DEI: Diversidad, Equidad e Inclusión. Tres letras que alguna vez estuvieron en el centro de los discursos empresariales, los paneles de innovación y las agendas públicas. Hoy, sin embargo, pareciera que hablar de DEI se volvió incómodo. ¿Por qué?
Simone de Beauvoir nos advirtió: “No olviden jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres sean cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, deben permanecer vigilantes toda la vida”. Es cierto, basta mirar alrededor, en muchos países nunca han existido plenamente. En otros, están retrocediendo.
Lo mismo pasa con la DEI: Diversidad, Equidad e Inclusión. Tres letras que alguna vez estuvieron en el centro de los discursos empresariales, los paneles de innovación y las agendas públicas. Hoy, sin embargo, pareciera que hablar de DEI se volvió incómodo, innecesario o incluso “ideológico”.
Un reciente informe indica que una de cada cinco empresas en Estados Unidos ha eliminado programas DEI desde el regreso de Donald Trump al poder, grandes empresas han desmontado equipos de diversidad tras presiones políticas o cálculos reputacionales.
Tan solo el año pasado Amazon, Meta, Walmart, Mcdonalds, Ford, Lowe, Boeing han reducido sus esfuerzos en esta dirección. Incluso firmas como KPMG y Deloitte han eliminado informes y programas para cumplir con cambios legales y órdenes ejecutivas que desalientan las políticas de diversidad en ese país.
Esta tendencia se ve impulsada no solo por decisiones internas, sino por iniciativas como la Orden Ejecutiva 14151, que en 2025 eliminó programas DEI de agencias federales, empujando a muchas empresas privadas a seguir esa dirección para “alinearse” con el nuevo marco legal.
En contraste los CEO y las juntas directivas de Apple y Costco se han opuesto a disminuir sus programas DEI a pesar de las presiones y en la Unión Europea, por ejemplo, estas iniciativas siguen siendo pilares de cultura organizacional y objetivamente vinculadas a mejores resultados.
En Latinoamérica nos encontramos en una etapa de recálculo estratégico. En este contexto, es fundamental no ver las políticas de diversidad, equidad e inclusión como un lujo “progre”, sino como un imperativo ético y de competitividad. Aunque ciertos movimientos intentan imponer la idea de que avanzar en derechos “pasó de moda”, y más de uno afirma sin ruborizarse que la DEI ha muerto, discrepo profundamente. En nuestra región, la diversidad es una realidad social, económica y cultural que debemos capitalizar si queremos construir organizaciones más innovadoras, representativas y sostenibles.
Pero ¿qué significa matar la DEI?
Significa aceptar como normal un mundo sin colores, sin matices, sin representación. Significa dar la espalda a las historias que no son como la tuya. Significa permitir que el poder y la oportunidad se concentren, nuevamente, en los mismos de siempre. Significa vivir en un mundo empresarial que no aspira a ser mejor.
La diversidad es posibilidad. Diversidad no es una cuota. Es perspectiva, creatividad, expansión de lo posible. Equipos diversos resuelven mejor los problemas porque parten de miradas distintas. Mercados diversos crecen más porque atienden realidades más amplias.
Perseguir equidad no ha sido gratuito. Han sido décadas de lucha, políticas públicas, visibilización. Nada ha transformado por completo la realidad, pero sí ha abierto puertas: mujeres en juntas directivas, personas racializadas liderando compañías, personas LGBTIQ+ ocupando espacios de poder.
Decidir que esto “ya no es relevante” es una forma sutil y peligrosa de retroceder. Es invisibilizar a quien nació en la exclusión, es promover un mundo sin todas las voces.
Como CEO no puedo dar por hecho que mis decisiones son neutrales. Liderar una empresa es tomar decisiones todos los días que afectan vidas ¿a quién contrato?, ¿a quién escucho?, ¿cómo distribuyo las oportunidades?
Decidir no hablar de DEI sería promover el privilegio silencioso. Las empresas tenemos dos opciones: o contribuimos a cerrar las brechas, o somos cómplices de que se mantengan.
La DEI no está muerta pero sí está bajo ataque. Es por eso que necesita más que buenas intenciones, necesita convicción, coherencia, políticas empresariales y liderazgo. No como una moda o una obligación externa, sino como un compromiso con una sociedad más justa, más rica en matices, más viva.
En nuestro rol de líderes empresariales no dejemos que estas tres letras desaparezcan de nuestras decisiones. Porque cuando muere la DEI, lo que realmente se apaga es nuestra capacidad de construir un futuro mejor.
Por: Salua García Fakih*
Twitter: @Saluagf
*La autora es Cofundadora de la plataforma Symplifica, que trabaja por lograr la formalización de los empleados del hogar en Latam. En su instagram @saluagarciafakih promueve el emprendimiento y comparte sobre su experiencia como emprendedora. Cuenta con un Máster en Emprendimiento e Innovación de la Universidad del Rosario, Máster en Liderazgo de EADA Barcelona y es Especialista en Marketing de EAFIT.
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