La empresa superó su meta global de acceso a internet antes de lo previsto. En el Amazonas colombiano y en las plantaciones de cacao del Urabá, hay evidencia de lo que eso significa en la práctica. Melanie Nakagawa, vicepresidenta global de Sostenibilidad de Microsoft, lo detalló en entrevista con Forbes Colombia.
Arnoldo de Jesús Cartagena cultivaba cacao en La Teca, una zona remota del Urabá antioqueño, sin saber si el precio que le ofrecían era justo. Para consultar el mercado, tenía que caminar kilómetros. Esa realidad cambió cuando llegó la conectividad a su región.
Hoy puede ver las fluctuaciones del precio del cacao en tiempo real, negociar mejor y acceder a capacitación técnica sin salir de su finca. Su historia es el tipo de transformación que Microsoft usó como argumento central cuando, semanas antes del Mobile World Congress de 2025, anunció que había superado su compromiso de conectar a US$250 millones antes de que terminara ese año. El número final fue 299 millones.
Para Melanie Nakagawa, vicepresidenta global de Sostenibilidad de Microsoft, el resultado importa más allá de la estadística.
“Para nosotros es un hito realmente emocionante”, dijo en una entrevista con Forbes Colombia. “Es especial por lo que significa en las comunidades y los lugares donde podemos cumplir con este compromiso”.
Esto tardó más de una década en construirse. Desde 2022, Microsoft había asumido formalmente el compromiso de los 250 millones, pero el trabajo con socios locales, gobiernos y organizaciones de telecomunicaciones venía de antes. La empresa llegó a esa cifra (y la superó en casi 50 millones de personas) a través de una red de alianzas regionales.
En África, más de 124 millones de las personas conectadas están concentradas en ese continente. En Asia, la colaboración con Airjaldi combinó conectividad con formación digital. En América Latina, dos programas en Colombia se convirtieron en casos emblemáticos de lo que la empresa llama su modelo de “última milla”.
El primero involucra a la empresa colombiana Anditel. La alianza se enfocó en llevar internet y energía a comunidades rurales y agrarias en zonas como Inírida, en la Amazonía. Allí, la conectividad permitió a artesanos indígenas expandir sus negocios más allá de los mercados locales. El segundo es Cacao Conecta, una iniciativa creada junto a Usaid, la Fundación Ideas para la Paz y la Compañía Nacional de Chocolates. A través de 26 puntos de conectividad instalados entre 2021 y años posteriores en municipios del Urabá como Turbo, Apartadó y Dabeiba, el programa llevó internet a productores que antes operaban, en palabras del propio Cartagena, completamente a oscuras.

Desde el inicio del proyecto, los participantes registraron un aumento promedio de productividad del 15%, pasando de 450 a 518 kilogramos de cacao por hectárea.
Un tercer caso en Colombia involucra a ISA, la empresa de transmisión eléctrica, que junto a Microsoft llevó conectividad a Arroyo Grande, en el corazón de la región costeña, aprovechando la infraestructura eléctrica ya desplegada para agregar capacidad digital.
Nakagawa describió el éxito del programa en términos que apuntan tanto hacia atrás como hacia adelante.
“Definitivamente fueron las asociaciones con proveedores locales y de infraestructura para capacidades de telecomunicaciones”, dijo sobre los factores que permitieron superar la meta. Pero también resaltó el componente financiero: la sostenibilidad del modelo dependió de estructurar alianzas con instituciones ancla (escuelas, hospitales, ONGs) que garantizaran que las comunidades pudieran mantener el acceso en el tiempo.
La pregunta que sigue al anuncio es qué viene después. Microsoft, que compite con jugadores con Amazon y Google, ya respondió parte de esa interrogante con una nueva alianza con Starlink, la empresa de internet satelital de Elon Musk, busca ampliar el portafolio de herramientas disponibles para llegar a comunidades donde la infraestructura terrestre no alcanza.
En Kenia, la alianza ya opera en 450 centros comunitarios rurales. La combinación de satélites de órbita baja con modelos de despliegue comunitario representa, según la empresa, una evolución de su enfoque, no un reemplazo de lo que ya funciona.
Detrás de estos anuncios hay una tensión que la propia industria tecnológica no ha resuelto: la IA, que se anuncia como la herramienta que hará más relevante que nunca la conectividad, también es el principal motor del crecimiento del consumo eléctrico de las grandes tecnológicas.
Según el reporte ambiental de Microsoft correspondiente al año fiscal 2024, las emisiones totales de la empresa (incluyendo cadena de suministro) aumentaron un 23,4% frente a su línea base de 2020. El crecimiento del negocio de nube e inteligencia artificial es la causa principal.
Nakagawa reconoció la paradoja directamente cuando se le planteó.
“Sentimos que hay una oportunidad increíble en esta nueva era de la IA, pero tenemos que hacerlo de manera sostenible”, dijo.
La empresa divide su respuesta en tres frentes al construir la infraestructura con materiales de menor huella de carbono (incluyendo madera laminada cruzada en lugar de concreto y acero en algunos centros de datos), operar esa infraestructura con energía renovable, y aplicar la propia IA para reducir emisiones en sectores como el energético.
Como ejemplo del tercer punto, citó a LineVision, una empresa que usa inteligencia artificial para permitir que las líneas de transmisión existentes transporten más energía limpia.
“La IA crea mucho más impacto que la energía que consume”, apuntó, citando un documento del economista Lord Stern que estima que el uso de IA en aplicaciones energéticas puede generar un beneficio de hasta tres veces en reducción de carbono.
Para cuando Microsoft anuncia que ha conectado a casi 300 millones de personas, la Unión Internacional de Telecomunicaciones estima que aún hay 2.200 millones sin acceso a internet. La brecha no se cierra sola. Y en zonas como el Urabá antioqueño, donde un productor de cacao pasó de caminar kilómetros para encontrar señal a consultar precios en tiempo real, la distancia entre esa estadística y una vida mejor sigue siendo, en muchos sentidos, una cuestión de infraestructura.
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