La economía espacial crecerá hasta US$1,8 billones en 2035 y Colombia posee una ventaja geográfica única. El desafío es convertir ese activo en desarrollo, tecnología y poder de negociación.

Hay una conversación sobre el futuro de Colombia que casi nadie está teniendo, y se está decidiendo a 36.000 kilómetros sobre nuestras cabezas. Mientras el debate económico gira alrededor del petróleo, el turismo y la transición energética, una industria que crecerá más rápido que casi cualquier otra en la próxima década está repartiendo posiciones, fijando reglas y consolidando ganadores. La economía espacial pasará de unos 630.000 millones de dólares en 2023 a 1,8 billones en 2035, según el Foro Económico Mundial y McKinsey: un ritmo cercano al 9% anual que la pondrá a la altura de la industria global de semiconductores.

Y aquí está el dato que debería cambiar la conversación en Bogotá: el activo geográfico más valioso de toda esa industria cruza el territorio colombiano. No es una metáfora. Es física.

Voy a resumir algunos de los argumentos que presentamos el 29 de Junio 2026 en Manchester en un evento sobre la economía espacial en el marco de la conferencia mundial de la Academy of International Business (AIB) organizado por el Profesor Bo Nielsen y el Profesor Peter Buckley, con Alan Cross director del desarrollo del clúster espacial del noroeste de Inglaterra, y Sam Morales de la Universidad de Manchester donde tuve el gran de ser panelista. 

La única carta que las potencias no pueden comprar

Lanzar hacia el este desde cerca del ecuador regala velocidad. La rotación de la Tierra imprime su mayor impulso en la línea ecuatorial, lo cual son alrededor de 1.674 km/h, frente a los 1.471 km/h de Cabo Cañaveral, a 28,5° de latitud norte. El margen suena pequeño, pero por la relación no lineal entre combustible y carga útil se traduce en una ganancia desproporcionada de capacidad. Por eso Europa lanza desde la Guayana Francesa entre las localidades de Kourou y Sinnamary a 50 km de Cayena (su capital), y Brasil construyó Alcântara en el estado Maranhão a 2° sur de la línea ecuatorial. El ecuador es la geografía de lanzamiento más eficiente del planeta, y atraviesa Colombia.

En el lenguaje de los negocios internacionales, esto es una ventaja de localización: inmóvil, ligada al territorio y, este es el punto,m  imposible de adquirir para los actores dominantes. Estados Unidos, China y Rusia no pueden mudarse más cerca del ecuador. Es una de las pocas cartas estructurales que el Sur Global tiene en la mano, y Colombia la tiene por nacimiento.

Hay un segundo premio directamente encima. La órbita geoestacionaria, el anillo donde se ubican los satélites de transmisión, clima y telecomunicaciones, es un recurso finito que existe únicamente sobre el ecuador. El espacio sobre Colombia es, literalmente, propiedad raíz escasa.

Ya intentamos cobrar por esto. Y perdimos

Lo notable es que Colombia entendió el valor de este activo antes que casi nadie. En diciembre de 1976, por iniciativa diplomática colombiana bajo el gobierno de Alfonso López Michelsen, ocho países ecuatoriales firmaron en Bogotá una declaración audaz: la órbita geoestacionaria existe solo por la gravedad de sus territorios; por lo tanto, no es “espacio ultraterrestre”, sino un recurso natural que pertenece al país que está debajo. Fue el desafío más serio que ha enfrentado el régimen jurídico espacial. Colombia intentó crear en esos momentos un mercado visionario, pero inexistente hace 50 años.

El mundo dijo que no. Y los países ecuatoriales tuvieron que replegarse, de reclamar “soberanía” al lenguaje mucho más débil de los “derechos preferentes”. Pero Colombia no archivó el reclamo: lo elevó a rango constitucional. El artículo 101 de la Constitución de 1991 enumera el territorio nacional e incluye, textualmente, “el segmento de la órbita geoestacionaria, el espectro electromagnético y el espacio donde actúa”. Pocas naciones reclaman el espacio sobre sus cabezas en su propia carta fundamental. Colombia lo hace.

