La dignidad humana está en el centro de todos los principios. Si se irrespeta la libertad, la igualdad o la justicia, también se está afectando esa dignidad. Por eso, cuidar los principios éticos es también cuidar a las personas.
Quizás sea un idealismo aspirar a que todas las personas se comporten con una actitud que tome en cuenta a los demás. Sin embargo, conviene mucho intentarlo todos los días a fin de mejorar la convivencia.
Por un acuerdo sobrentendido, las sociedades y los grupos humanos en general han establecido normas, algunas legales y otras derivadas de la costumbre, para que el desarrollo y el respeto sean posibles. Ciertos procederes son aceptables por la mayoría a partir de las concepciones que trae la tradición, pero el cambio y las exigencias de los tiempos y de los modos de vida, de forma gradual, han introducido miradas distintas de la existencia.
Por ello, son muy entendibles los motivos que por esta época llevan a las personas de edad avanzada a rechazar las variaciones de las conductas, esas mismas conductas que, por el contrario, empiezan a normalizar las nuevas generaciones. Las costumbres y los hábitos que se han reiterado durante muchos años ya tienen raíces profundas, y es muy extraño que las ideas interiorizadas así puedan alterarse de la noche a la mañana.
No obstante, dos factores ayudarán a aminorar esas diferencias de pensamiento, o por lo menos llegar a acuerdos que satisfagan a las hipotéticas dos partes. Uno de ellos es el diálogo constante, respaldado con la atención juiciosa y la mente abierta. El otro es el convencimiento de que la práctica diaria de las virtudes siempre será la base de la coexistencia armónica.
Esos comportamientos virtuosos, que se basan en los valores del respeto, la responsabilidad o la honestidad, por citar algunos, son los que conocemos como principios. Y tomemos de manera literal esa palabra, “principios”, porque alude a los inicios, a los comienzos, a esa moldura en que deben insertarse las decisiones de nuestras palabras y actos para que resulten adecuados y benéficos en el andamiaje social.
Sin que importe tanto cuánto cambian los modos de vestir, de comer, de escuchar música, de transitar por las calles y aceras, de estudiar o de trabajar, las virtudes permanecen. La solidaridad ha preservado su esencia en el siglo XIII y en el XIX; la tolerancia es una cualidad que ha brillado antes de Cristo y en el siglo XXI, aunque a veces solo titile; la generosidad ha mostrado la historia en la repartición del pan y los peces, pero también en las brigadas que en estos años llevan alimentos a los pueblos olvidados.
Las virtudes, por tanto, se constituyen en las semillas que se siembran en las relaciones humanas para que crezcan los bosques de la concordia. Por naturaleza, los seres humanos tendemos a la comunicación, al trato frecuente con los otros; podemos ser lo que somos solo porque hay otros que lo hacen posible. Así, las virtudes afloran e iluminan solo cuando se intercambia el trato digno que todos merecemos, y se merece por el hecho mismo de ser personas. Únicamente en un ambiente como ese, sin duda, idealista, pueden cohabitar la paz y el respeto, a los que sigue la sinceridad, base del progreso y el bienestar.
Aquí es donde entra la ética, que es la parte de la filosofía encargada de estudiar qué es lo correcto y por qué lo es. La ética ayuda a pensar y a analizar si nuestras decisiones y comportamientos están realmente basados en principios justos y humanos. Para entenderla, también se toman en cuenta los puntos de vista que concede la antropología, por ejemplo, para evaluar cómo se comportan los seres humanos, o qué dice la lógica, cómo ha cambiado la cultura, además de reflexionar acerca del respeto a las leyes, la Constitución y los acuerdos internacionales, que también deben emanar del derecho natural, aquel que le corresponde a todo ser humano por el hecho de ser un ser humano, sin ningún tipo de distinción.
Sumar todas las virtudes es el anhelo para conformar sociedades perfectas; pero, como los seres humanos somos imperfectos, pues lo son también las sociedades. A pesar de ello, la vida debe ser guiada, en primer lugar, por la dignidad humana; después, por la libertad, la igualdad, la honestidad, la responsabilidad, el compromiso social, la transparencia, el respeto y la justicia, entre las más excelsas virtudes.
El fin, para todos los casos, apunta al mismo objetivo: vivir juntos de manera justa y con bienestar para todos. Casos hipotéticos y simples pueden mostrar cómo nos apartamos de ese propósito: (1) Discriminar a alguien por su raza o condición social va en contra de la igualdad y el respeto; por consiguiente, es un acto antiético. (2) No asumir las consecuencias de nuestras acciones —por ejemplo, echarle la culpa a otros cuando cometemos un error en el trabajo— también es antiético, porque va en contra de la responsabilidad y la honestidad.
La filosofía y pensadores como Aristóteles y Kant nos han ayudado a entender cómo y por qué las personas toman decisiones que pueden ser buenas o malas. En particular, Immanuel Kant decía que debemos tratar a las personas como fines en sí mismas, es decir, como alguien valioso por ser humano, no como un medio para lograr nuestros propios intereses. Por ejemplo: usar a alguien solo para obtener un beneficio (como pedirle un favor solo porque sabemos que nos lo va a conceder, sin importar su bienestar), estamos usando a esa persona como un medio, y eso va contra su dignidad.
La dignidad humana está en el centro de todos los principios. Si se irrespeta la libertad, la igualdad o la justicia, también se está afectando esa dignidad. Por eso, cuidar los principios éticos es también cuidar a las personas.
Como bien dice el profesor Michael Sandel, autor del libro Justicia. ¿Hacemos lo que debemos?, la verdadera justicia no es solo cosa de leyes o jueces: la justicia somos todos. Está en la forma como tratamos a los demás cada día.
Por: Jairo Valderrama*
*El autor es Doctor en Ciencias de la Información de la Universidad Austral (Argentina) y profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de la Sabana (Colombia).
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.
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