Latinoamérica tiene un activo enorme en su población adulta, que cada vez es más educada y saludable. El reto es crear espacios para aprovechar su capacidad para contribuir a la sociedad. ¿Cómo hacerlo?

En la Universidad de Stanford existe una iniciativa llamada el Distinguished Careers Institute (DCI). Se trata de un programa al que pueden aspirar personas que han construido una carrera exitosa y desean reorientar su vida. Cada año el DCI recibe una cohorte de cerca de 30 fellows, a quienes se les sumerge en una amplia serie de actividades sociales y se les permite tomar cualquier curso dentro de la Universidad. Los fellows, la mayoría de ellos reconocidos fundadores e inversionistas del Silicon Valley y altos exfuncionarios del gobierno americano, pueden hacer parte del programa hasta por dos años.

La experiencia del DCI parece ser profundamente transformacional. Así me lo han descrito aquellos fellows que han pasado por mis clases. Por ejemplo, el semestre pasado, uno de ellos tomó mi curso sobre colapso social. Por muchos años, él fue un alto directivo de uno de los bancos más grandes de América Latina, y luego de retirarse tempranamente en sus 50s, y de iniciar una serie de fundaciones que lo llevaron a ser uno de los líderes de la filantropía en Brasil, sintió que debía volver a la universidad a sus 60s. En sus palabras, el DCI cambió su vida. Le dio las herramientas para reorientarla, explorando la curiosidad por la historia y la música que tuvo desde su infancia. 

Pero el DCI no es solo provechoso para sus fellows, también lo es, y mucho, para el resto de la Universidad. La visión del mundo que tenía este exbanquero era evidentemente diferente a la de mis jóvenes estudiantes y esto llenaba de riqueza nuestras discusiones en clase. Además de aportar con su conocimiento sobre el mundo de los negocios, nos contaba regularmente experiencias personales extraordinarias, como cuando, siendo mochilero por Europa, presenció la caída del Muro de Berlín. Nos describió de primera la mano la sensación de esperanza que proliferaba en el ambiente, dándonos una visión emocional del colapso de la Unión Soviética, un tema que estudiamos en el curso apenas desde los datos y la teoría.

El DCI es solo uno de los muchos espacios que he descubierto en EE. UU. desde donde las personas mayores pueden aportar activamente a la comunidad. Buena parte de los centros de pensamiento y las organizaciones cívicas en este país están liderados por adultos mayores. La política formal también lo está. Y aquí quiero empezar a contrastar el contexto estadounidense con el latinoamericano porque mientras los políticos estadounidenses se están haciendo marcadamente más viejos, la tendencia en nuestra región parece la opuesta. Los años recientes han visto el arribo de figuras como Nayib Bukele y Gabriel Boric, quienes llegaron al poder en sus 30s, en contraste con los casi ochentones que competirán próximamente por la Casa Blanca.

La llegada de estos “muchachos” al poder en Latinoamérica refleja un sentimiento juvenil más amplio de experimentación y transformación predominante en la región. Un sentimiento que, entre otras cosas, ha sido transversal a las discusiones ideológicas. Así, observamos con algo de extrañeza que en países con economías altamente reguladas como Argentina se expandan los clamores por liberalizaciones radicales, mientras en Colombia, un lugar que ha gozado de buena cooperación entre el sector privado y el público por décadas, ahora anhelan estatizaciones masivas. Y llamo a esto juvenil porque todos estos experimentos serían vistos con suspicacia por cualquiera bien familiarizado con el caos de las privatizaciones desordenadas de finales de los 80s, y las aún peores ineficiencias y malos manejos de los monopolios públicos de finales de los 70s y comienzos de los 80s.

Las razones detrás de la expansión de estos deseos de experimentación juvenil no me son muy claras. Lo que puedo decir es que son algo paradójicas si considera uno los patrones de envejecimiento de la región. En contraste con los Estados Unidos, donde el permanente flujo de migrantes jóvenes ha compensado parcialmente la reducción en las tasas de fertilidad, la transición demográfica en Latinoamérica empieza ya a evidenciar el rápido envejecimiento de nuestra población. Según datos de la Cepal, las personas mayores de 60 años en la región son hoy el 13,4% de la población total, y se pronostica que sean el 25% en 2050.

Aquí, sin embargo, subyace una gran oportunidad. Gracias a las décadas de inversión en política social en América Latina, aquella población de adultos mayores es cada vez mejor educada y más saludable. En esa medida, su capacidad para contribuir a la sociedad será cada vez más alta. Aprovechar esa capacidad requiere la creación de espacios donde las personas mayores estén activas, donde puedan actualizar sus conocimientos y, sobre todo, donde puedan interactuar e inspirar a las nuevas generaciones. Y esto exige una reevaluación de nuestra visión condescendiente de la vejez. Aunque la vejez venga con limitaciones físicas a las cuales nuestra sociedad debe adaptarse, también viene con una extraordinaria experiencia que debe ser apreciada y usada como guía para la toma de decisiones. 

Necesitamos dejar de ver a nuestros viejos como “pobres abuelitos” que debemos cargar en el camino y más como “sabios ancianos” que nos dirigirán hacia el destino correcto.

Por: Javier Mejía Cubillos*
*El autor es Asociado Postdoctoral en el departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Stanford. Ph.D. en Economía de la Universidad de Los Andes. Ha sido investigador y profesor de la Universidad de Nueva York–Abu Dhabi e investigador visitante de la Universidad de Burdeos.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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