En medio de las profundas crisis que vivimos a nivel nacional y global, parece necesario hacer un llamado a la ética, a analizar las contradicciones que hoy vivimos y a ofrecer un mensaje de esperanza. ¿Cómo?
“Peace through strength“, o “la paz mediante la fuerza”, fue oficializada por Donald Trump como política de seguridad de los Estados Unidos. Acto seguido, ordenó el bombardeo de instalaciones nucleares en Irán —no de bombas, sino de energía nuclear—, respaldando así al gobierno israelí en su ataque “preventivo” contra ese país. Con ello, violaron el derecho internacional y escalaron un conflicto utilizando la violencia como mecanismo para dirimir diferencias. Paradójicamente, en nombre de la paz.
Esta columna no pretende juzgar qué bando tiene la razón, sino invitar a una reflexión sobre los tiempos inciertos que vivimos, las profundas contradicciones que atravesamos, y ofrecer, aún en medio de todo, un mensaje de esperanza.
Los valores que hoy dominan en la escena geopolítica son la dominación, el rechazo, el odio y la agresividad, desde ahí los distintos grupos sociales rechazan al otro, considerándolo una amenaza. La máxima paradoja y proyección humana: vemos en el otro el reflejo de nuestros propios deseos y sadismos. La historia se repite, mientras nuestros líderes siguen en el juego de la supremacía y de ver a los diferentes como un potencial enemigo, gran parte de la sociedad continúa perpetuando esos discursos y cultivando más separación entre distintas humanidades.
Pero ahora que hemos creado suficientes bombas atómicas para borrar por completo a la raza humana y que nuestros líderes han decidido seguir en la ideología de peace through strength, es momento de que los ciudadanos reflexionemos sobre las cualidades humanas fundamentales que puedan lograr una humanidad que estructure su sistema productivo en torno al altruismo, el amor y la cooperación.
Le dimos tanto poder a los economistas y a quienes consideraron que la libertad de comercio era el eje central de nuestras vidas que configuramos unos valores basados en la competencia y en querer ser más que el otro. ¿Es posible imaginar a una humanidad que vire en torno a otro tipo de valores? La verdad es que ya existen: en la entrega incondicional de una madre hacia sus hijos, en la sensación de enteridad y tranquilidad que nos da una caminata en el bosque, en el mensaje de conexión de cientos de sabidurías espirituales, teístas o no teístas, que nos repetirán hasta el cansancio que la plenitud humana se encuentra en desapegarse de la acumulación material y fluir desde la humildad con el amor. Es imposible fluir con el amor si continuamos bajo la ideología de peace through strength.
¿Pero cómo poner a conversar a esos mundos que parecen tan diametralmente opuestos? Pareciera que son lógicas y cosmovisiones totalmente distintas. ¿Cómo decirle a un banquero de Wall Street que no debería invertir en nueva exploración de combustibles fósiles cuando todo demuestra que es una inversión hiper rentable? Creo que las respuestas no están únicamente en “jugar con el sistema” y darle vueltas al capitalismo para que las inversiones verdes se vuelvan rentables y que los mismos incentivos productivos nos encaminen hacia un mundo más sano. Si vamos por ahí, seguiremos celebrando victorias minúsculas en comparación del gran reto sistémico al que nos encontramos.
La verdad es que las grandes decisiones que debemos ser capaces de hacer para evitar grandes crisis humanitarias y un planeta próspero para nuestros hijos no se encuentran en el marco de los mercados y la política tradicional, se encuentran en volver a una ética deontológica que vuelva a poner límites a nuestras degeneraciones humanas.
De las primeras enseñanzas a los estudiantes de filosofía están en diferenciar un sentido de ética consecuencialista al deontológico. Los consecuencialistas consideran que las decisiones humanas debemos hacerlas con base a las posibles “consecuencias finales”, algo como “el fin justifica los medios”. los deontológicos consideran que los principios y valores de una sociedad no pueden ser sobrepasados sin importar las consecuencias. La ley del capital es fundamentalmente consecuencialista en su proceso de toma de decisiones, si el objetivo es el aumento del capital entonces sobrepasar ciertos principios morales se convierte en aceptado.
Hoy pareciera que las decisiones geopolíticas son la manifestación de esa lógica de “yo cuido lo mío”, atendiendo más a cuidar el propio posicionamiento económico y a no querer contrariar el imperio occidental y norteamericano, también representado en el innombrable genocidio de Israel a los habitantes de Gaza.
Una lógica deontológica podría dictaminar que como decía Eduardo Galeano, “las guerras mienten. Ninguna tiene la honestidad para confesar: yo mato para robar”. Hoy este profundo mensaje pareciera totalmente sacado de contexto, idealista e infantil; pero la evolución de la conciencia humana ha logrado evolucionar hacia lugares insospechados. En virtualmente todo el planeta se ha prohibido el esclavismo, nos hemos puesto de acuerdo en una carta de derechos humanos que no es más que una declaración deontológica sobre los principios que nos deberían regir como sociedad, y que hemos seguido relativamente bien, ¿Por qué no podemos soñar en que la evolución de nuestras conciencias nos permita vivir sin guerras?
Que se acaben todas las guerras. También la guerra que hoy llevamos totalmente perdida: la guerra que jugamos hoy contra el planeta. Hoy el sistema productivo que hemos creado ha puesto en peligro los sistemas que nos permiten vivir, como el Auroboros que en un ciclo repetitivo se está comiendo su propio cuerpo, al no poder encontrar un sentido de bienestar interno y trascendental, estamos suicidándonos.
Es evidente que los cambios que relata esta columna están muy lejos de llegar, y que lo máximo que esto puede llegar a ser en el momento es una botella al mar; pero la historia humana se escribe en siglos, y somos millones en el mundo que soñamos con este cambio “You may think I’m a dreamer, but I’m not the only one” sentenció John Lennon en otros tiempos que también parecían inciertos.
Hoy quienes consideramos que el ordenamiento productivo y económico debe incorporar criterios deontológicos que limiten la avaricia, el despilfarro y la acumulación de poder para los imperios y así nuestra moral evolucione hacia la ecuanimidad debemos plantarnos sin miedo y con fuerza para construir ese mundo; aunque parezcamos locos y desadaptados. Las grandes transformaciones humanas siempre han empezado con un grupo de personas con claridad de visión y unos valores bien puestos. Hoy desde todo el mundo debemos lanzarnos a luchar por esos valores humanos que hacen que la vida realmente tenga sentido: el altruismo, la cooperación y el amor.
Por: Daniel Gutiérrez Patino*
*El autor es fundador de Saving The Amazon.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.
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