Estados Unidos, la mayor economía del planeta, decidió oficialmente que el cambio climático no es un problema que merezca regulación. ¿Y ahora qué? ¿Se acabó la sostenibilidad corporativa? ¿Podemos archivar los reportes ESG y volver al business as usual?

El 12 de febrero de 2026, Donald Trump hizo lo que muchos temían y otros celebraban: revocó el endangerment finding de la EPA, el dictamen científico y legal que desde 2009 establecía que los gases de efecto invernadero amenazan la salud humana. Con un trazo, desarmó la base jurídica para regular emisiones de CO₂, metano y otros gases a nivel federal.  Estados Unidos, la mayor economía del planeta, decidió oficialmente que el cambio climático no es un problema que merezca regulación.

¿Y ahora qué? ¿Se acabó la sostenibilidad corporativa? ¿Podemos archivar los reportes ESG y volver al business as usual?

Todo lo contrario. El Global Risks Report 2026 del Foro Económico Mundial, publicado apenas semanas antes de la decisión de Trump y basado en las percepciones de más de 1.300 expertos globales, dibuja un panorama donde la sostenibilidad no solo sobrevive a la política estadounidense sino que se vuelve más urgente precisamente por ella. La fragmentación regulatoria no elimina los riesgos; los multiplica. Y las empresas que confundan el silencio de Washington con una señal de que el clima dejó de importar, pagarán el precio.

Vivimos, según el WEF, en una era de competencia: fragmentación geopolítica, polarización social y aceleración tecnológica convergen para redefinir las reglas del juego. La mitad de los expertos encuestados anticipa un horizonte turbulento o tormentoso para los próximos dos años; el 57% extiende ese pronóstico a una década. En ese contexto, la sostenibilidad corporativa deja de ser un ejercicio de cumplimiento o marketing verde para convertirse en lo que siempre debió ser: gestión estratégica de riesgos.

El mapa de riesgos: de la geopolítica al clima

El informe estructura los riesgos en tres horizontes temporales que revelan una evolución significativa. En el corto plazo (2026), la confrontación geoeconómica emerge como el riesgo principal, seleccionado por el 18% de los encuestados y desplazando al conflicto armado entre estados que lideraba el año anterior. Le siguen los conflictos armados estatales, los eventos climáticos extremos, la polarización social y la desinformación. Este último riesgo resulta particularmente persistente: aparece en los rankings principales en todos los horizontes temporales analizados.

Hacia 2028, estos riesgos evolucionan hacia amenazas más estructurales. Las tensiones económicas ganan relevancia mientras la polarización social se consolida como un desafío sistémico. Sin embargo, según reporte del WEF (2026) ,es en el horizonte de largo plazo (2036) donde los riesgos ambientales recuperan protagonismo: el clima extremo, la pérdida de biodiversidad y el colapso de ecosistemas dominan las proyecciones a diez años. 

Un dato revelador según el análisis de Format Resarch: los resultados adversos de la inteligencia artificial muestran el salto más dramático entre horizontes temporales, pasando del puesto 30 en el corto plazo al quinto lugar en la perspectiva decadal. Esta transición señala que, mientras los riesgos geopolíticos acaparan la atención inmediata, las transformaciones tecnológicas acumulan potencial disruptivo que las empresas no pueden ignorar.

La convergencia inevitable: riesgos globales y estrategia ESG

Para las unidades de sostenibilidad empresarial, este panorama de riesgos interconectados exige una transformación profunda. Ya no basta con gestionar la huella ambiental de manera aislada; las tendencias documentadas por el WEF obligan a adoptar un enfoque holístico que integre factores geopolíticos, sociales, tecnológicos y económicos en la estrategia ESG.

La confrontación geoeconómica, por ejemplo, tiene implicaciones directas para la sostenibilidad. En un contexto de sanciones, aranceles y fragmentación comercial, las empresas encuentran en la economía circular y la responsabilidad extendida del productor no solo imperativos ambientales sino ventajas competitivas tangibles. Reducir dependencias de cadenas de suministro vulnerables, localizar procesos productivos y optimizar el uso de recursos se convierte en resiliencia operativa tanto como en buena práctica ambiental.

La polarización social y la desinformación, ubicadas entre los cinco principales riesgos, refuerzan la urgencia de lo que algunos denominan sostenibilidad emocional: la priorización del bienestar y la salud mental como componentes legítimos de la estrategia corporativa. Las empresas que ignoren el clima social interno y externo enfrentarán erosión de su licencia social para operar, dificultades para atraer y retener talento, y mayor exposición a crisis reputacionales amplificadas por ecosistemas de información fragmentados.

