Así como el Pride nos recuerda que la identidad no debe esconderse, también deberíamos recordar que el trabajo no se jerarquiza por estatus, sino por humanidad.

Julio ya no es oficialmente el mes del orgullo, pero la energía que deja esta celebración debería quedarse con nosotros mucho más allá de junio. Porque si algo nos recuerda el Pride cada año es el poder transformador de sentirse visto, reconocido y valioso. Y eso, precisamente, es lo que deberíamos estar construyendo también para las trabajadoras del hogar.

¿Por qué no tener un Pride del servicio doméstico? ¿Por qué no celebrar con la misma fuerza la dignidad de un oficio que sostiene la vida cotidiana de millones de hogares? ¿Por qué no hablar de orgullo cuando hablamos de cocinar, cuidar, limpiar, criar?

En Colombia, el servicio doméstico ha sido históricamente invisibilizado, precarizado y mal pagado. Por eso, los recientes avances en materia de inspección laboral en los hogares y las discusiones sobre la reforma laboral son importantes. Pero antes de exigir reglamentos, rutinas o formalización, hay que ir a lo esencial: el reconocimiento humano y social de quienes trabajan en nuestros hogares.

Este mes, en Symplifica alcanzamos un hito que nos emociona: vamos a afiliar a la trabajadora del hogar número 50.000 al sistema de seguridad social. Es un logro que celebramos, pero también sabemos que formalizar, por sí solo, no transforma estructuras. La verdadera transformación ocurre cuando logramos elevar el orgullo por el oficio, cuando una trabajadora deja de sentirse “menos” por cuidar, limpiar o criar, y empieza a reconocer que su labor es esencial para el funcionamiento de la sociedad.

La semana pasada hablé con Andrea (nombre cambiado), una trabajadora doméstica que me compartió algo que me rompió el corazón. Su pareja, otra mujer que trabaja como portera de un edificio, la dejó con el argumento de que “no estaban en el mismo nivel profesional”. Andrea, entre lágrimas, me dijo: “yo amo mi trabajo… no entiendo cómo eso puede ser motivo de desprecio”.

Y ahí lo entendí. La discriminación no siempre viene del Estado o de los empleadores. A veces, viene de la cultura. De la narrativa que jerarquiza oficios, que define cuál trabajo es “mejor” y cuál se tolera en silencio. De la idea equivocada de que el valor profesional se mide por el título, no por el impacto.

Por eso, el trabajo doméstico no necesita lástima. Necesita orgullo.

Porque detrás de cada persona que puede salir a trabajar con tranquilidad, hay alguien que sostiene su casa. Porque detrás de cada comida lista, cada niño cuidado, cada espacio limpio, hay horas de dedicación que merecen respeto y visibilidad.

Sí, afiliar a la seguridad social es clave. Sí, las inspecciones laborales son necesarias. Pero también lo es algo menos cuantificable y más profundo: hacer que cada trabajadora del hogar sepa que su labor tiene dignidad, historia y poder.

Así como el Pride nos recuerda que la identidad no debe esconderse, también deberíamos recordar que el trabajo no se jerarquiza por estatus, sino por humanidad.

Un país en el que una mujer se sienta menos por decir “soy empleada doméstica” es un país que todavía no ha entendido nada sobre orgullo, ni sobre justicia.

Por: Salua García Fakih*
Twitter: @Saluagf
*La autora es Cofundadora de la plataforma Symplifica, que trabaja por lograr la formalización de los empleados del hogar en Latam. En su instagram @saluagarciafakih promueve el emprendimiento y comparte sobre su experiencia como emprendedora. Cuenta con un Máster en Emprendimiento e Innovación de la Universidad del Rosario, Máster en Liderazgo de EADA Barcelona y es Especialista en Marketing de EAFIT.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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