El profesor de MIT subraya, en entrevista con Forbes Colombia, que la cobertura escolar no es la palanca más relevante contra la desigualdad, sino elevar la calidad docente y garantizar aprendizajes que se traduzcan en ingresos futuros.
El Nobel de Economía 2021, Joshua D. Angrist, creció en un hogar marcado por la prensa financiera. Su padre, ingeniero mecánico de formación, abandonó la academia para cubrir los mercados de materias primas en Forbes y luego en el Wall Street Journal.
Aquella experiencia lo convenció de que el periodismo podía tener más impacto que la docencia. De hecho, no quería que su hijo, galardonado en 2021 con el Premio Nobel de Economía -en compañía de Guido Imbems de Stanford y David Card de la Universidad de California en Berkeley – se convirtiera en profesor.
“La academia puede ser un mundo muy negativo. Rechazan tus trabajos. Rechazan tus grandes propuestas. Rechazan casi todo”, dijo Angrist a Forbes Colombia, en una entrevista exclusiva realizada en la octava versión de la Conferencia de Premios Nobel de Economía la semana pasada en Lindau, Alemania.
“Parecía que no le gustaba enseñar. Sabes, yo era un niño en ese entonces, así que no estoy seguro. Necesito explorarlo con él, que está vivo y tiene 93 años”, explica.
A diferencia de él, Angrist eligió el camino universitario y desde el Instituto de Tecnología de Massachusetts, MIT, ha revolucionado la manera de entender las políticas públicas a través de los “experimentos naturales” en economía, es decir, estudios que utilizan datos para comprender mejor la causa y el efecto en situaciones sociales complejas.
Su trabajo —basado en identificar situaciones donde las circunstancias actúan como un laboratorio aleatorio— permitió medir con rigor fenómenos antes intocables para la estadística, como la calidad de las escuelas o el efecto de las becas educativas en países como Colombia.
En los años noventa, Angrist y sus colegas estudiaron PACES, un programa para 125.000 estudiantes de bachillerato, creado por el gobierno Gaviria en 1991 y financiado por el Banco Mundial que les daba becas a las familias de bajos ingresos. En el paper compararon a estudiantes beneficiados y no beneficiados. La evidencia fue contundente: los jóvenes con becas tuvieron mayores tasas de graduación, mejores resultados en pruebas como el ICFES y más probabilidades de ingresar a la universidad.

“Colombia tenía en los noventa un sector privado escolar muy grande; en Bogotá más de la mitad de los estudiantes de secundaria iba a colegios privados, y no eran muy caros”, recuerda Angrist. Ese escenario, sumado al programa de becas financiado por el Banco Mundial, llevó a su equipo a investigar si esas escuelas ofrecían una educación de mayor calidad que las públicas.
Consultado sobre los desafíos actuales, Angrist advierte que la obsesión con el acceso escolar ha eclipsado lo esencial: la calidad educativa. “En América Latina los gobiernos han hecho un esfuerzo enorme en aumentar los años de escolaridad, pero muchas veces descuidan la formación docente, el tamaño de los cursos o la infraestructura. Y eso afecta directamente el aprendizaje y los ingresos futuros”, afirma.
El economista también es escéptico frente a las modas tecnológicas: considera que el big data y el machine learning aportan poco a la hora de establecer causalidad y, mal usados, pueden confundir correlaciones con efectos reales. “La investigación seria requiere instituciones, contexto y conocimiento del terreno, no solo algoritmos”, subraya.
Para un país como Colombia, con altos niveles de desigualdad, la lección de Angrist es clara: la educación sí importa, pero no basta con abrir más cupos; lo que define el futuro es la calidad de lo que ocurre dentro del aula.
Para Joshua Angrist, la educación sigue siendo “una de las herramientas más confiables y poderosas para reducir la pobreza”. Sin embargo, advierte que en gran parte de América Latina el verdadero desafío ya no es el acceso, sino la calidad: aulas hacinadas, maestros mal preparados y sistemas educativos que celebran las matrículas sin garantizar aprendizajes reales.
Aunque no ha estudiado a Colombia en detalle en las últimas dos décadas, el Nobel de Economía 2021 está convencido de que hay margen para mejorar. “Los gobiernos han hecho un buen trabajo ampliando la escolarización, pero eso no basta. La región no puede seguir confundiendo aulas llenas con educación de calidad, porque de ello dependen las oportunidades y el futuro de millones de jóvenes”, concluye.
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