De acuerdo con Matteo Tonello y Andrew Jones, los riesgos climáticos y de biodiversidad, aunque relativizados en el corto plazo frente a las urgencias geopolíticas, mantienen su peso estructural. Exigen repensar las inversiones sostenibles para mitigar impactos en cadenas de suministro y atraer capital que ya evalúa la resiliencia climática como criterio de asignación. La decisión de Trump no cambia la física atmosférica; solo fragmenta la respuesta regulatoria, haciendo más compleja la navegación para empresas globales. 

De la gestión de reportes a la gestión de riesgos

Esta convergencia redefine el rol de las unidades de sostenibilidad. De áreas principalmente enfocadas en cumplimiento regulatorio y elaboración de informes, deben evolucionar hacia funciones de radar estratégico que alimenten la toma de decisiones en el más alto nivel corporativo.

El informe del WEF identifica a la desigualdad como el riesgo más interconectado de la próxima década, funcionando como catalizador de otros riesgos a medida que el contrato social entre ciudadanos y gobiernos se deteriora bajo presión. Para las empresas, esto significa que la dimensión social de ESG (la S frecuentemente relegada) demanda atención renovada. Las políticas de diversidad, equidad e inclusión, los programas de desarrollo comunitario y las prácticas laborales justas dejan de ser gestos de relaciones públicas para convertirse en elementos de gestión de riesgo sistémico.

Simultáneamente, la gobernanza de tecnologías emergentes (la G de ESG ampliada) cobra relevancia inédita. La desinformación como riesgo persistente y los resultados adversos de la IA como amenaza creciente obligan a las empresas a establecer marcos robustos para el uso ético de la tecnología, la protección de la integridad informativa y la preparación ante disrupciones tecnológicas. Como señalan el estudio de tendencias en sostenibilidad de EcoActive, y el reporte de BSR,  más del 90% de los profesionales de sostenibilidad cree que la IA está transformando su campo, y que en los próximos 12 a 24 meses cambiará significativamente su forma de trabajar.

Implicaciones para América Latina

Para las empresas latinoamericanas, el panorama presenta matices particulares. La fragmentación regulatoria global genera un escenario de múltiples velocidades: mientras Estados Unidos relaja su marco climático federal, la Unión Europea intensifica requisitos como la CSRD (Directiva de Reporte de Sostenibilidad Corporativa) y el CBAM (Mecanismo de Ajuste de Carbono en Frontera) que impactan a toda empresa que opere o exporte hacia ese mercado.

Las multinacionales y sus cadenas de suministro seguirán exigiendo objetivos de reducción de emisiones, trazabilidad ESG y planes creíbles de transición climática, independientemente del vaivén regulatorio estadounidense. Para empresas medianas y grandes de la región, la estrategia prudente implica alinear estándares con los más exigentes (Unión Europea y grandes clientes globales) y no con el mínimo local.

El mercado de tecnología climática, está estimado por Precedence Research entre 31 y 39 mil millones de dólares actualmente y proyectado por Fortune Business Insights hacia 200 a 280 mil millones para 2034-2035, representa oportunidades concretas para empresas que desarrollen soluciones en energías renovables, almacenamiento, monitoreo, software de carbono y eficiencia operativa. La industria del cambio climático y la sostenibilidad en sentido amplio ya mueve del orden de 1.5 billones de dólares anuales, con proyección a 3.2 billones para 2033, argumenta Verified Market Reports.

El clima no lee decretos

Trump puede declarar que el CO₂ no amenaza la salud humana. La física atmosférica no está pendiente de la política estadounidense. Los glaciares seguirán derritiéndose, los eventos extremos seguirán intensificándose, y los mercados globales seguirán incorporando el riesgo climático en sus decisiones de inversión y financiamiento.

El Global Risks Report 2026 envía un mensaje que trasciende las decisiones de cualquier gobierno: los riesgos ambientales, sociales y de gobernanza se entrelazan con los geopolíticos, tecnológicos y económicos en una trama que exige respuestas integradas. Las unidades de sostenibilidad que prosperen serán aquellas capaces de traducir este mapa de riesgos en inteligencia accionable: identificar exposiciones, diseñar escenarios, proponer coberturas y contribuir a decisiones de inversión, operación y gobernanza.

En un mundo donde según el WEF, el 68% de los expertos anticipa un entorno político global más fragmentado y multipolar, y apenas el 6% espera una revitalización del orden multilateral, apostar a que la sostenibilidad pasó de moda porque Trump firmó un papel es, sencillamente, no entender dónde está parado el mundo.

La sostenibilidad no desaparece ante las urgencias geopolíticas. Se transforma en la herramienta esencial para enfrentarlas.

Por: María Alejandra Gonzalez-Perez
Twitter:@alegp1
*La autora es Jefe de la Maestría en Sostenibilidad de la Universidad EAFIT. Antes fue presidente para América Latina y El Caribe de la Academia de Negocios Internacionales (AIB). PhD en Negocios Internacionales y Responsabilidad Social Empresarial de la Universidad Nacional de Irlanda.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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