Sea cual sea el motivo que inspire las excusas (verdadero o ficticio), cuando estas se vuelven recurrentes, quienes las usan terminan siendo vistos con desconfianza. ¿Qué hacer?

En Colombia, una fiscal dice que su falta de resultados se debe a que la cuestionan por ser mujer; el mayor directivo de una de las más grandes empresas se defiende de las acusaciones de corrupción diciendo que es víctima de acoso por su condición sexual; y un ex presidente de la República hizo famosa la frase de que “todo fue a mis espaldas” para evadir su presunta responsabilidad en el financiamiento de su campaña con dineros del narcotráfico. 

Todas estas son excusas, que se emplean para justificar, con o sin verdad, el incumplimiento de una responsabilidad adquirida, y así como pueden expresar las circunstancias o realidades que impiden realmente atender un compromiso, también hacen parte de la estrategia de algunos que mienten para evadir sus tareas, justificar su incapacidad o su miedo a asumir un encargo, entre otros.

Sea cual sea el motivo que inspire las excusas (verdadero o ficticio), cuando estas se vuelven recurrentes, quienes las usan terminan siendo vistos con desconfianza por parte de los demás, y los vínculos laborales, de amistad o de estudio, entre otros, se vuelven frágiles.

Cuando las excusas se repiten constantemente, quien las ofrece termina siendo visto como irresponsable o como el pastorcito mentiroso, y entonces es muy probable que el jefe, amigo, pareja, profesor, colega… se distancie y busque relacionarse con otra persona.

¿Qué tanto recurre usted a las excusas?, ¿son reales o inventadas?, ¿qué tanto le han librado de responsabilidades?, ¿qué pensaría si las personas con las que interactúa se excusan frecuentemente ante Usted y no atienden sus tareas?

Básicamente hay dos clases de excusas para explicar el por qué no se responde a lo que otros esperan. Yo las llamo excusas circunstanciales y excusas existenciales.

Las excusas circunstanciales son las que puede enfrentar cualquiera, y corresponden a situaciones imprevistas que impiden, por ejemplo, llegar a tiempo a una cita, entregar un trabajo o cumplir un plazo…. Por ejemplo, por la avería del vehículo, la enfermedad propia o la de un ser querido, perder un documento o ser robado, no haber programado la actividad, sufrir por un corte de luz o de internet para trabajar, o hasta olvidar la gestión a hacer, entre otras muchas.

Aunque la no respuesta en las condiciones y tiempos esperados, en razón de estas excusas, pueda molestar a los demás, la situación se hace comprensible, salvo que la misma circunstancia se haga repetitiva o se confirme que quien incumple no pone la voluntad y los medios necesarios para solucionarla. Por ejemplo, si son reiteradas las demoras por el tráfico, lo lógico es planear más tiempo para el desplazamiento.

Quien se hace reiterativo en estas excusas miente o tiene dificultades para controlar sus tiempos y las condiciones que determinan sus responsabilidades. Y en ambos casos deja de ser una persona confiable.

En los últimos años han cobrado fuerzas las excusas existenciales, o aquellas en las que se argumenta una situación propia de la persona, e inherente a su condición social, física, religiosa, política, sexual o afín, que se usa para refugiarse, compadecerse, responsabilizarse o victimizarse y no cumplir los compromisos adquiridos, como las enumeradas en el primer párrafo.

Por ejemplo, usar como excusa frente a cuestionamientos o incumplimientos, que se es víctima de una persecución o cuestionamiento o amenaza por la orientación sexual, por la raza, o porque se es mujer, menor, anciano, discapacitado o de determinado municipio o ciudad del país u otra cultura, entre muy diversas justificaciones, para evitar ser objeto de críticas o de reproches por algún incumplimiento propio de la palabra previamente comprometida.

Si bien es cierto que vivimos en una sociedad que demanda la mayor protección a las minorías y personas en estado de vulnerabilidad, también es claro que eso no puede ser usado como excusa para incumplir responsabilidades inherentes a las condiciones (profesionales, morales, de competencias y habilidades) que determinan la capacidad de realizar una actividad y de cumplir los compromisos derivados de ello.

Evadir las acusaciones de corrupción o negligencia, por ejemplo, con excusas es un acto de irresponsabilidad que no podemos cohonestar.

Por ello es esencial dejar claras las “reglas de juego” que definan la relación con las otras personas en los muy distintos ámbitos de la vida, de tal manera que cada uno sepa qué puede esperar de los demás y ofrecerles. Cuando la excusa es la norma y no la excepción, lo que hay de por medio es un desinterés y falta de compromiso, y nadie podría convivir aceptando esa reiterada situación.

Por: Jaime Alberto Leal Afanador*
*El autor es rector de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (Unad).

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.   

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