Cada vez que interrumpimos una tarea, el cerebro debe inhibir el foco anterior, reorganizar prioridades, reconstruir el contexto mental y volver a concentrarse.
Hace unos meses, un CEO llegó a una sesión convencido de que estaba al borde del agotamiento.
“No estoy cansado de trabajar. Estoy cansado antes de empezar a trabajar.”
Lo curioso era que, objetivamente, nada parecía justificarlo. Dormía bien, hacía ejercicio con regularidad e incluso había reducido el número de reuniones en su agenda. Sin embargo, al terminar cada jornada tenía la misma sensación: había estado ocupado durante horas, pero le costaba identificar un solo avance verdaderamente estratégico.
Como muchos profesionales de alto rendimiento, asumía que el problema era el exceso de trabajo.
Pero esa no era la explicación más precisa.
Durante años hemos asociado el agotamiento con largas jornadas, exceso de responsabilidades o falta de descanso. Sin embargo, una parte importante del desgaste mental no depende únicamente de cuánto trabajamos, sino de la cantidad de veces que obligamos al cerebro a cambiar de foco.
Responder un correo. Revisar una notificación. Interrumpir un informe para atender una llamada. Saltar de una reunión a otra. Recuperar el hilo de una idea que quedó suspendida hace veinte minutos.
Cada uno de estos cambios parece insignificante. Sin embargo, ninguno es gratuito.
Cada vez que interrumpimos una tarea, el cerebro debe inhibir el foco anterior, reorganizar prioridades, reconstruir el contexto mental y volver a concentrarse. Ese proceso activa de manera continua el sistema ejecutivo, responsable de dirigir la atención, priorizar, tomar decisiones e inhibir distracciones.
El problema no es una interrupción.
El problema es repetir ese ciclo decenas o incluso cientos de veces al día.
Las investigaciones sobre control cognitivo muestran que mantener este nivel de esfuerzo durante periodos prolongados tiene un costo. A medida que aumentan las interrupciones, la incertidumbre y los cambios de contexto, el cerebro comienza a proteger sus recursos. Reduce progresivamente su disposición a sostener tareas que requieren mayor esfuerzo mental y favorece respuestas más automáticas e inmediatas.
Por eso, el verdadero problema no es que dejemos de pensar con claridad porque estamos agotados.
Con frecuencia ocurre exactamente al revés.
Nos sentimos agotados porque pasamos el día obligando al cerebro a abandonar el pensamiento profundo para responder a estímulos cada vez más breves y dispersos.
Con el tiempo, ese funcionamiento deja de ser una excepción y se convierte en un patrón cerebral de atención fragmentada.
Entonces aparecen conductas que solemos interpretar como falta de disciplina o pérdida de motivación. Postergamos decisiones importantes, elegimos lo urgente sobre lo estratégico, respondemos más de lo que reflexionamos y sentimos que ya no tenemos energía para abordar problemas complejos.
No hemos perdido capacidad.
Estamos consumiendo el recurso del que depende esa capacidad.
Durante décadas las organizaciones aprendieron a gestionar el tiempo porque era el recurso más escaso. Sin embargo, en un entorno donde la inteligencia artificial multiplica la información y las interrupciones compiten permanentemente por nuestra mente, el verdadero activo estratégico ha cambiado.
Dentro del capital cerebral existe un recurso que determinará cada vez más la calidad de las decisiones, la creatividad, el aprendizaje y la regulación emocional: el capital atencional.
No es simplemente la capacidad de concentrarse.
Es la capacidad de dirigir deliberadamente la atención hacia lo importante, sostenerla el tiempo suficiente para pensar con profundidad, recuperarla después de una interrupción y protegerla de aquello que consume recursos sin generar valor.
Las organizaciones que comprendan este cambio dejarán de medir únicamente cuánto trabajan las personas para empezar a preguntarse en qué están invirtiendo su atención.
Porque el trabajo del futuro ya no pertenecerá a quienes procesen más información. La inteligencia artificial hará eso mejor que cualquiera de nosotros.
La ventaja competitiva estará en quienes sean capaces de proteger el recurso más escaso de esta nueva economía: una atención suficientemente estable para transformar información en criterio, criterio en decisiones y decisiones en valor.
Por: Blanca Mery Sánchez
La autora es máster en neurociencia aplicada al alto rendimiento y la felicidad, escritora, conferencista y directora de la compañía Mente Sana
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.
Le puede interesar también: Fortaleza adaptativa: la capacidad que marcará la diferencia en un mundo impredecible
