Aunque la noticia de Rappi y Amazon marca un hito para el país, el caso de Rappi no refleja un ecosistema robusto sino una excepción en un entorno donde la mayoría de los emprendimientos digitales no logra consolidarse. ¿Por qué?

El 8 de septiembre Forbes informó que Amazon invertirá US$25 millones en Rappi mediante un pagaré convertible que podría darle hasta un 12% de participación si se cumplen ciertos hitos operativos. La noticia acaparó titulares, dado que la plataforma de delivery más reconocida del país y con presencia regional consiguió el respaldo directo de un gigante global, lo que incluso podría dar la impresión de que el ecosistema de startups digitales en Colombia ya está en una etapa de madurez.

Pero la realidad es menos positiva, porque el caso de Rappi no refleja un ecosistema robusto sino una excepción en un entorno donde la mayoría de los emprendimientos digitales no logra consolidarse. La fragilidad de estas startups se evidencia en ejemplos recientes como el de Muni en junio de 2023, una plataforma de comercio comunitario que había levantado más de US$30 millones para expandirse en Colombia, México y Brasil y entró en proceso de liquidación definitiva (Bloomberg Línea, mayo de 2023); en agosto de 2025 el turno fue para Frubana, una plataforma para  abastecimiento de restaurantes que había recibido más de US$270 millones de fondos internacionales como SoftBank y Tiger Global y cerró definitivamente (Reuters, 14 de agosto de 2025); y en julio de 2025 la crisis se agudizó en Merqueo, el supermercado digital que había captado más de US$60 millones en distintas rondas de inversión y entró en un repliegue financiero que obligó a reorganizar su operación y frenar sus planes de expansión regional (Forbes, 14 de julio de 2025). 

Frente a estos antecedentes, la inversión de Amazon en Rappi no puede asumirse como señal de fortaleza, sino como evidencia de lo que el país podría lograr si impulsara sistemáticamente el desarrollo de startups capaces de perdurar y aportar valor real a la economía, una tarea pendiente para Colombia.

Para encarar este reto hay que comprender las particularidades de la economía del emprendimiento tecnológico. Las startups representan, por un lado, una fuerza detonante de innovación y productividad al tener la posibilidad de aportar velozmente soluciones digitales potentes y disruptivas; pero, por otro, corren el riesgo de convertirse en apuestas especulativas. Con frecuencia tienden a sobreestimar el alcance de la tecnología y los datos, sobredimensionan las expectativas de demanda y fuerzan el escalamiento acelerado del modelo sin validar su sostenibilidad. En ese camino se descuidan las métricas esenciales de creación de valor, como la rentabilidad y los riesgos de mercado.

Este fenómeno se ve exacerbado por el capital de riesgo, que en ocasiones financia con grandes sumas ideas aún inmaduras, alimentando expectativas de crecimiento exponencial sin la debida disciplina empresarial. La informalidad, la ausencia de gobierno corporativo y la obsesión por sumar usuarios a cualquier costo suelen primar sobre la solidez del negocio.

Las grandes tecnológicas —como Amazon, Google, Facebook y Apple— nacieron siguiendo esa lógica y prosperaron gracias a una ventana de oportunidad histórica, cuando la novedad del momento y la falta de competencia favorecieron su expansión. El propio Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, lo resumió en 2012 en su célebre lema “Move fast and break things” (“muévete rápido y rompe cosas”), que en 2014 reemplazó por “Move fast with stable infrastructure” (“muévete rápido con infraestructura estable”), al reconocer que a gran escala no bastaba con crecer rápido, sino que también es fundamental construir confianza y estabilidad.

Esa lección ya ha empezado a calar en el ecosistema global, donde los fondos de inversión (venture capital funds) han comenzado a exigir desde el inicio métricas de mercado y de rentabilidad que permitan anticipar el verdadero potencial de un negocio, aunque ese cambio aún se percibe limitado. Al mismo tiempo, varios gobiernos han entendido que el auge de las startups demanda mucho más que reglas tradicionales. Por eso, en países como Reino Unido, Singapur, México y Colombia se han creado sandboxes regulatorios para probar modelos innovadores bajo supervisión; se han impulsado programas público–privados como Start-Up Chile o las incubadoras tecnológicas de Israel que conectan a emprendedores con corporativos, mentores e inversionistas; y, mediante fondos soberanos o esquemas de coinversión, se ha orientado capital hacia sectores estratégicos de innovación.

