Colombia hoy está desafiada por la debilidad de los sectores justicia, salud, seguridad, trabajo, y por supuesto educación. ¿Qué hacer para ver la luz al final del túnel?

Hay que reconocer que, pese a nuestros esfuerzos, al trabajo diario, a los talentos de nuestros compatriotas y los millones de colombianos pacíficos y honestos, la realidad de la violencia y la corrupción nos golpean nuestras ilusiones y nos desmotivan.

Más allá de un tema político, las dificultades sociales, económicas y de convivencia parecieran reiterarse cíclicamente, independientemente del mandatario y gobierno de turno. A veces avanzamos maravillosamente, y luego damos varios pasos hacia atrás, lo que nos cuestiona nuestra capacidad, como personas, colombianos, profesionales y líderes sociales, de construir un mejor futuro para nuestros hijos.

Al valorar los resultados de las encuestas periódicas del Dane sobre los hogares en nuestro país de los últimos 5 años no es difícil encontrar que los colombianos y colombianas perdemos cada día más la fe en nuestra democracia y por supuesto en el valor de la educación, la justicia, el trabajo, la salud y en lo que representan sus instituciones, particularmente las del Estado. 

Los diversos estudios sociológicos y encuestas muestran preocupantes señales de un débil fundamento para consolidar una sociedad esperanzada en su presente y futuro. La violencia y la corrupción son el resultado de la proyección de una educación carente de valores, de una mentalidad egoísta y nada solidaria, de la sin salida ante el desempleo y la falta de una educación pertinente y de calidad, y de una cultura que no fomenta oportunidades ni respeta el mérito y las normas. 

Y eso viene desde el mismo núcleo social: la familia. Mientras que la mayoría de compatriotas se adscribe a una religión, al mismo somos muy poco practicantes; los valores morales y éticos poco se arraigan en la infancia, y la violencia doméstica, el machismo y el no reconocimiento íntegro de los derechos de las mujeres se extienden en una patria en donde cada día son más las mujeres al frente de hogares monoparentales; las familias sin hijos, y en donde las mascotas adquieren preponderancia, cada día son más; y se vive una desesperanza aprendida por el fracaso de políticas partidistas que a través de planes y programas erróneos son especialmente ejercidos por movimientos espurios creados periódicamente por conveniencia politiquera sin una clara filiación ideológica, que deterioran el entusiasmo por fortalecer una democracia cada vez más participativa y actuante; y por el contrario, la politiquería simplona que soporta la democracia colombiana cada vez genera mayor apatía en nuestra ciudadanía y mayor cinismo en nuestros líderes.

El país tristemente se ha acostumbrado a la polarización y en muchas regiones aún hoy se vende el voto, pero ni siquiera por las promesas programáticas de quienes pretenden la dirección territorial o nacional, sino por prácticas oscuras altamente corruptibles de quienes compran y venden la conciencia social. El orden constitucional se ve resquebrajado por parte de pseudo organizaciones criminales que amenazan a poblaciones inermes y frágiles ante la exclusión, la miseria y la violencia en todas las manifestaciones. ¿Y el Estado? cada vez más débil en su capacidad de incidir desde todas sus instituciones.

Por eso hoy Colombia está desafiada por la debilidad de los sectores justicia, salud, seguridad, trabajo, y por supuesto educación.

Tenemos que expandir la movilidad social, pero ¿cómo hacerlo si esa visión de país equitativo, igualitario, justo, competitivo y productivo aún no se ha incorporado en nuestro ADN? y mucho menos si las dimensiones de las vidas mayoritarias de nuestros connacionales aún siguen siendo parte de las brechas históricas de  desigualdad, inequidad y exclusión, lo que no nos permite crear y creer fácilmente en la gestación de un pensamiento homogéneo hacia el bienestar social extendido desde y el reconocimiento de la diversidad de lo que somos.

En diversos momentos y gobiernos de la patria, y más con un empaque político que de real conciencia social, se ha hablado de un gran diálogo nacional, de constituyente, de asamblea, de reforma constitucional, de plebiscito, de concertaciones y de acuerdos como alternativas para hallar el compromiso de todos los sectores sociales frente a unas normas básicas, a un proyecto de país y a una convivencia que supere los mínimos y parta de reconocer las actuales realidades: una nueva configuración familiar, otros valores y expectativas, inequidad en el trabajo y el ingreso, violencia segmentada y corrupción a todo nivel.

Reconocer los fallos es solo el primer paso. Asumir compromisos y consecuencias debe ser el siguiente. 

La multidimensional ruta para el cierre de brechas deberá cabernos a todos en la cabeza si su construcción es debida y legitimante participativa. De no ser así, nuevamente pareciera que esta Colombia del siglo XXI no tendría alternativas y que el país nos quedó grande nuevamente a los colombianos y colombianas que ejercemos liderazgos en esta generación.

Por: Jaime Alberto Leal Afanador*
*El autor es rector de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (Unad).

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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