En el fondo de este debate hay algo casi hermoso. El fútbol lleva un siglo enamorado del último minuto. Allí caben Iniesta en Johannesburgo, el “Agüerooo” de Mánchester y todos los goles que levantan a alguien del sofá. El minuto final es el territorio del milagro. El problema es que hoy también es uno de los espacios más rentables de la industria y uno de los menos transparentes.

Un hombre mira su reloj. Luego levanta un cartel: trece minutos.

Ocurrió en Austria contra Jordania. En Ghana contra Panamá fueron once. En el segundo exacto en que apareció la cifra, millones de pantallas recalcularon una misma pregunta: ¿habrá otro gol? El mercado permanecía abierto hasta el pitazo final. Ese número no fue sometido a votación ni producido por un algoritmo. Dependió del criterio arbitral.

De ahí a la sospecha hay un solo paso: partidos que se alargan, dinero que se mueve. Sin embargo, los datos agregados cuentan otra historia. El Mundial de 2026 fue más corto que el anterior. Con las nuevas reglas —una cuenta regresiva de cinco segundos ante demoras en saques de banda y de meta, y un minuto fuera del campo para quien recibe atención médica— los partidos promediaron 96 minutos, frente a los más de 100 de Catar. El promedio bajó. La dispersión no: el tiempo añadido osciló entre cinco y trece minutos.

Los otros números son enormes. Sobre el torneo se habrían apostado cerca de US$240.000 millones, el doble que en Catar, según estimaciones del Grupo de Copenhague, una red internacional vinculada al Consejo de Europa que combate la manipulación deportiva. Solo en junio, los mercados de predicción negociaron contratos por más de US$50.000 millones, impulsados en parte por el Mundial.

Al finalizar el torneo, el Grupo de Copenhague reportó siete alertas amarillas. La FIFA, cuyo equipo de integridad vigiló los 104 partidos junto con Sportradar, Interpol, el FBI y otros organismos, anunció el 21 de julio que no había encontrado actividad sospechosa ni indicios de manipulación. El Grupo de Copenhague formaba parte de ese mismo equipo. Más que dos investigaciones independientes, quedaron dos lecturas públicas distintas sobre la información recopilada.

Vale aclararlo porque hay reputaciones en juego: una alerta amarilla no es una acusación. Puede originarse en un rumor en redes sociales o en un movimiento atípico de las cuotas. Los casos que trascendieron —la tarjeta roja del partido inaugural, la intervención del VAR que anuló un gol de Ferran Torres o los US$4,8 millones negociados a que España no derrotaría a Cabo Verde cuando
el mercado le atribuía una probabilidad de victoria del 91%— son señales, no sentencias.

Ninguna de las siete alertas estuvo relacionada con el tiempo añadido.

Ahí aparece la parte incómoda: tampoco existe información pública suficiente para reconstruirlo. No se conoce cuántos segundos se acumularon, por qué concepto ni en qué momento fueron registrados. El descuento es una de las pocas decisiones de un partido que puede mover dinero de verdad y no deja una trazabilidad verificable. Se anuncia el resultado, pero no la cuenta.

Para cualquier directivo, el problema debería resultar familiar. La discrecionalidad no es, por sí misma, una falla de gobierno. Muchas decisiones exigen experiencia y criterio. El riesgo aparece cuando ese criterio puede alterar un resultado económico y no deja registro.

En el fondo de este debate hay algo casi hermoso. El fútbol lleva un siglo enamorado del último minuto. Allí caben Iniesta en Johannesburgo, el “Agüerooo” de Mánchester y todos los goles que levantan a alguien del sofá. El minuto final es el territorio del milagro. El problema es que hoy también es uno de los espacios más rentables de la industria y uno de los menos transparentes.

Piénselo en pequeño. Si en un banco alguien pudiera mover una tasa levantando la mano, nadie aceptaría como explicación un “confíe en mí”. Le pedirían el registro: quién tomó la decisión, cuándo y con qué criterio. No necesariamente por desconfianza, sino porque la trazabilidad protege tanto a la institución como a quien decide. Sin ella aparece el peor de los mundos: quien
acusa nunca prueba y quien es señalado nunca termina de limpiar su nombre.

Esto, que parece un asunto de fútbol, también es el asunto de cualquier empresa. Todas tienen su minuto sin auditar: el descuento aprobado por WhatsApp, el criterio que ajusta una provisión o el supuesto que alguien modifica en un modelo un viernes a las seis de la tarde. Mientras la decisión no quede documentada, la única defensa será la reputación de quien la tomó. Y no hay reputación que aguante US$240.000 millones encima.

La solución puede empezar por algo tan sencillo como publicar la cuenta: un archivo que detalle los segundos, la causa y el momento en que fueron registrados. Puede ser suficiente para comenzar a separar el minuto del milagro del minuto de la sospecha.

Porque el mercado cierra cuando el árbitro pita. La sospecha, no.

El autor es Javier Tovar Márquez, profesor de Inalde Business School

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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