¿Estamos usando la inteligencia artificial con el criterio y responsabilidad que merecemos? La inteligencia artificial ya no se va a ir de nuestras vidas, independientemente de lo que digan sus defensores y detractores. Es un hecho y tenemos que aceptarlo: ya forma parte de nuestra cotidianidad como si fuera un miembro de la familia más. […]

¿Estamos usando la inteligencia artificial con el criterio y responsabilidad que merecemos? La inteligencia artificial ya no se va a ir de nuestras vidas, independientemente de lo que digan sus defensores y detractores. Es un hecho y tenemos que aceptarlo: ya forma parte de nuestra cotidianidad como si fuera un miembro de la familia más.

Le preguntamos sobre nuestra salud, asuntos legales, pedimos consejos de pareja y hasta para imaginar cómo nos veríamos en los ochenta. La inteligencia artificial investiga, crea y hace trabajo por nosotros. También toma decisiones que antes tomaba otro humano. ¿Y si se equivoca? ¿Quién asume las consecuencias? ¿Basta con una disculpa generada por la misma máquina que cometió el error?

La verdadera discusión sobre inteligencia artificial quizá ya no debería limitarse a preguntarnos qué puede hacer esta tecnología, sino cuánto estamos dispuestos a dejar que haga por nosotros.

De herramienta a agente

Esta invención —que tal vez sea la más ambiciosa, potente y poderosa creada en los aproximadamente 300.000 años de la corta historia de la humanidad— se concibió como una herramienta capaz de reproducir funciones asociadas a la cognición humana, como procesar información, reconocer patrones, aprender de grandes cantidades de datos o resolver problemas. En la actualidad, ya no solo algunos modelos superan ampliamente el desempeño humano en tareas específicas; también han ganado autonomía.

Es impactante lo rápido que evoluciona la capacidad de la inteligencia artificial para actuar sin intervención humana. El historiador Yuval Noah Harari resume muy bien esta transformación: pasó de ser una herramienta a ser un “agente autónomo” capaz de comunicarse, realizar tareas, aprender, generar ideas, negociar, tomar decisiones complejas o procesar datos con otros agentes sin la intervención de un ser humano en tiempo real.

Esta capacidad de la inteligencia artificial es lo que ha abierto el debate y acrecentado los temores sobre sus alcances desde julio de este año, cuando OpenAI (creadores de ChatGPT) identificó en medio de una prueba controlada, que sus agentes de inteligencia artificial lograron vulnerar la seguridad y consiguieron escapar del entorno de pruebas, se descontrolaron y hackearon una start-up de forma autónoma.

Y la guinda del pastel: unos investigadores de la empresa de ciberseguridad Hacktron se infiltraron en los sistemas internos de OpenAI usando a la competencia. Lograron un ataque en tres horas utilizando Claude de Anthropic, durante un ejercicio autorizado como parte de un programa de recompensas por errores. Dicho de otra manera: gracias a la inteligencia artificial se pueden descubrir fallas más rápido y corregirlas, pero también puede ayudar a perpetrar en pocas horas ciberataques complejos (y peligrosos) que antes requerían mucho más trabajo y equipos sofisticados.

Como lo señala Human Security en su Informe de referencia sobre el estado del tráfico de IA y las ciberamenazas de 2026, la situación se agudiza considerando que el 96% del tráfico total generado por esta tecnología se concentra en tres empresas y, de esas tres, el 69 % de la participación corresponden a los bots de OpenAI (ChatGPT User, OAI-SearchBot, GPTBot y ChatGPT Agent).

Es lo que ocurre con muchas tecnologías: el problema no está únicamente en la herramienta; está en quién la controla, con qué objetivos y bajo qué límites.

La inteligencia artificial puede hacerlo por nosotros, pero ¿debería?

Conocer los beneficios de la inteligencia artificial es tan importante como reconocer sus riesgos respecto a su uso. Como individuos y como sociedad, debemos analizarlos y actuar al respecto.

La discusión suele girar en torno a su regulación, privacidad, concentración, impacto en el desempleo, discriminación, incremento en las brechas de desigualdad, manipulación, desinformación, alto consumo de recursos como agua y energía, entre otros. Todos son asuntos relevantes, pero hay un riesgo menos visible, más personal y que debe ser también prioritario: ceder voluntariamente la soberanía de nuestro criterio como seres pensantes.

Es indiscutible que la inteligencia artificial puede ahorrar tiempo, procesar información, descubrir patrones y liberarnos de tareas repetitivas para que los humanos nos concentremos en estrategia, creatividad e innovación. El problema surge cuando dejamos de utilizarla como apoyo y comenzamos a sustituir con ella precisamente esas capacidades.

