Colombia podría tener más recursos, mejores vías y gran infraestructura, pero solo el cambio cultural puede hacer que se generen oportunidades reales de progreso, paz y calidad de vida.

En muchos escenarios se ha dicho que Colombia hace parte de los países del “tercer mundo”, y aunque esta categoría ha caído en desuso, hay conductas nuestras que tristemente dan la razón a quienes cuestionan nuestra habilidad para avanzar más como nación. 

Usar esta forma de etiquetar a una nación y, por ende, de sugerir que hay países de un primero y segundo mundo que son “más” que los de un tercero y cuarto mundo, es visto como una forma odiosa de maltratar y estigmatizar a sus habitantes.

Estos conceptos nacieron por allá en la Guerra Fría (hace más de 70 años) cuando los países se agruparon en torno de tres grandes bloques. Los del Primer Mundo, o las naciones más industrializadas y con economías más poderosas, liderados por Estados Unidos y varios Europeos, más Japón. Los del Segundo Mundo, a la zaga, derrotados en la Guerra, encabezados por el bloque comunista liderado por la entonces URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), Europa del Este y China. Y los del Tercer Mundo, cual si fueran “el resto de naciones” apartadas de las potencias políticas y económicas, y reconocidos como países no alineados. Ahí entraron naciones de África, Asia y América Latina (incluida Colombia). Luego, para agrupar a los países con mayores niveles de atraso, violencia y pobreza, se acuñó el término de países del “cuarto” mundo (como Afganistán, Angola, Haití, Burkina Faso, Burundi).

Con la caída del Comunismo, estas denominaciones dejaron de usarse por considerarse odiosas y se pasó a hablar de “naciones en vías de desarrollo”, por cuanto sus indicadores y economías muestran que, con respecto a los más avanzados, tienen debilidades y fallas de base en sus gobiernos, infraestructuras, sistemas de servicios públicos, de seguridad y, en general, de condiciones de bienestar y armonía de su población. 

Sin ahondar en el debate político, económico y sociológico que implica ver a Colombia como si fuera una Nación del Tercer Mundo, sí quiero reflexionar en aquellas culturas y conductas que se vivencian en otras naciones y que en nuestro país tenemos que consolidar para favorecer una convivencia pacífica: el irrestricto respeto a los demás, el reconocimiento a la dignidad plena y la disposición hacia condiciones de bienestar social basadas en la convivencia.

Podríamos tener más recursos, mejores vías, una anhelada reducción de la violencia y mayores desarrollos en la infraestructura, y eso sólo nos convertiría en una nación con mayores condiciones de vida, pero no necesariamente en una mejor patria para vivir. Solo el cambio cultural puede asegurar las raíces para que crezca una Colombia con reales oportunidades de progreso, paz y calidad de vida.

Para ello, Colombia, sí o sí, tiene que avanzar en identificar y, sobre todo, en derrotar actitudes y comportamientos palmarios y lamentables, como: pensar que lo importante es el éxito personal y no el social (eso de primero yo, segundo yo y tercero yo); asumir el chisme como fuente creíble para tomar decisiones; creer  que la visión de las cosas y la solución de conflictos sólo es viable desde dos posiciones antagónicamente radicales, y desconocer las vías  intermedias; ver a quien piensa diferente como enemigo; confundir la felicidad con tener más dinero; hacer cualquier cosa por enriquecerse; desconfiar de todo y de todos; recurrir a la violencia verbal y física para solucionar las disputas con desconocidos; hacer trampa (académica, tributaria, legal, ciudadana…) como si no fuera una perversidad; entender que violar las normas no es una incorrección ética y legal, sino una habilidad social para ganar algo; recurrir al clientelismo y el amiguismo para controvertir y desvirtuar el mérito; y convertir la excusa en un argumento permanente, la mentira como un recurso para dilatar responsabilidades y la impuntualidad como si fueran propias de los colombianos, entre otras.

Todo esto no significa que Colombia no pueda evolucionar a ser una nación más “civilizada”, porque nuestra calidez (que he llamado “Colombianitud”), buen humor, capacidad de resiliencia, compromiso con el trabajo y habilidad para hallar algo positivo en medio de lo negativo, son cualidades admiradas de los colombianos en el mundo entero.

Si lográramos disminuir, hasta erradicar, esa peligrosa cultura de la malicia indígena, del oportunismo, del revanchismo, de la envidia y del irrespeto, y convirtiéramos el acatamiento de la ley, el cumplimiento de compromisos y la fidelidad a un proyecto de país como algo propio de todos los colombianos, podríamos considerarnos como la primera nación del mundo.

Por: Jaime Alberto Leal Afanador*
*El autor es rector de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (Unad).

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.   

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