Mientras las organizaciones miden resultados, indicadores y desempeño, una variable crítica permanece fuera del radar: el estado del sistema nervioso desde el cual se lidera.

Siete de cada diez personas en el mundo han experimentado ansiedad en algún momento de su vida. Este dato emergió durante la investigación para mi libro De ansiosos y agotados a tranquilos y enfocados y, lejos de tranquilizarme, abrió una inquietud mayor. La ansiedad no es un fenómeno marginal ni episódico; es una condición ampliamente normalizada, sostenida por sistemas nerviosos permanentemente desregulados.

Al profundizar en la investigación, comencé a conversar con CEO, gerentes y líderes senior sobre su experiencia personal con la ansiedad, el estrés y el agotamiento. Lo que encontré fue aún más revelador: muchos de ellos viven en estados de hiperactivación crónica, pero rara vez lo reconocen en voz alta. No por falta de conciencia, sino por vergüenza. En posiciones de poder, admitir desgaste emocional sigue percibiéndose como una señal de debilidad.

Así, mientras las organizaciones miden resultados, indicadores y desempeño, una variable crítica permanece fuera del radar: el estado del sistema nervioso desde el cual se lidera.

A lo largo de este año, al conversar con líderes con los que trabajo de manera cercana, quise indagar por su nivel real de estrés. La respuesta fue reveladora. La mayoría no se define a sí mismos como estresados. Se definen como responsable, orientados al logro o de alto rendimiento. Cumplen objetivos, responden con rapidez, toman decisiones complejas y siguen avanzando. Desde fuera, todo parece bajo control. Desde dentro, el sistema nervioso opera en un estado de alerta casi permanente.

La neurociencia ofrece aquí un marco clave para comprender lo que está ocurriendo. Cuando el cerebro percibe amenaza sostenida —ya sea por sobrecarga, hiperexigencia o falta de recuperación— prioriza supervivencia, no estrategia. En ese estado disminuye la flexibilidad cognitiva, se acorta la visión de largo plazo, aumenta la necesidad de control, se bloquea la creatividad y se reduce la tolerancia al error. No es una falla en el estilo de liderazgo. Es biología evolutiva en acción.

Este funcionamiento interno se traduce en patrones organizacionales ampliamente conocidos: micromanagement racionalizado como exigencia, decisiones defensivas tomadas con urgencia, líderes intelectualmente brillantes con baja disponibilidad emocional, equipos que ejecutan con eficiencia, pero dejan de pensar. El liderazgo sigue funcionando, pero lo hace desde la reactividad, no desde la claridad.

Mi mayor preocupación es que, paradójicamente, los mejores —los más comprometidos, los más capaces, los más talentosos— son también quienes acumulan mayores factores de riesgo frente al agotamiento. Son los que sostienen, los que responden, los que no se permiten fallar. Y en ese esfuerzo silencioso, normalizan estados internos que, con el tiempo, deterioran la calidad de su liderazgo y el impacto de sus decisiones.

El problema no es la presión. La presión es inherente a liderar. El problema es haber aprendido a operar durante años con un sistema nervioso en modo amenaza, naturalizando el estrés tóxico y llamar a eso alto rendimiento.

Las organizaciones que aspiren a sostener resultados en el tiempo tendrán que ampliar de manera decidida su marco de comprensión. Ya no será suficiente con entrenar habilidades, competencias o modelos de liderazgo. Será imprescindible desarrollar en los líderes estrategias concretas de afrontamiento y autorregulación que les permitan gestionar el estrés de forma efectiva y sostener claridad mental bajo presión.

Porque no se puede pensar con precisión desde la hiperalerta, ni innovar desde el agotamiento, ni construir culturas organizacionales sanas sobre sistemas nerviosos crónicamente tensos. El estado interno del líder dejó de ser un asunto privado: hoy es un factor estratégico que impacta directamente la calidad de las decisiones, el clima organizacional y la sostenibilidad del desempeño.

Promover el autocuidado en los líderes ya no puede seguir entendiéndose como un beneficio opcional ni como una concesión al bienestar. Es una inversión directa en claridad mental, calidad de decisiones y sostenibilidad del desempeño. Cuidar el sistema nervioso no es retirarse de la exigencia; es crear las condiciones internas para sostenerla sin colapsar.

Por: Blanca Mery Sánchez
*La autora es máster en neurociencia aplicada al alto rendimiento y la felicidad, escritora, conferencista y directora de la compañía Mente Sana.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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