En el sector constructor colombiano la regla de: cash is king no aplica. ¿Por qué este mandamiento puede matar empresas que todavía respiran?
En finanzas existe un mandamiento que nadie discute: cash is king. La liquidez es la reina: el oxígeno, la primera señal que los analistas buscan cuando una empresa empieza a tambalearse. Si tienes caja, tienes tiempo. Si tienes tiempo, tienes oportunidad. El problema es que, en el sector colombiano de la construcción, ese mandamiento mata empresas que todavía respiran.
Así lo demostró un dato que no era previsible.
Cuando se analizó el comportamiento financiero de más de 6.000 empresas constructoras en Colombia durante casi una década, surgió un hallazgo que contradice 58 años de literatura financiera: la liquidez no es el mejor predictor de la insolvencia en este sector. Lo es la rentabilidad operacional, y la diferencia entre ambas señales no es marginal: es una brecha de 13,6 meses.
¿Qué significa eso en términos concretos? Que una constructora puede tener el balance impecable —capital de trabajo positivo, razón corriente saludable, cuentas por cobrar robustas— mientras su EBIT lleva más de un año enviando señales de colapso que nadie está mirando. El médico revisa la presión arterial y dice que el paciente está bien. Pero el corazón ya está fallando.
El mecanismo es a la vez elegante y perverso. Las constructoras acceden con regularidad a créditos puente respaldados por certificados de avance de obra y por cuentas por cobrar del proyecto. Esa línea de crédito hace algo muy específico: reconstituye artificialmente los activos corrientes. El capital de trabajo se mantiene positivo no porque el negocio esté generando valor, sino porque hay deuda de corto plazo que tapa el hueco. La liquidez miente. La rentabilidad, no.
Los modelos heredados de Altman —el estándar que sigue usando un buen número de instituciones financieras— fueron calibrados en 1968 sobre empresas manufactureras de la Bolsa de Nueva York. Son herramientas extraordinarias para lo que fueron diseñadas. Pero aplicarlas al constructor colombiano de hoy es como usar un mapa de Manhattan para orientarse en Medellín: la escala es correcta, pero el terreno es completamente distinto.
Los datos confirmaron lo que la teoría sugería: cuando se entrenó un modelo de machine learning con los datos reales de insolvencia del sector, la rentabilidad operacional (EBIT/Activos Totales) explicó el 28,5% del poder predictivo. La liquidez tradicional, apenas el 11,2%. Y el modelo logró anticipar las quiebras con una media de casi 18 meses de antelación.
Dieciocho meses son una eternidad en términos regulatorios. Es tiempo suficiente para convocar una mesa de acreedores, renegociar los pasivos y activar los mecanismos preventivos de la Ley 1116 antes de que el deterioro se vuelva irreversible. Pero solo si se está mirando la señal correcta.
Hay algo más inquietante. El 40% de las empresas insolventes de la muestra presentó señales de manipulación contable antes del colapso: indicios de que las acumulaciones estaban siendo gestionadas para, precisamente, mantener ese acceso al crédito puente que les daba apariencia de liquidez. La trampa se cierra sobre sí misma.
La pregunta que queda no es técnica. Es de política pública y de cultura de riesgo: ¿cuántas empresas del sector, cuántos empleos, cuántos proyectos inconclusos habrían tenido otro destino si los analistas hubieran dejado de mirar solo la caja y hubieran prestado atención a lo que el estado de resultados llevaba meses gritando?
El cash sigue siendo importante. Siempre lo será. Pero en la construcción, cuando el efectivo parece estar en orden, conviene preguntar quién lo puso ahí y a qué costo.
Por: Javier Tovar Márquez*
*El autor es profesor de Inalde Business School.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.
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