Vivimos una época en donde cada vez vemos actividades profesionales que se han ido degradando por un mal ejercicio de las mismas, una errónea interpretación de lo que significan, una masificación comercial. ¿Como cuáles?

Para ejercer una profesión no se requiere necesariamente ser técnico, tecnólogo o universitario. Aunque estos egresados de la educación superior ejercen profesiones, hay personas que se consagran a realizar actividades que no necesariamente están ligadas a una carrera universitaria. Por ejemplo, un lustrabotas, un estilista, un chef empírico o el parrillero en un restaurante también se consideran profesionales porque se dedican a conocer en detalle su actividad, sus técnicas y las mejores formas para hacer su trabajo: Son profesionales, nos prestan un invaluable servicio y aprendemos de ellos.

Lamentablemente vivimos una época en donde cada vez vemos actividades profesionales que se han ido degradando por un mal ejercicio de las mismas, una errónea interpretación de lo que significan, una masificación comercial y una ausencia de rigurosos controles para identificar los méritos que deben tener quienes las ejercen, así como una ética que asegure que dicha profesión realmente contribuye al bien común. 

Lo “ejecutivo” es una de aquellas actividades profesionales que más se han deteriorado. Lo que antes daba prestigio por una labor de dirección y toma de decisiones importantes, se ha relegado a un concepto genérico para cualquier persona que viste de corbata, o que lleva un maletín, o que trabaja en una oficina. La distorsión es tal que ya, incluso, se habla de almuerzo, servicio, transporte… ejecutivo.

La degradación de ciertas profesiones se da cuando se permite que personas que se presentan como profesionales en una actividad, no tienen los méritos para ello o su conducta profesional dista de los estándares del buen servicio, la ética y la calidad de lo que hacen.

Algunos ejemplos: Creadores de contenido e influencers, que ha pasado a ser una auto –  denominación de muchos de quienes, a veces sin mayor conocimiento técnico ni responsabilidad de lo que hacen y dicen, así se presentan solo porque producen información (a veces basura) en redes sociales.

Ser líder social, que es una profesión con una dignidad especial por su defensa por la vida y las causas nobles, ha pasado a ser una denominación para muchos (algunos en la ilegalidad) que confrontan e invitan a romper las normas y su vida no es un real ejemplo de liderazgo.

Los futbolistas, muchos de ellos brillantes, que se han dedicado a cultivar la retina de los espectadores con simulaciones y shows de engaño hacia los árbitros para vender falsamente faltas a su favor, desvirtuando el espíritu deportivo.

También muchos docentes (me duelo reconocerlo como educador que soy), que en vez de preocuparse por ser ejemplos de vida y orientar el conocimiento, se limitan a repetir siempre lo mismo o a dejar que la tecnología y la IA trabajen por ellos.

En la lista no puede quedarse por fuera los auto – denominados coachs o mentores, que más allá de su buena voluntad por acompañar el crecimiento espiritual, personal, intelectual o material de sus aconsejados – clientes, muchas veces creen que por haber leído un libro de autoayuda, filosofía o metafísica ya tienen los méritos para ello, actuando de forma peligrosa sobre las decisiones de las personas.

Debo incluir a los periodistas, especialmente muchos de los empíricos, malhadadamente patrocinados por una legislación colombiana que autoriza el ejercicio de la comunicación social en medios masivos sin la obligatoriedad de tener estudios universitarios, con lo que cualquier persona con un micrófono o una red social puede autodenominarse periodista, sin control sobre sus actuaciones.

Y, para no alargarme más, en la lista podría incluir también a muchos denominados asesores, así ocupados porque un sistema burocrático lo permite o son sublimados injustificadamente; los políticos, generalmente de todas las vertientes ideológicas y regiones, autoproyectados como mártires y redentores, a partir de ideas y acciones muchas veces carentes de realidad y rigor técnico; y hasta los conductores de vehículos, muchos de ellos desconocedores del código de tránsito, de la ética del buen servicio al pasajero y hasta de una fundamentación en mecánica.

Así como estas hay muchas más “profesiones” que se vienen degradando.

Pero la responsabilidad no es solo de quienes las realizan sin la formación y la conciencia debida, sino también del sistema de controles sociales (asociaciones profesionales y legislación) y, sobre todo, de nosotros mismos, quienes a veces sin un criterio debidamente formado, corremos a escucharlos, seguirlos, comprarles o usar su servicio.

Sólo una comunidad crítica puede regresar las profesiones a su verdadero espíritu.

Por: Jaime Alberto Leal Afanador*
*El autor es rector de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (Unad).

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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