En el mundo virtual, se busca algún tipo de prestigio, ser llamativo, único e innovador; pero, como miles de millones van por lo mismo, todos, en conclusión, resultan siendo parte de la gigantesca y atrofiada masa.

En las redes sociales, abundan las selfis copiadas de los espejos. Se escogen entre docenas de opciones, y se publica la más atractiva. Después, se reemplazan a cada rato incluyendo otros trajes, otras expresiones, otros baños, otras playas, etc. Cada vez, retocan allí con más cuidado la apariencia, acudiendo a los muchos programas informáticos que alteran la imagen original. Así, el perfil que se lanza es muy distinto al que queda en la realidad, porque innumerables usuarios ignoran que la naturaleza solo puede maquillarse; pero, en esencia, siempre sigue sus leyes, sobre todo la que señala el gradual deterioro hacia el destino final.

Los incontables mensajes en las redes sociales convencen de que el espacio más favorable para la fama es ese. Por eso, los retratos desnaturalizados son el medio más usual para rogar por un aplauso y recibir a cambio unas manos de pulgar hacia arriba, “likes”, memes entusiastas, corazoncitos sonrientes, emoticones optimistas y bendiciones, muchas bendiciones. En la práctica, son fugaces palmaditas en la espalda, que luego van a parar a la caneca de la amnesia.

Toda persona eleva su autoestima con el respaldo que le obsequian otras. A pesar de eso, el esfuerzo terco por aparecer a cada instante en esos mundos artificiales recalca, sin duda, que necesitan una aprobación urgente. Además, ahora esa es la tarea repetitiva de los parientes y amigos: elogiar a los seres queridos, aunque no haya mérito para eso. Es solo la obra habitual de la caridad o la lástima a la que ha inducido el acoso de la tecnología, porque es arriesgado salpicar con el agua de la sinceridad a unos terrones de azúcar.

En el mundo virtual, se busca algún tipo de prestigio, ser llamativo, único e innovador; pero, como miles de millones van por lo mismo, todos, en conclusión, resultan siendo parte de la gigantesca y atrofiada masa. Es la avalancha de rebaños que quieren figurar, y cada individuo es uno más entre esos incalculables prisioneros de la cursilería. En definitiva, la certeza sobre las propias facultades y talentos es un distintivo de pocos; quien tiene seguridad y está conforme de sí mismo evita el ruido machacante y servil de las redes sociales para encontrar el reconocimiento. Sin causarle daño a nadie, uno es libre solo cuando se conduce de acuerdo con su criterio: obedecer a la aprobación ajena y multitudinaria es encerrarse en una celda de barrotes invisibles.

Esas apariciones en las pantallas también se saturan con la banalidad o el desinterés de los receptores. ¿A quién le importará que la hija de la segunda esposa del mejor amigo del padrino de la prima en cuarto grado desayune solo con té y un par de tostadas? ¿Quién dejará de dormir toda una noche si una zapatilla mugrosa que un músico callejero mostraba cuando tenía 20 años en un pueblo situado al otro lado del mundo era de color azul? ¿Qué beneficios recibe quien se concentra en la fotografía de una adolescente desdentada de cabello fucsia y bluyín roto, que consume varias libras de morcilla, bastantes gramos de ají y muchos litros de juguito de cebada en una plaza de mercado y es hermana del empleado que renunció tres años atrás de la empresa que dirigía el colega de la señora casada con un tío del contador que contrató el año pasado a un excompañero de trabajo de hace diez años y que falleció en noviembre?

Algunos fracasados alivian su pobreza emocional oficiando de voyeristas. ¡Vaya uno a saber! Quizás, esperen una respuesta definitiva a los interrogantes más antiguos y enigmáticos de la humanidad; es posible que deseen certezas sobre el amor, el poder, la riqueza, la muerte, etc. Sin proponérselo, repasan las yemas de los dedos sobre las pantallas para rastrear y rebuscar una fórmula incontrovertible de felicidad, pero allí solo hay bocanadas de humo o pompas de jabón: en todos los sentidos, es la gran atarraya social.

Esos espacios infinitos sondean también las mayores profundidades de cada ser. El sensato tomará su cabeza como señal de asombro al enterarse de que allí se pregunta inclusive “¿qué estás pensando?”. Asimismo, para que aumente la perplejidad, sobreabundan los ingenuos que le dicen al mundo sin ningún reparo qué están pensando y, de ese modo, la baja autoestima le aplica la eutanasia a la sagrada intimidad.

Desde otro enfoque, compartir imágenes y contenido solo con las personas muy cercanas no parece inquietante. En épocas pasadas, a ellas se les permitía hojear y ojear el álbum familiar sentadas en la sala de la casa. Hoy, el mundo entero accede al interior de muchos exhibicionistas, inclusive comprometiendo a otras personas y sin el consentimiento de ellas. El autodesprecio y la petulancia derramada, espejos uno del otro, tampoco dejan ver los riesgos frente a los delincuentes informáticos, el rechazo de los discriminadores, el hostigamiento de los depravados, la burla de los egoístas y los soberbios, que en todo momento están a la caza de los crédulos. Claro: entre los dundos, pensar es una vergüenza.

Las causas de esta dependencia apabullante son diversas: culpa, timidez, inutilidad o abusos reiterados a temprana edad. También está la indiferencia que alguien ha padecido y que lo convence de que no es digno de atención, aprecio o amor. A esto se suman las críticas arbitrarias, la falta de afecto, las alteraciones mentales de los padres, los trastornos de alimentación o el acoso escolar.

Detrás de una felicitación lastimera, hoy los motivos más fuertes para no valorarse a sí mismo son los estereotipos, la discriminación y la obligación por asumir el éxito como opina la mayoría. Aunque los modelos generalizados sean ridículos, la baja autoestima los normaliza. Entonces, se asume que es elegante el desfile de unos macacos aulladores, rapados y tatuados, de trajes multicolores y bailando al compás de un sonido monótono. Y, mientras comen bananas, todos los demás empiezan a aplaudir… en las redes sociales.

Por: Jairo Valderrama*
*El autor es Doctor en Ciencias de la Información de la Universidad Austral (Argentina) y profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de la Sabana (Colombia).

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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