El cambio de fondo no está ocurriendo únicamente en los bienes que cruzan fronteras. Está ocurriendo, también, en los servicios, los datos y las capacidades digitales que hoy explican una parte creciente del valor de las empresas.

Durante meses, buena parte de la conversación empresarial sobre comercio internacional ha girado alrededor de los aranceles. Y es lógico: cuando cambian las tarifas, cambian los costos, se altera la competitividad y se reordenan decisiones de inversión y expansión. Pero concentrarse solo en ese frente puede llevar a una lectura incompleta del momento que vive la economía global.

El cambio de fondo no está ocurriendo únicamente en los bienes que cruzan fronteras. Está ocurriendo, también, en los servicios, los datos y las capacidades digitales que hoy explican una parte creciente del valor de las empresas. Ese puede ser, de hecho, el mayor punto ciego para muchos líderes empresariales.

Un análisis reciente de Boston Consulting Group advierte que, mientras las empresas se han vuelto más hábiles para reaccionar a cambios en los aranceles de bienes, está emergiendo un riesgo menos visible, pero potencialmente más disruptivo: las restricciones al comercio transfronterizo de servicios. No se trata de un asunto marginal. El comercio internacional de servicios crecerá a un ritmo superior al del comercio de bienes y podría alcanzar los US$11,7 billones hacia 2032.

En Colombia, donde la canasta exportadora sigue estando fuertemente concentrada en bienes, este cambio es particularmente relevante. Las exportaciones de servicios —desde BPO hasta soluciones tecnológicas— han venido creciendo con rapidez en los últimos años, pero aún no ocupan el mismo lugar en la conversación estratégica empresarial.

Esto importa más de lo que muchas organizaciones reconocen. Durante décadas, la conversación sobre comercio internacional estuvo organizada alrededor de tres variables: aranceles, logística y acceso a mercados. Ese marco sigue siendo importante, pero ya no basta. Hoy, incluso en industrias tradicionalmente asociadas a bienes físicos, las compañías compiten cada vez más a partir de activos intangibles: software, datos, servicios posventa, propiedad intelectual, plataformas tecnológicas e inteligencia artificial.

Y ahí está el gran giro. Los gobiernos no solo están ajustando tarifas sobre productos físicos. También están desarrollando nuevas reglas sobre transferencia de datos, servicios digitales, proveedores tecnológicos e inversión extranjera. Muchas de estas medidas se justifican en nombre de la seguridad nacional, la soberanía o la competencia justa, pero en la práctica también están redefiniendo las reglas del comercio global.

La diferencia frente a los aranceles es profunda. Una empresa puede absorber parcialmente un mayor costo sobre bienes y seguir operando. Pero una restricción regulatoria sobre datos o servicios digitales puede impedirle, de un día para otro, prestar servicios, operar una plataforma o escalar su modelo en otro mercado. Es una barrera menos visible, pero muchas veces más difícil de sortear.

Para los CEOs, esto obliga a ampliar la forma en que se entiende el riesgo comercial. Ya no basta con monitorear tarifas, rutas logísticas o tratados. La pregunta estratégica ahora es otra: qué tan expuesto está mi negocio a restricciones sobre servicios, datos y capacidades digitales.

Muchas compañías siguen viéndose a sí mismas como negocios de productos, cuando una parte creciente de su valor depende de activos intangibles. Incorporar esta realidad implica integrar con mayor fuerza escenarios regulatorios y geopolíticos en la estrategia, así como desarrollar modelos operativos capaces de adaptarse a reglas distintas entre regiones.

Para economías como la colombiana, donde la conversación empresarial aún está fuertemente anclada en bienes, el riesgo de quedarse mirando el comercio con lentes del pasado es mayor. En un entorno donde el valor cruza fronteras cada vez más en forma de servicios y datos, anticipar este cambio no es solo una cuestión de adaptación, sino de competitividad.

Por: Sandro Marzo*
*El autor es Managing Director & Partner en Boston Consulting Group.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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