Inclinar la opinión hacia uno u otro lado, o hacia el centro, demanda el compromiso de estudiar y de comprender los hechos. Por eso, no tomar una decisión, también es tomar una.
Es común que frente a temas que generan debate o en los que nuestra opinión se considera clave, los demás nos inviten, y a veces presionen, para que nos pongamos a favor o en contra de una idea o planteamiento, y, como si fuera una competencia de la que necesariamente tuvieran que salir ganadores o perdedores, solo se plantean salidas dilemáticas, en lo social, en lo moral, en lo político…: Sí o no; derecha o izquierda; creyente o ateo; tolerar o no; sancionar o no; victima o victimario; pacifista o guerrerista, y en Colombia, Uribista o antiuribista, o Petrista o antipetrista, entre otros….
Es como si fuera la única opción, pero no es así.
La presión social y mediática, y especialmente en redes sociales, es tal que incluso cuando alguien no se enfila con uno u otro punto de vista, se le llama “tibio”, indeciso, conformista, desinteresado, no comprometido o apático.
Si bien es importante y hay momentos de la vida en los que tenemos, sí o sí, que asumir una posición radical o extrema (como por ejemplo, aceptar o no un contrato, una propuesta matrimonial, votar, hacerse un procedimiento médico, responder a un llamado…), el no ubicarse en los extremos también es una respetable y valiente posición.
Por ejemplo, en un conflicto armado entre dos facciones o estados, la opción no necesariamente es la de apoyar a uno u otro, sino optar por la vida y la paz en ambos escenarios; en una discusión entre visiones políticas de derecha y de izquierda, más allá de apasionarse por defender una posición (con el riesgo de cegarse y radicalizarse; esto es, negarse a escuchar y analizar el argumento de la contraparte), es determinante condenar las prácticas de corrupción, vengan de donde vengan; o en los debates morales sobre temas como homosexualidad, aborto, alcoholismo o drogadicción, entre otros, por sobre las visiones legalistas, económicas, administrativas o de convivencia, es esencial también ponderar y valorar la dignidad y el sentimiento de las personas.
Por esto, no tomar una posición también es asumir una posición. Es más, contrario al falso imaginario de que quienes no se van por los extremos son débiles en su carácter o escasos en sus ideas, argumentar y defender estas posiciones, para algunos neutrales o de centro, demandan valentía, prudencia y una gran capacidad para defender las propias ideas.
Eso sí, es diferente la posición intermedia de quien, convenientemente o sin criterio, no analiza, o evade propias responsabilidades y compromisos, mucho más si estas son personas adultas, responsables de familias, jefes de empresas o con una debida formación académica. “La mayoría de las personas que fracasan en su sueño no fracasan por falta de capacidad, sino por falta de compromiso”, advirtió el consultor americano Zig Ziglar.
En el fondo, es un ejercicio de responsabilidad social. Inclinar la opinión hacia uno u otro lado, o hacia el centro, demanda el compromiso de estudiar y de comprender los hechos, de escuchar los argumentos de las partes, de ponerse en la situación (como beneficiario o afectado) en cada una de las diversas posibilidades, y de atreverse a emitir un concepto en cualquier dirección (aún con el riesgo de equivocarse, pero con la valentía y la humildad de corregir).
Generalmente muchos de quienes asumen una posición intermedia (con valentía para justificar su idea), son enemigos de la polarización, de la radicalización, de la estigmatización, del prejuicio, de la condena sin conocimiento de toda la situación, y de aquella moral que solo actúa en torno del dilema de bueno o malo sin valorar otros aspectos. Por el contrario, tienen una vocación pacifista, basada en el diálogo y la inclusión y no en el odio, la guerra y la discriminación.
Curiosamente, la realidad demuestra que, por ejemplo en temas políticos y sociales, hay países con muy altas tasas de desarrollo económico y de convivencia social, con sistemas mixtos en sus políticas públicas; que muchas de las grandes salidas a los más grandes conflictos en el mundo han sido producto de alternativas creativas y ajenas a visiones extremistas, y que incluso la sociedad valora positivamente la neutralidad de los jueces, los legisladores, los periodistas, los sacerdotes y los profesores.
Al fin y al cabo, la verdad no se agota en una sola versión, y como bien dijo el literato francés Marcel Proust, “allí donde la vida levanta muros, la inteligencia abre una salida”.
Por: Jaime Alberto Leal Afanador*
*El autor es rector de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (Unad).
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.
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