Aunque asumir la confianza conlleva el riesgo de ser defraudado, decidir no confiar tiene un costo mucho mayor: perder oportunidades, alianzas y relaciones valiosas por permitir que las heridas del pasado condenen el futuro.

Nos hemos acostumbrado a pensar que desconfiar es una señal de inteligencia. Que quien duda de todos es más difícil de engañar. Que controlar cada detalle evita errores y mantener distancia nos protege de las decepciones.

Puede ser. Pero vivir desconfiando también tiene un costo. Lo paga quien debe demostrar que es capaz. El equipo que necesita autorización para cada decisión. La relación en la que cada silencio se interpreta como amenaza. Y quien, intentando protegerse, termina alejando a los demás.

La desconfianza parece un escudo, pero muchas veces se convierte en una prisión: nos protege de algunas heridas, pero también nos encierra lejos de muchas posibilidades.

El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) señala que apenas el 11% de los latinoamericanos considera que se puede confiar en la mayoría de las personas. En el mundo, la cifra llega al 26%. No es solo una estadística: es una forma de entrar a cada conversación con prevención y a cada acuerdo con la sensación de que algo puede salir mal.

Seguramente tenemos razones. La violencia, la corrupción, los incumplimientos y las promesas rotas nos han enseñado a cuidarnos. Nadie llega a desconfiar de la nada; muchas veces, la desconfianza nace de una herida. Pero una cosa es aprender de lo vivido y otra, condenar el futuro por culpa del pasado.

El problema comienza cuando la prevención se vuelve nuestra manera habitual de relacionarnos: suponemos una mala intención antes de preguntar, confundimos delegar con perder el control y creemos que alguien solo hará bien su trabajo si lo vigilamos. Entonces, una equivocación deja de ser un error y se convierte en prueba de incapacidad o engaño.

La desconfianza también comunica: no creo en tu palabra, dudo de tu criterio y supongo que fallarás si dejo de observarte. Y nadie florece bajo una mirada que siempre sospecha.

En las relaciones, la desconfianza enfría. En las familias, distancia. En los equipos, paraliza. En las empresas, multiplica controles. En la sociedad, rompe la posibilidad de construir juntos. Por miedo a que nos fallen, podemos crear las condiciones para que los demás se alejen.

En las organizaciones, además, la desconfianza tiene una factura económica. La OCDE explica que la confianza reduce los costos de transacción y facilita la cooperación.

Cuando falta, aparecen controles, aprobaciones, reuniones y documentos para dejar evidencia. No tiene una línea propia en los estados financieros, pero se paga en horas perdidas, burocracia, talento cansado, decisiones aplazadas y oportunidades que se fueron porque nadie se atrevió a confiar para avanzar.

Confiar no significa ser ingenuo, ignorar señales ni eliminar controles. La confianza responsable observa, conversa, establece límites y pide cuentas, pero no declara culpables a las personas antes de conocerlas.

La confianza siempre supone un riesgo: quien confía puede ser defraudado. Pero no confiar también: podemos perder relaciones, alianzas y oportunidades que nunca comenzaron.

Antes de exigir que los demás sean confiables, convendría preguntarnos si nosotros generamos confianza: si cumplimos nuestra palabra, escuchamos antes de concluir, reconocemos los errores honestos y delegamos de verdad.

Porque la confianza no se exige primero: se inspira. Y se inspira en actos pequeños: cumplir lo prometido, decir la verdad a tiempo, no usar la vulnerabilidad del otro en su contra, reconocer cuando nos equivocamos y no convertir cada error en una sentencia.

Tal vez una de las decisiones más importantes de la vida sea no permitir que las heridas nos conviertan en personas incapaces de confiar.

Porque las relaciones que valen la pena no se pueden controlar por completo. Se pueden cuidar, conversar y cultivar. Pero, tarde o temprano, se trata de confiar.

Por: Ricardo Barreto Jara.

*El autor es director ejecutivo de MBA Inalde Business School.

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