El conocimiento técnico abre la puerta, pero las capacidades humanas determinan qué ocurre una vez estamos dentro.

Durante buena parte del siglo XX, una profesión podía aprenderse para toda la vida. Los conocimientos adquiridos en la universidad conservaban su vigencia décadas, y un buen profesional dependía, en gran medida, del dominio de un saber disciplinar.

Esa historia se ha diluido y obligado a replantear el papel de la educación y la forma en que aprendemos. Los sistemas educativos han concentrado sus esfuerzos en transmitir conocimientos especializados y desarrollar competencias disciplinares. Esa misión sigue siendo indispensable.

Ninguna sociedad puede prescindir de buenos ingenieros o médicos. Pero resulta evidente que sólo el dominio técnico no garantiza que podamos desenvolvernos en la vida.

Hace unas décadas se popularizó el concepto de soft skills (habilidades blandas), reconociendo que habilidades como la comunicación o la resolución de problemas influían de manera decisiva en el desempeño laboral. El término permitió ampliar la conversación más allá de los conocimientos disciplinares y representó un avance importante frente a una visión técnica de la formación profesional.

Sin embargo, el concepto comienza a mostrar sus límites. El lenguaje le da forma a nuestro entendimiento del mundo, y el adjetivo soft sugiere, equivocadamente, que se trata de habilidades secundarias o menos exigentes. La evidencia que tenemos en las manos apunta a una dirección contraria. En contextos impredecibles esas son las capacidades que nos permiten navegar la vida.

No me gusta la idea de habilidades blandas. Es un concepto mal situado y mal nombrado. Da más espacio pensar en capacidades humanas. El tránsito es que una habilidad es situada y específica y una capacidad integra. Una habilidad permite ejecutar una acción concreta mientras que una capacidad permite responder a múltiples situaciones complejas. Las capacidades hacen posibles las habilidades.

La relación inversa no siempre ocurre. Aprender una técnica de negociación no convierte a alguien en un buen negociador si carece de regulación emocional o criterio. En cambio, una persona con esas capacidades podrá aprender nuevas formas de negociar.

Nuestras capacidades humanas constituyen el andamiaje cognitivo y emocional que nos permiten aprender de manera continua y adaptarnos a entornos líquidos. No constituyen un complemento de la formación disciplinar, sino que multiplican su valor. Uno nunca se eleva a la altura de sus conocimientos, uno cae al nivel de su capacidad emocional. Un técnico brillante puede sacar adelante un proyecto cuando todo va bien, pero qué pasa cuando el proyecto fracasa.

Pese a la abundante evidencia que hoy tenemos de la modulación de nuestras emociones y cómo afectan las decisiones que tomamos y quienes llegamos a hacer, el tema apenas se introduce de manera tímida en lo que se aprende en la escuela. Abordarlo, introducirlo y ejecutarlo en las estructuras pedagógicas es una demanda que no da espera. Necesitamos una sociedad con buenos profesionales, pero, sobre todo, personas con capacidades para navegar la complejidad de sabernos humanos.

Hoy ningún líder tiene dificultades para encontrar un matemático competente. Lo difícil es encontrar un matemático con quien el equipo quiera trabajar, que escuche, aprenda, gestione el conflicto y haga mejores a quienes lo rodean. El conocimiento técnico abre la puerta, pero las capacidades humanas determinan qué ocurre una vez estamos dentro.

Por: Lina Martínez
*La autora es directora del Centro de Estudios del Bienestar en la Universidad Icesi.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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