La Amazonía colombiana ha perdido cerca de 4 millones de hectáreas en los últimos 80 años. ¿Qué tan cerca estamos del punto de no retorno donde la capacidad de regenerarse el ecosistema será insuficiente?
Acabo de asistir a un encuentro entre empresas, organizaciones sociales y representantes del sector público sobre temas de impacto social y ambiental. La narrativa no distó de lo que se viene mencionando desde hace años en este tipo de eventos: “tenemos que colaborar”, “el poder de las alianzas”, “el momento para actuar es hoy”, etc. En fin, varios lugares comunes que denotan acciones parciales y poco contundentes ante la crisis climática, en medio de un contexto donde la recesión económica y la tensión armamentista a nivel mundial se roban la atención.
Eso me lleva a pensar en lo acostumbrados y cómodos que estamos con esos lugares comunes. En mi opinión, ellos emanan cuando perdemos la perspectiva de lo que es urgente y cuando entramos en la eterna contradicción de demandar acciones colectivas en los eventos multisectoriales, mientras que, en nuestro quehacer diario, en lo que sí verdaderamente podemos influir, seguimos actuando de la misma manera.
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Seguimos hablando desde el atril de ODS y Agendas 2030s y perdemos la perspectiva del agua que se entra en las casas cuando arrecia el invierno en las zonas rurales del país. Algo está fallando… tanto discurso pierde fuerza si lo contrastamos con la velocidad con la cual nos vamos acercando a los puntos de no retorno que están a la vuelta de la esquina en el planeta tierra.
Los puntos de no retorno
Semanas atrás viajé a los icónicos Portales del Fragua en Caquetá (para quien no los conoce es como el Monserrate de Bogotá o el Guatapé para los antioqueños). Caminé durante horas por el río Fragua, en algunas partes el agua me llegaba hasta las rodillas, en otras podía sumergirme y nadar un poco en sus aguas tranquilas. La semana pasada, por el contrario, recibí de mis vecinos las apocalípticas imágenes que reflejan el pavoroso invierno: el río Fragua había aumentado, en cuestión de días, cerca de 2,5 metros su caudal debido al poder de las lluvias.
La Amazonía colombiana ha perdido cerca de 4 millones de hectáreas en los últimos 80 años; a pesar de ello, sigue siendo un ecosistema resiliente. Científicos serios como Lovjoy (2019), entre otros, indican que de llegar a una pérdida del 23%, en los 9 países que comprenden la cuenta amazónica, entraremos a un punto de no retorno donde la capacidad del ecosistema será insuficiente para regenerarse y cumplir con sus funciones y servicios para la humanidad; para el 2019 la pérdida llegaba al 13%. En otras palabras, de continuar con la deforestación, a la velocidad actual, muy pronto la selva húmeda tropical se transformará en una sabana, con consecuencias aún inimaginables, pero seguramente devastadoras, en materia de regulación del clima y disponibilidad de fuentes de agua dulce, por nombrar solo algunos de sus efectos.
Recientemente los colegas de WWF expusieron un dato que minó mi estado de ánimo por un par de horas: el 94% de las especies (biodiversidad) en América Latina, ha desaparecido. ¿Qué implicación tiene que perdamos la biodiversidad? ¿Por qué esta noticia no hace tanta bulla como la que se roba últimamente los titulares: la devaluación del dólar?
Que la Amazonía se transforme en una sabana nos debería importar a todos en el planeta. Tanto el ciclo del agua sufrirá transformaciones en la región andina y los aguaceros se acrecentarán en potencia y frecuencia; las temperaturas promedio aumentarán y todo ello conllevará a pérdidas inimaginables e incalculables en los sistemas de producción de alimentos y en mayores conflictos y desplazamientos sociales.
El caso de la Amazonía es una caricatura si lo comparamos con el verdadero punto de no retorno global: los 1,5ºC / 2ºC en el cambio de la temperatura global. Va a estar de pa’rriba lograr la meta de reducir las emisiones globales de gases de efecto invernadero para el año 2030 o 2050 si continuamos con las condiciones institucionales y normativas actuales, y si nuestros comportamientos como individuos y miembros de organizaciones no cambian sustancialmente.
De la responsabilidad fiduciaria, las inversiones y la acción planetaria
Muchos, o la gran mayoría de los ambientalistas, ignoramos la racionalidad de los capitales y bajo qué reglas de juego operan. Solicitamos, y me incluyo, que un porcentaje significativo de las utilidades de las grandes empresas sean invertidas, dentro de un enfoque de negocio, en resolver los retos socioambientales del presente. No obstante, desconocemos por qué el grueso de los portafolios de los grandes inversionistas (fondos de pensión, por ejemplo) sigue dirigiéndose hacia inversiones tradicionales con un bajo riesgo moderado o controlado.
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Jorge, mi amigo de la universidad, quien se mueve en cargos directos en el sector financiero en Nueva York, me explicó por qué los grandes capitales aún no aterrizan en inversiones que permitan retrasar o evitar la llegada de los puntos de no retorno. La respuesta es sencilla: los capitales están inmersos en una obligación institucional que se llama el “principio fiduciario”. Es decir, al ser administradores de los ahorros de los demás (ejemplo, las pensiones de ciudadanos en edad adulta de un país), no pueden asumir riesgos osados en áreas en donde la información es limitada y, por ende, la percepción del riesgo es alta.
Le pregunté: ¿pero es que acaso los inversionistas no son conscientes de los puntos de no retorno? Y su respuesta fue “mijo, no se trata de ser o no ser conscientes, de hecho lo son, pero por norma, no pueden jugar con el dinero que les fue encomendado (principio fiduciario)”. Algo debe cambiar en este juego normativo me dije, algo debe reestructurarse en la dinámica mundial de la administración de los capitales. Quisiera escuchar a los expertos ¿cómo hacer del principio fiduciario el aliado que desaparezca los Puntos de No Retorno? Los escucho.
Por: Julio Andrés Rozo.*
LinkedIn: Julio Andrés Rozo
*El autor es director de Amazonía Emprende, ubicada en Florencia, Caquetá. Es una Escuela Bosque que se enfoca en fortalecer las capacidades de empresas y comunidades para lograr la restauración de ecosistemas y la recuperación de la biodiversidad, por medio de la compensación de huella de carbono.
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