y construir alternativas que nos permitan lograr las metas de descarbonización que tenemos como país y humanidad.

Obsesiones e incomprensiones que limitan el alcance del impacto

Sí, los mercados de carbono vinieron como un tsunami. La ola que refleja el interés por parte de empresas e inversionistas ha disparado una demanda por créditos de carbono a nivel mundial, luego de la COP 26. El logro de esta Cumbre fue institucionalizar en la mente y poner en la retina de una estrategia de compensación de huella de carbono y al árbol. Esto está bien, lo celebro pues ya es un avance, pero no lo es del todo y no es suficiente si nuestra meta es el hito de conseguir  net-zero.

Si la meta que tenemos es capturar o remover el carbono de la atmósfera, entonces, ¿la única alternativa es el árbol? ¿existen acaso otras? La respuesta es sencilla: sí, pero para ello, necesitamos buenos suelos. La razón: por ser sumideros de carbono y por permitir la regeneración de la capa vegetal. Al respecto, volveré más adelante.

Hoy todos quieren sembrar árboles, pero no todos los suelos están preparados y listos para recibir a los árboles que se quieren sembrar. Hoy todos quieren sembrar árboles y contabilizar dicha compensación, excluyendo del cálculo un item que debe evolucionar con el debate y la construcción de la política pública: la compensación para la recuperación de los suelos.

Según el Instituto Geográfico Agustín Codazzi (2012), 22 millones de hectáreas tienen vocación agrícola, 4 millones vocación agroforestal y 15 millones vocación ganadera. Sin embargo, cerca de 7 millones de hectáreas se utilizan para agricultura y cerca de 39 millones de hectáreas se utilizan para ganadería extensiva (la que genera metano y no la que secuestra carbono según la tesis de Savory, un teso-referente sobre quien haré referencia en los siguientes párrafos). En resumen, nuestros suelos tienen un grado de degradación que sigue estando oculto en el debate público y en el mindset de quienes compensan su huella de carbono.

Según nuestros aliados del Instituto Sinchi, una hectárea de suelo, por ejemplo, en la Amazonía colombiana, puede almacenar cerca del 32% del carbono que almacena la capa vegetal (árboles por ser simplistas). Este dato expone dos puntos de análisis sobre su importancia. Por una parte, el suelo es un sumidero de carbono que sirve como medida de mitigación ante el cambio climático. Pero por otra, necesitamos de materia orgánica que permita recuperar los suelos para que sean dichos sumideros. Ella puede llegar por medio de más capa vegetal, o incluso…. de las vacas, así suene contradictorio.

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Andrea, una mujer neo-campesina, determinada y muy profesional, alguien quien de frente y con convicción dice que la vaca es su animal favorito, me envolvió en una gran charla llena de argumentos sobre lo que ha vivido en su trabajo de campo, observando y estudiando a estos rumiantes. Y bien, claramente me lo dijo así: “uno de los mitos urbanos que se han institucionalizado entre la ciudadanía, es que la ganadería es el demonio que promueve el cambio climático. Si bien millones de hectáreas se han transformado de bosques a potreros, lo que falla es el modelo y no la vaca”.

Nuestra experta me lo explicó de una manera muy sencilla y me ayudó a comprenderlo mejor al recomendarme la tesis de Allan Savory, experto restaurador que ha demostrado cómo las vacas pueden contribuir a capturar carbono al recuperar los suelos degradados y desertificados. Aunque suena contradictorio, pues la tesis institucionalizada es que las vacas producen metano, e incrementan el cambio climático, lo que postula la ganadería regenerativa suena convincente y vale la pena ser explorada: tener un grupo amplio de vacas moviéndose en diferentes intervalos de tiempo a lo largo suelos degradados, permite generar la materia orgánica necesaria para ir recuperando los suelos y que ellos hagan su trabajo: capturar carbono.

No obstante, para poder recuperar los suelos, necesitamos primero recuperar la capa vegetal que debe haber sobre él. Esto puede hacerse por medio de la regeneración natural o la siembra de árboles idóneos para ello (ojo, no todo tipo de árboles). Ellos, quienes por medio de la fotosíntesis, logran transferir el carbono hacia el suelo, por medio de sus raíces. Lo anterior podría interpretarse como un juego de huevo y gallina: necesitamos primero recuperar los suelos para poder garantizar que la siembra de árboles cumpla con su función de valor de capturar carbono, pero también necesitamos, sembrar árboles, pero si lo hacemos en suelos que no están sanos, ellos no van a crecer y prosperar.

Entonces, ¿cómo abordar esta encrucijada? Y justamente ahí es donde no me cuadra la ecuación y el análisis que empresas e inversionistas hacen de momento: varias, por puro y simple desconocimiento, más no por falta de voluntad, quieren invertir en siembra de árboles en donde los suelos aún no están recuperados lo cual va a conllevar a que su inversión no genere el impacto positivo deseado. Es ahí donde me surge otra pregunta, tipo propuesta: ¿no deberían invertir entonces como medida de compensación en la recuperación de los suelos, sabiendo que ellos son determinantes para la generación de una capa vegetal, y además, también capturan carbono?

El tema de los suelos es tan apasionante como inexplorado. Es un tema que merece ser abordado en todos los niveles: política pública, en los debates y en las decisiones de política de regeneración de las empresas privadas, y por supuesto, debe ser analizado desde un enfoque más holístico y menos apasionado por parte de la ciudadanía. 

¡Gracias por leerme y gracias Andrea por ayudarme a abrir más los ojos! Este análisis es tan amplio y extenso que debe continuar.

Contacto:
Por:Julio Andrés Rozo*
*El autor es director de Amazonía Emprende: Escuela Bosque, ubicada en Florencia, Caquetá. Este proyecto académico se enfoca en fortalecer las capacidades de empresas y comunidades en  restauración de ecosistemas y compensación de huella de carbono.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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