La lección de la Declaración de Bogotá no es que tuviéramos razón jurídica, no la teníamos del todo. La lección es de oportunidad: las reglas se escribieron en la estrecha ventana en que nuestro reclamo todavía podía descartarse por prematuro. Y esa ventana se está volviendo a abrir. Los Acuerdos Artemis están haciendo hoy con los recursos de la Luna exactamente lo que la negativa a Bogotá hizo con las posiciones orbitales en los setenta: una coalición capaz construye una interpretación permisiva del tratado, suma firmantes y le entrega al Sur Global un reglamento ya cerrado al que solo puede adherirse. Colombia ya corrió este experimento. Tenemos los recibos.

El error sería querer competir con SpaceX

Conviene desinflar una fantasía. Colombia no debería construir cohetes para competir con SpaceX: no es ahí donde está el dinero. El grueso del crecimiento hacia 2035 no está en el backbone, es decir, en cohetes, satélites, infraestructura física, sino en los servicios habilitados por el espacio: observación de la Tierra, posicionamiento, conectividad, analítica. El valor no está en el cohete; está en el acceso al territorio de lanzamiento y en la capa de datos que toda la economía empieza a necesitar sin darse cuenta.

Si la ventaja ecuatorial es real, y lo es, el acceso al territorio de lanzamiento debe tratarse como un activo soberano que se negocia, no como un favor geográfico que se regala. Brasil lo entendió con Alcântara. Colombia, con costa en el Pacífico y en el Caribe a latitudes comparables, podría estructurar acuerdos de acceso, aportando la localización a cambio de transferencia tecnológica, contenido local y participación en la cadena de valor. La carta solo sirve si se juega como dueño.

La teoría de los Negocios Internacionales tiene un nombre para el destino que hay que evitar: la “fábrica global” del Profesor Peter Buckley, donde la empresa líder internaliza los nodos de control de alto valor, la capa de datos, la propiedad orbital, y externaliza el resto a una periferia dependiente que provee mercados y datos crudos sin capturar la renta. Empresas como SpaceX ya integran lanzamiento, manufactura de satélites y servicios de datos en formas de control altamente concentradas. Es decir, estratégicamente Colombia debe decidir cuál nodo vamos a internalizar para no ser, otra vez, la periferia externalizada. 

Autores del reclamo, o clientes del servicio

Sería deshonesto vender esto solo como oportunidad. El riesgo ya está en marcha. La estrategia de conectividad actual mezcla constelaciones extranjeras seleccionadas como las seleccionaría cualquier comprador. Es ingeniería sensata. Pero también es, exactamente, la posición de inquilino sobre infraestructura ajena. La nación que en 1976 hizo el reclamo de propiedad más ambicioso del Sur Global se arriesga a convertirse en el cliente modelo de la infraestructura de otros. Ese arco, de autor del reclamo a comprador del servicio, es la advertencia, no la promesa.

La ventana se cierra a la velocidad del capital y de los tratados, no de la política colombiana. Tres movimientos importan más que el resto: tratar el espacio como política industrial y no como divulgación científica; construir capacidad analítica y talento, no solo importar hardware; y negociar en los foros donde se escriben las reglas, porque estar presente no es lo mismo que tener poder. La regla de “primero en llegar, primero en servirse” convierte una ventaja de capacidad en una ventaja de propiedad permanente. Quien no negocia las reglas, las hereda.

Colombia ya dio una vez su respuesta a la pregunta de para quién es el espacio. En 1976 dijimos: la órbita que está sobre nosotros es nuestra. El mundo dijo que no, y lo escribimos en la Constitución de todos modos. No estábamos equivocados sobre el valor. Estábamos adelantados sobre el momento. Hoy el momento llegó: el dinero está en los servicios y no en los cohetes, y la geografía sigue exactamente dónde estaba. El ecuador no se ha movido. El artículo 101, tampoco.

Twitter:@alegp1
La autora es Jefe de la Maestría en Sostenibilidad de la Universidad EAFIT. Antes fue presidente para América Latina y El Caribe de la Academia de Negocios Internacionales (AIB). PhD en Negocios Internacionales y Responsabilidad Social Empresarial de la Universidad Nacional de Irlanda.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.