Una cultura corporativa sólida no exige la homogeneidad de sus integrantes, sino la capacidad de generar pertenencia entre personas con distintas motivaciones.

Dunder Mifflin estaba llena de personas que difícilmente habrían pasado un test de cultura organizacional. Por eso The Office, la exitosísima serie creada por Ricky Gervais, tiene algo importante que enseñarnos sobre pertenencia, diversidad y cultura en las empresas.

Michael Scott probablemente no sería el jefe que recomendaría un manual de liderazgo. Dwight Schrute difícilmente sería el compañero ideal de oficina. Jim Halpert no ganaría todos los premios al compromiso corporativo. Stanley Hudson jamás sería embajador de una campaña de engagement. Y, sin embargo, todos pertenecen a Dunder Mifflin.

Años después de su estreno, The Office sigue diciendo algo interesante sobre las organizaciones. Detrás de la comedia, los personajes exagerados y las situaciones absurdas, aparece una pregunta que quienes trabajamos en comunicación corporativa nos encontramos constantemente: ¿cómo se construye una cultura organizacional realmente auténtica?

Ricky Gervais sabía bastante de oficinas antes de crear la serie original. Trabajó durante años en ellas, pasó por distintos cargos, llegó al middle management y asistió a esas capacitaciones gerenciales cuyo lenguaje terminaría alimentando la sátira de The Office. Al explicar años después a Harvard Business Review por qué una serie de televisión sobre una pequeña empresa había conseguido conectar con públicos de tantos países, Gervais no habló de liderazgo, productividad ni propósito corporativo. Habló de algo mucho más elemental: la necesidad humana de querer pertenecer.

También señaló una característica aparentemente obvia del trabajo que quizá hemos olvidado en nuestra obsesión por diseñar culturas ideales: las personas son puestas juntas de manera bastante arbitraria, pasan ocho horas al día unas con otras y no necesariamente todas disfrutan estar allí.

Ahí está una de las grandes críticas presentes en The Office: una cultura organizacional fuerte no es aquella en la que todos se parecen, sino aquella capaz de generar pertenencia entre personas profundamente diferentes.

Parte de la genialidad de The Office está precisamente en que podemos reconocer fácilmente a sus personajes. Casi todos hemos conocido a un Michael, un Dwight, una Pam o un Stanley en algún momento de nuestra vida laboral. Y quizá, dependiendo de la etapa de nuestra carrera, también hemos sido alguno de ellos.

Aquí resulta útil recuperar una idea de Carl Jung que ha tenido una enorme influencia posterior en la cultura, la narrativa y hasta en la construcción de marcas: los arquetipos. Jung los entendía como patrones universales y reconocibles de la experiencia humana. Décadas después, esta idea fue trasladada al terreno de la cultura popular y el branding para explicar, entre otras cosas, por qué ciertos personajes, símbolos y relatos nos resultan inmediatamente familiares.

Los personajes de The Office funcionan de una manera parecida. Son individuos singulares, pero representan formas que reconocemos en una oficina: el jefe que necesita aprobación, el empleado que convierte el trabajo en parte de su identidad, el talentoso que observa la cultura desde cierta distancia, quien quiere crecer, quien protege las normas o quien simplemente desea hacer bien su trabajo y volver a casa.

En comunicación corporativa hemos aprendido a construir relatos alrededor de atributos comunes: “así somos”, “esto nos identifica”, “estos son nuestros valores”. Es cierto que las marcas necesitan cierta coherencia para ser reconocibles, pero las organizaciones no están hechas de frases inspiradoras, sino de personas profundamente diferentes entre sí.

Tal vez hemos idealizado demasiado la cultura organizacional como un estado permanente de armonía. Sin embargo, la realidad es que una organización viva contiene tensiones: entre autonomía y control, estabilidad y ambición, competencia y cooperación, resultados y bienestar, jerarquía y espontaneidad. El objetivo de una cultura fuerte no debería ser eliminar esas tensiones, sino conseguir que puedan coexistir sin destruir el sentido de comunidad.

Gervais lo resume desde la comedia de una manera menos sofisticada, pero quizá más certera. Al hablar de la política de las oficinas, señaló que los comportamientos humanos permanecen prácticamente iguales sin importar dónde trabajemos: podemos estar en la NASA o en cualquier otra organización y terminar preguntándonos por qué alguien tiene una oficina más grande que la nuestra. “Es algo muy humano”, concluye. Y precisamente de eso trata The Office: de humanidad imperfecta que conforma una empresa.

Dunder Mifflin nunca consiguió que Michael, Dwight, Jim, Pam, Stanley y Angela se parecieran entre sí, afortunadamente. Porque una cultura organizacional auténtica no consigue que todos encajen,sino que personas diferentes encuentren razones para pertenecer.

Por: Sebastián Silva C.
*El autor es profesor de la Facultad de Comunicación, Universidad de La Sabana.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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