Mientras desde los setenta la pregunta era ¿Quién tiene el petróleo?, el tema cambia ahora y lo que debemos empezar a preguntar ¿Quién puede producir suficiente electricidad y llevarla hasta donde se necesita?

Pocas veces un año deja tantos movimientos en el mercado petrolero como 2026. El Brent pasó de rondar los US$70 a comienzos de año a superar los US$116 en abril, cuando el cierre del Estrecho de Ormuz volvió a poner sobre la mesa el riesgo de un desabastecimiento mundial. En julio, las expectativas de un acuerdo llevaron nuevamente el crudo por debajo de US$70, pero su ruptura volvió a impulsarlo hasta US$91. Esta semana, el optimismo frente a un eventual acuerdo entre Washington y Teherán ha vuelto a presionar el precio a la baja.

Más allá de la volatilidad, esto confirma algo: el petróleo sigue teniendo inmensa influencia en la economía global y un pequeño estrecho entre el golfo Pérsico y el golfo de Omán todavía puede mover los precios de la energía y, con ellos, los mercados mundiales. Pero mientras el petróleo demuestra su importancia, otra transformación energética se viene dando inexorablemente: la creciente demanda de electricidad.

La inteligencia artificial y la inversión de las grandes compañías tecnológicas en su infraestructura está acelerando este proceso por que los centros de datos necesitan enormes cantidades de electricidad y, sobre todo, un suministro continuo y confiable. De acuerdo con la Agencia Internacional de Energía, su demanda eléctrica creció 17% en 2025, mientras que la de los centros de datos enfocados en inteligencia artificial aumentó todavía más rápido. A esto se suma la electrificación del transporte. Los vehículos eléctricos están trasladando parte de la demanda energética desde los combustibles líquidos hacia la red eléctrica.

Mientras desde los setenta la pregunta era ¿Quién tiene el petróleo?, el tema cambia ahora y lo que debemos empezar a preguntar ¿Quién puede producir suficiente electricidad y llevarla hasta donde se necesita? Porque el desafío no está solamente en generar energía. Los centros de datos, los vehículos eléctricos y la nueva industria requieren redes de transmisión, distribución, almacenamiento y capacidad de generación.

Pero lo interesante aquí es que la creciente demanda de electricidad no significa necesariamente el fin de los hidrocarburos. El gas natural puede adquirir mayor importancia como fuente de generación eléctrica firme, complementando fuentes como la solar y la eólica. Al mismo tiempo, la electrificación aumenta la importancia de recursos como el cobre, el litio y otros minerales necesarios para construir redes, baterías y nuevas tecnologías., dando como resultado un mapa energético mucho más complejo.

Si bien el petróleo seguirá siendo estratégico, el poder energético del futuro dependerá también de quién tenga electricidad abundante, confiable y competitiva. Por lo que la transición energética no consiste simplemente en reemplazar petróleo por electricidad sino en construir una nueva matriz energética.

Y para los mercados, la pregunta será cada vez más relevante: ¿Tiene el mundo suficiente energía para sostener la economía que está construyendo? Porque el próximo gran cuello de botella energético podría no estar en un estrecho en el golfo pérsico sino en una red eléctrica.

Por: Gregorio Gandini*
*El autor es fundador de Gandini Análisis, plataforma donde crea contenido de análisis sobre mercados financieros y economía. También es el creador del podcast Gandini Análisis y se desempeña como profesor en diferentes universidades en temas asociados a finanzas y economía.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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