El debate sobre la inteligencia artificial ha planteado una falsa disyuntiva entre reemplazar a los creadores o destruir la creatividad humana, cuando también puede entenderse como una colaboradora.
Durante los dos últimos años el debate sobre la inteligencia artificial se ha planteado como una falsa disyuntiva: o reemplazará a los creadores o destruirá la creatividad humana. Ninguna de las dos cosas parece estar ocurriendo. Ethan Mollick propone entender la IA como un co-worker, co-teacher and coach, es decir, como una colaboradora antes que como una sustituta. Esa idea resulta especialmente valiosa para una industria cuya materia prima sigue siendo la imaginación.
Cuando miles de personas utilizan las mismas herramientas con instrucciones similares, los resultados inevitablemente tienden a parecerse. La IA democratiza el acceso a la producción, pero también corre el riesgo de homogeneizar la estética cuando sustituye el criterio por la comodidad. Como afirma Lev Manovich, “the computer layer and the cultural layer influence each other”. Las tecnologías modifican el lenguaje audiovisual, pero el significado de las obras continúa dependiendo de las decisiones culturales tomadas por las personas.
Esa redistribución inteligente del trabajo constituye precisamente la co-inteligencia: dejar que la máquina procese enormes cantidades de información mientras el creador conserva aquello que exige juicio, sensibilidad y responsabilidad artística. En los procesos de creación audiovisual ya existen avances notables en la automatización de tareas como la subtitulación, la búsqueda documental, los primeros cortes de edición o la generación de storyboards y plantillas preliminares. La IA puede dar un impulso significativo a la etapa de desarrollo y agilizar procesos para avanzar más rápido y, potencialmente, llegar más lejos. Sin embargo, difícilmente podrá sustituir el criterio de un director para trabajar con los actores, la intuición de un documentalista para generar confianza o la sensibilidad de un montajista para decidir el ritmo emocional de una escena.
Margaret Boden define la creatividad como “the ability to come up with ideas or artefacts that are new, surprising and valuable”. Es decir, lo verdaderamente creativo no consiste simplemente en combinar elementos existentes, sino en producir algo original y significativo para una comunidad determinada. Esa dimensión cultural sigue siendo profundamente humana.
Hoy vemos un gran número de productos audiovisuales generados con ayuda de la IA y, aunque algunos son realmente potentes, todavía abundan imágenes y sonidos estandarizados, poco coherentes o, simplemente, olvidables. En un entorno donde la producción tiende a uniformarse, la creatividad humana emerge con más fuerza para conectar, interpelar y provocar reflexión.
La inteligencia artificial probablemente hará mejores imágenes cada año. Lo que difícilmente automatizará será la capacidad de reconocer cuáles de esas imágenes merecen ser recordadas. En un entorno donde la producción será cada vez más abundante, la creatividad, el criterio y la sensibilidad dejarán de ser atributos deseables para convertirse en la principal ventaja competitiva. Ese es, en realidad, el verdadero significado de la co-inteligencia. En suma, mientras más accesible sea la IA, más valioso será el aporte de la creatividad humana.
Jerónimo Rivera-Betancur. Director FiaFest Universidad de La Sabana.
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