La cultura de dormir menos para producir más está arraigada en la cultura empresarial de Latam. Está en los ejecutivos que publican sus rutinas de madrugada como "medalla al mérito". ¿Qué hay detrás?

Decides hacer una pausa para tomar el café con un colega. Alguien acaba de terminar de hablar y la conversación se queda flotando en el aire con ese peso que tienen las confesiones de sacrificio. “Yo no pierdo tiempo durmiendo,” dice. “Me acuesto a las 11 p.m., me levanto a las 4 a.m., corro 10 kilómetros, medito 20 minutos, tomo clase de mandarín. Ya llego acá con tres cosas hechas, listo para seguir en modo productivo.” Mientras habla, el líder que escucha siente un nudo. No es envidia. Es algo más fuerte: es culpa. Es la sensación de estar siendo testigo de una virtud que todos comparten, pero nadie cuestiona. Se va a la reunión con esa idea dándole vueltas en la cabeza: cinco horas de sueño. Tal vez debería intentarlo. “Ya descansaré cuando me muera,” piensa y sigue con su día.

Esa creencia está tan normalizada en la cultura empresarial Latam que casi no la vemos. Está en los fundadores que lo dicen con orgullo. Está en los ejecutivos que publican sus rutinas de madrugada como “medalla al mérito”. Está en los perfiles de LinkedIn celebrando sacrificio. Y está, con más peso todavía, en nosotros: la culpa silenciosa de estar durmiendo mientras otros trabajan. Como si el cansancio fuera prueba de compromiso.

Pero aquí va lo que nadie está diciendo: dormir cinco horas no es productividad. Es deterioro cognitivo disfrazado de ambición.

Un estudio de 2025 fue impactante. Con cinco horas de sueño crónico, pierdes capacidad de pensar con claridad. Pierdes velocidad mental. Tu capacidad de tomar decisiones se deteriora. Eres más lento para detectar errores. Más impulsivo al decidir. Más rígido para pensar. El cuerpo cree que está ganando tiempo. El cerebro sabe que está perdiendo capacidad. Y lo peligroso es que la mayoría cree que está funcionando bien. Ni se entera del deterioro acelerado que se está causando con esa deuda de sueño.

Aquí viene la paradoja que no nos detenemos a cuestionar: jamás contrataríamos un director financiero que trabajara con un 50% de capacidad de atención. Jamás aceptaríamos que un piloto de avión operara con ese déficit cognitivo. Pero celebramos—y admiramos—a líderes que llevan años operando con un cerebro fatigado. Los vemos como los héroes. Les pedimos que compartan su rutina. Convertimos la falta de sueño en un aspiracional.

¿Por qué confundimos sacrificio con excelencia? ¿Por qué desconocemos la importancia de una necesidad biológica? Es una ilusión muy costosa. El colega que presume sus cinco horas está perdiendo exactamente lo que lo hace relevante como ejecutivo: claridad, velocidad mental, capacidad de decisión. Y lo peor es que sus decisiones afectan a otros. Son los que dirigen equipos, asignan recursos, contratan, despiden, deciden la dirección estratégica. Y lo hacen con el cerebro en déficit.

El sacrificio del sueño no es sinónimo de alto rendimiento. Es una ilusión muy costosa para tu vida. Lo verdaderamente incómodo es preguntarse: ¿Cuántas personas están “funcionando” con una deuda de sueño que los embarga?

Por: Blanca Mery Sánchez
*La autora es máster en neurociencia aplicada al alto rendimiento y la felicidad, escritora, conferencista y directora de la compañía Mente Sana.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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