Pareciera que como especie estamos delegando nuestro ingenio y, peor aún, nuestro criterio a la inteligencia artificial. ¿Hasta dónde queremos delegar la generación de ideas? ¿Cuánto de nuestra estrategia debería diseñarla una máquina? ¿Queremos que redacte, interprete, decida y concluya por nosotros? Y, sobre todo, ¿seremos capaces de cuestionar sus respuestas si hacerlo exige más esfuerzo que simplemente aceptarlas?

La educación ya enfrenta este dilema. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)reportó en su informe Perspectivas de la Educación Digital 2026 que el 72 % de los profesores de secundaria inferior creen que la IA puede perjudicar la integridad académica porque permite que los estudiantes hagan pasar como propio un trabajo hecho por inteligencia artificial. Y advierte el reporte: obtener un mejor resultado gracias a la inteligencia artificial no significa necesariamente haber aprendido.

Pasaron décadas para algunos países comenzar a regular el acceso a redes sociales a niños y adolescente. ¿Deberíamos esperar décadas para que suceda lo mismo con la inteligencia artificial? ¿Y si ya fuera demasiado tarde?

El riesgo silencioso de la inteligencia artificial: dejar de pensar

El cerebro racional o neocórtex es la parte más avanzada del cerebro humano, encargada del pensamiento lógico, el pensamiento consciente y la toma de decisiones. En esencia, es la parte de nuestro cuerpo que nos ha traído hasta aquí como especie. Pensar, crear, resolver un problema, escribir una idea desde cero, equivocarnos, revisar nuestros argumentos y llegar a una conclusión propia requiere esfuerzo. Precisamente por eso estos procesos tienen valor. ¿Y si esa capacidad la estuviéramos amenazando nosotros mismos?

La necesidad de resultados rápidos poco a poco está erosionando nuestro pensamiento, invitándonos a entrar en un círculo de ocio mental y resultados fáciles que nos desconecta y nos hace sentir vacíos.

Aunque las respuestas que nos brinda hoy la inteligencia artificial se suelen percibir bajo un concepto de perfección, facilidad y eficiencia, también se pueden sentir monotemáticas, uniformes y “sin alma” pues, al fin y al cabo, que una máquina haga el trabajo no es lo mismo que crear algo a través de nuestro propio conocimiento.

Basta con abrir una red social para darse cuenta como se repite el mismo tipo de imagen, diseño, palabras y estrategias de contenido últimamente. La inteligencia artificial puede multiplicar exponencialmente la producción, pero esa capacidad también corre el riesgo de homogeneizarla.

Hoy en día, con la saturación de información, la simplicidad de crear cualquier cosa solo con escribir una instrucción o prompt y la abundancia de respuestas, nos estamos desconectando de nosotros mismos y eso puede afectar nuestra salud mental.

Al transferir el esfuerzo de pensar a la inteligencia artificial, estamos perdiendo el anclaje emocional que esto genera en nuestra mente, pues pensar impulsa nuestra autoestima y otorga una fuente de propósito a nuestra existencia.

Mantener y fortalecer nuestro derecho a pensar

En la era de la inteligencia artificial, la capacidad de PENSAR debería protegerse deliberadamente. Pensar permite construir una identidad propia. Nos ayuda a contrastar información, detectar manipulaciones, cuestionar narrativas, comprender matices, fortalecer nuestra madurez emocional y tomar decisiones que requieren algo más que datos: contexto, experiencia, valores y responsabilidad.

Recordemos que esta tecnología fue construida por la propia mente humana, que siendo la más desarrollada de este planeta, no deja de ser limitada. Por más impresionantes y rápidos que sean sus resultados, no contienen automáticamente todas las variables necesarias para comprender la realidad y el equilibrio natural de la vida misma.

Recordemos que la IA tiene la capacidad, realidad y verdad de quienes la han creado y, la versión del mundo de sus creadores no tiene por qué ser también la tuya. Puedes delegar la tarea, pero no el pensamiento crítico. Los modelos de inteligencia artificial desarrollados por los gigantes tecnológicos deben estar al servicio de nuestro planeta y nosotros mismos (no al revés).

Estimular la autonomía mental —la capacidad de formar nuestras propias ideas a partir de la razón, la experiencia y el contraste— debe incluirse dentro de las acciones prioritarias en esta nueva era.

Si utilizamos la inteligencia artificial para evitar pensar, corremos el riesgo de debilitar precisamente aquello que nos permitió crearla. La pregunta del futuro quizá no sea cuánto podrá pensar la inteligencia artificial por nosotros, sino cuánto estaremos dispuestos a seguir pensando por nosotros mismos.

Por: Carolina Huertas Garcés, CEO de Las Huertas Agencia

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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