La clave para evitar el fracaso está en dejar de pensar que la transformación es solo una cuestión de tecnología o procesos. ¿Entonces en qué consiste?
En 2018, un gigante tecnológico invirtió más de 500 millones de dólares en una ambiciosa transformación digital con la promesa de ser una organización ágil, centrada en el cliente, con procesos optimizados y una cultura innovadora. Sin embargo, tres años después, el CEO fue reemplazado, los equipos estaban agotados y los resultados no solo no mejoraron, sino que empeoraron. Las transformaciones organizacionales fracasan porque se olvida lo esencial.
¿Qué pasó con este gigante tecnológico? En el medio empresarial suele presentarse la transformación organizacional como la solución que hará a nuestra organizaciones más ágiles, competitivas y preparadas para los retos venideros a nivel tecnológico, económico y social. Sin embargo, cuando miramos algunas cifras, resulta difícil no pensar que se trata más bien de una utopía.
Según McKinsey, el 70 % de las transformaciones organizacionales fracasan. WalkMe afirma que apenas el 34 % de los proyectos de cambio cumplen sus objetivos, y Gartner eleva la cifra de fracasos en implementaciones tecnológicas hasta un 80%, por fallas en la gobernanza de datos y falta de apoyo directivo. Lo paradójico es que, a pesar de estas cifras, las organizaciones siguen apostando a ciegas por procesos de cambio que parecen más una utopía que una estrategia real.
Entonces, si tantos fracasan, ¿por qué insistimos? ¿Y cómo podríamos hacerlo distinto? La clave está en dejar de pensar que la transformación es solo una cuestión de tecnología o procesos. En realidad, es un reto profundamente humano, donde los comportamientos, hábitos y creencias cotidianas definen el éxito o el fracaso.
Desde la ciencia del comportamiento organizacional, se puede diseñar una hoja de ruta mucho más sólida. Aquí, seis claves prácticas:
Primero, mapear el poder real: redes informales. Antes de iniciar cualquier cambio, es crucial entender quién influye realmente en la organización. No hablamos de cargos, sino de influencia. El Social Network Analysis permite identificar a esos “nodos críticos”, empleados que, sin importar su jerarquía, son claves para mover o frenar la transformación.
Segundo, diseñar entornos que empujen al cambio (sin imponerlo). Las intervenciones tipo nudge permiten modificar el entorno para que los colaboradores tomen decisiones más alineadas con los objetivos organizacionales. Ejemplo simple pero poderoso: un recordatorio automático bien ubicado puede aumentar la adherencia a un nuevo proceso sin necesidad de imponerlo.
Tercero, invertir en capacidades, no en discursos. La transformación no se decreta, se construye desde las habilidades. La capacitación continua, los talleres prácticos y la celebración de pequeños logros (los famosos quick wins) generan impulso real y confianza en el proceso.
Cuarto, medir, aprender, ajustar: todo el tiempo. Implementar encuestas de pulso, focus groups permanentes y dinámicas ágiles es clave para hacer visible el avance del cambio. La retroalimentación constante permite ajustes rápidos y evita que el proyecto se desvíe sin que nadie lo note.
Quinto, compromiso visible desde arriba. No basta con que la alta dirección apruebe el cambio: debe vivirlo, comunicarlo y modelarlo. Cuando los líderes encarnan el mensaje, las iniciativas ganan credibilidad. Cuando no lo hacen, el cambio pierde sentido desde el primer día.
Sexto, reconocer más allá del dinero. No todo incentivo es económico. El reconocimiento social, las menciones en espacios públicos, los mensajes de agradecimiento y los gestos simbólicos tienen un impacto psicológico profundo. Son estos detalles los que sostienen el cambio en el largo plazo.
Transformar una organización sí es posible, pero no desde los libros de estrategia ni desde el software más reciente. Es posible cuando entendemos que los comportamientos moldean las culturas, y que las pequeñas decisiones, multiplicadas, construyen realidades sostenibles. Las tasas de fracaso no son destino, sino advertencia.
Apropiar las ciencias del comportamiento significa poner el foco en las personas, diseñar intervenciones basadas en evidencia e invertir en liderazgo ejemplar para cultivar micro victorias que generen credibilidad. De este modo, la transformación deja de ser una utopía y se convierte en una ruta tangible, paso a paso, con un alto potencial de éxito. Además, la inversión en comportamientos ofrece un retorno exponencial: mejor clima organizacional, mayor retención de talento y resultados financieros más sólidos.
La transformación no será real si seguimos repitiendo las fórmulas del pasado. Pero si ponemos a las personas en el centro, si diseñamos desde la evidencia, si lideramos con el ejemplo, entonces la utopía deja de serlo. Y lo que parecía imposible, se convierte en cultura.
Por: Juan Guillermo Sandoval*
*El autor es profesor de la Facultad de Ciencias del Comportamiento de la Universidad de La Sabana.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.
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