A pesar del avance de esos ajustes, todavía proliferan proyectos que logran levantar recursos de esos mismos fondos de capital de riesgo con un simple power point sugestivo, en lugar de estimaciones rigurosas y un diseño empresarial sólido. La promesa, casi febril, de conquistar un número ilimitado de usuarios y el asegurar rondas de inversión cada vez más grandes termina inflando el valor de mercado y exaltando un crecimiento hiperacelerado, mientras oculta una rentabilidad precaria, a veces negativa, por cada usuario. Al final, el emprendimiento sobrevive a punta de nuevas inyecciones de capital, hasta que la realidad económica se impone y las cifras terminan por hacerlo colapsar.

En ese paradójico contexto han fracasado gigantes de las startups como Lily Robotics (2017), Theranos (2018), Appster (2018), WeWork (2023) y Builder.ai (2025). No obstante, la inversión global en 2024 en capital de riesgo para empresas tecnológicas alcanzó entre US$ 314.000 millones,según Crunchbase y US$ 368.000 millones,de acuerdo a KPMG.

Ante esas magnitudes, el caso colombiano luce todavía incipiente. Según el Colombia Tech Report 2024 (KPMG–ColombiaTech), en el país existen 2.126 startups activas, que en 2024 levantaron apenas US$513 millones a través de 104 acuerdos, con más del 80 % del capital concentrado en Bogotá. Se trata de un ecosistema con cierto dinamismo, pero aún de tamaño reducido y poco diversificado. Por eso, Colombia necesita avanzar con determinación en el desarrollo sistémico y a gran escala de startups tecnológicas sostenibles en distintos sectores de la economía, pues estas iniciativas están directamente alineadas con los grandes desafíos nacionales de elevar la productividad, fortalecer la innovación y atraer inversión extranjera directa productiva.

Un ecosistema consolidado de startups permitiría diversificar la economía, generar valor agregado en salud, agro, energía, logística y educación, y convertirse en motor de competitividad sostenible capaz de atraer capital extranjero orientado a tecnología y crecimiento de largo plazo.

Lo que hoy tiene Colombia es claramente insuficiente. El ecosistema se mueve sin la fuerza de un marco integral y no cuenta con una política de Estado, una hoja de ruta ni un programa nacional que articule los esfuerzos para desarrollar startups de manera sostenida. En su lugar existen medidas aisladas y programas dispersos que apenas rozan el problema y que, sin dar forma a un sector estratégico, terminan apoyando de manera fragmentada iniciativas sin continuidad ni escala.

En materia regulatoria, Colombia apenas ha avanzado con iniciativas parciales. La Arenera de la Superfinanciera, un sandbox limitado al sector financiero, nunca se extendió a otros ámbitos estratégicos, y el CONPES 3975 de 2019 sobre transformación digital e inteligencia artificial trazó lineamientos generales, pero quedó en el papel, sin metas claras, financiamiento definido ni mecanismos de seguimiento.

Colombia necesita decidir qué quiere con las startups tecnológicas. No puede seguir con medidas dispersas y casos aislados, requiere una hoja de ruta que estructure un ecosistema real, respaldado por una política de Estado, capital local que complemente al internacional, regulación e incentivos claros, incubadoras vinculadas a universidades y corporativos, sandboxes en distintos sectores y normas de gobierno corporativo sólidas. Solo así las condiciones ya existentes —talento joven, costos laborales competitivos y ubicación estratégica— podrán convertirse en una plataforma para impulsar la innovación, elevar la productividad y atraer inversión extranjera productiva.

Por: Iván Darío Arroyave*
*El autor es consultor empresarial. Se ha desempeñado como presidente de la Bolsa Mercantil de Colombia, decano de postgrados de la Universidad EIA, director de posgrados en finanzas de la Universidad de la Sabana y consultor del Banco mundial. 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia

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