La infraestructura deja de ser percibida únicamente como un componente defensivo y pasa a desempeñar un papel más dinámico en la nueva economía global.

A comienzos de 2026, la infraestructura pasó a ocupar un papel central entre las megafuerzas que están configurando el futuro económico global. A pesar de su rol crítico en la expansión de la Inteligencia Artificial (IA) y en la transición hacia una economía de bajo carbono, el sector aún no es plenamente reconocido como uno de los principales motores de crecimiento estructural a nivel global.

Este desajuste genera una oportunidad estratégica. Mientras los mercados concentran su atención en la volatilidad de las grandes empresas tecnológicas, la infraestructura tiende a beneficiarse de forma más discreta del creciente nivel de inversión en centros de datos, redes eléctricas y sistemas logísticos necesarios para sostener el avance de la IA y la digitalización de la economía.

En términos generales, los inversores individuales e institucionales aún mantienen una exposición limitada a este segmento. En un entorno marcado por presiones inflacionarias persistentes y una mayor incertidumbre macroeconómica, la infraestructura se distingue por sus características defensivas y por modelos de negocio basados en contratos de largo plazo o marcos regulatorios que ofrecen una mayor previsibilidad de los flujos de caja. Además, las preocupaciones en torno a una eventual desaceleración del ciclo de la IA tienden a verse mitigadas por la naturaleza esencial de estos activos y por protecciones contractuales sólidas.

En el contexto global actual, algunas regiones destacan especialmente, en particular frente a la reconfiguración de las cadenas globales de suministro. Los mercados emergentes con bases industriales relevantes, ubicación estratégica y necesidades de modernización logística ganan protagonismo en este rediseño, impulsado por factores geopolíticos y por la búsqueda de una mayor resiliencia económica.

Cabe destacar que, a pesar de su elevado potencial, el desarrollo de proyectos de infraestructura se produce dentro de un marco regulatorio riguroso. En varios países de la región, la gestión y el asesoramiento de inversiones en este segmento están sujetos a normas estrictas, lo que refuerza la importancia de una gestión profesional y especializada para desenvolverse eficazmente en este entorno.

La transición hacia una economía de bajo carbono también actúa como un motor estructural para el sector. La expansión de las energías renovables y de tecnologías energéticas más complejas requiere inversiones significativas en generación, transmisión y almacenamiento de energía. Sumado a la creciente necesidad de seguridad energética en un mundo cada vez más fragmentado, este contexto sostiene una demanda estructural de largo plazo por activos de infraestructura.

Ante este escenario, la infraestructura deja de ser percibida únicamente como un componente defensivo y pasa a desempeñar un papel más dinámico en la nueva economía global. Fuerzas como la innovación tecnológica, la transición energética, la fragmentación geopolítica y el crecimiento demográfico refuerzan su relevancia como uno de los pilares centrales para afrontar los desafíos y capturar oportunidades en los próximos años.

Por: Laura Barrera*
*La autora es directora de BlackRock Colombia.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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