En muchas empresas está ocurriendo algo curioso. Mientras los equipos aprenden a utilizar herramientas de inteligencia artificial, automatizan procesos y descubren que pueden hacer en minutos tareas que antes les tomaban horas, pocas conversaciones se detienen en una pregunta que considero fundamental: ¿estamos preparando nuestros cerebros para esta nueva manera de trabajar?
Y hay otra pregunta que me parece todavía más importante: cuando delegamos una tarea a la inteligencia artificial, ¿tenemos claro qué habilidades cerebrales necesitamos seguir ejercitando? En los últimos meses he conversado con líderes entusiasmados con las posibilidades de la IA. Y tienen razones para estarlo. Hoy podemos analizar grandes cantidades de información, construir escenarios, preparar documentos y encontrar respuestas con una velocidad que hace apenas unos años parecía impensable. Sin embargo, cuando hablamos de cómo preparar a sus equipos, casi siempre aparecen las mismas prioridades: aprender a utilizar nuevas herramientas, desarrollar competencias digitales y adaptarse a los cambios.
Todo eso es necesario, pero hay algo que estamos dejando por fuera.
La inteligencia artificial está cambiando lo que hacemos, la velocidad a la que trabajamos y también la manera en que utilizamos nuestro cerebro.
Un informe de la OCDE publicado en julio de 2026 señala que la IA está transformando los empleos al automatizar tareas, crear nuevas actividades y aumentar la productividad. Entre las ocupaciones más expuestas a estos cambios se encuentran profesiones altamente cualificadas, incluidos los cargos directivos. Esto no significa necesariamente que esos empleos vayan a desaparecer, pero sí que muchas de las habilidades que hoy les dan valor están cambiando.
Pensemos en lo que esto representa.
Durante años nos hemos preparado para analizar información, resolver problemas, construir propuestas, diseñar estrategias y tomar decisiones. Hemos desarrollado experiencia y confianza profesional alrededor de esas capacidades. Ahora contamos con herramientas que pueden participar activamente en muchas de esas actividades.
Un gerente que antes dedicaba toda una mañana a revisar información, identificar patrones y construir conclusiones puede recibir hoy un análisis en segundos. Eso representa una ventaja enorme, pero también modifica su participación en el proceso. Ya no necesita invertir el mismo esfuerzo en producir una respuesta, aunque sigue siendo responsable de comprenderla, cuestionarla y decidir qué hacer con ella.
Desde la neurociencia, esto plantea una pregunta que merece nuestra atención: ¿qué sucede con nuestras habilidades cognitivas cuando comenzamos a delegar una parte importante del esfuerzo mental?
En 2025, investigadores de Microsoft y Carnegie Mellon analizaron cómo 319 trabajadores del conocimiento utilizaban inteligencia artificial generativa en sus actividades profesionales. Encontraron que, cuanto mayor era la confianza depositada en la herramienta, menor era el esfuerzo de pensamiento crítico que los participantes reportaban. También observaron un cambio interesante: parte del trabajo mental comenzaba a desplazarse de producir y resolver hacia verificar, integrar y supervisar las respuestas.
Esto no significa que utilizar IA nos haga menos inteligentes ni que nuestras capacidades cognitivas necesariamente se estén deteriorando. Lo que nos muestra es que está cambiando la manera en que utilizamos nuestro pensamiento, y ese cambio tiene implicaciones que vale la pena comprender.
Nuestro cerebro posee una capacidad extraordinaria para adaptarse a las experiencias y exigencias que le presentamos. La llamamos neuroplasticidad, y gracias a ella podemos aprender, fortalecer habilidades y desarrollar nuevas formas de resolver problemas a lo largo de la vida.
Pero esa capacidad de adaptación también nos invita a observar qué estamos practicando y qué estamos dejando de practicar.
Cuando una habilidad deja de utilizarse durante mucho tiempo, nuestro desempeño puede verse afectado. Al mismo tiempo, cuando la tecnología nos libera de tareas repetitivas, puede abrir espacio para actividades cognitivamente más complejas.
La diferencia está en lo que decidamos hacer con esa oportunidad.
Aquí entra en juego una capacidad que considero fundamental para el futuro del trabajo: la agencia. Es decir, nuestra posibilidad de dirigir conscientemente cómo aprendemos, cómo utilizamos la tecnología y qué capacidades queremos desarrollar.
Podemos apoyarnos en la IA para resolver una tarea y pasar inmediatamente a la siguiente, o aprovechar el tiempo recuperado para profundizar en un problema, explorar alternativas y ejercitar habilidades cerebrales —nuestras Brain Skills— que nos permitan elevar el nivel de nuestro desempeño sin mantenernos en un estado de sobrecarga mental.
Por ejemplo, una persona que recibe un análisis generado por IA y lo acepta sin mayor reflexión vive una experiencia muy diferente a la de alguien que lo contrasta con otras fuentes, identifica inconsistencias, plantea nuevas hipótesis y construye una conclusión propia.
Ambas utilizaron la misma tecnología, pero no ejercitaron las mismas capacidades cognitivas.
Y creo que esa diferencia debería estar sobre la mesa de todos los comités ejecutivos.
Durante años hemos evaluado la preparación de las personas para el futuro del trabajo a partir de conocimientos técnicos, competencias digitales y habilidades profesionales. Hoy necesitamos incorporar otra dimensión: el Capital Cerebral.
Me gusta definir el Capital Cerebral como la capacidad de nuestro cerebro para sostener la vida que queremos vivir. En el contexto laboral, hablamos de contar con la atención, la memoria, la energía mental, la capacidad de aprender, la regulación emocional y el criterio necesarios para responder a las exigencias del trabajo.
La inteligencia artificial no hace menos importantes estas capacidades. Por el contrario, nos exige aprender a utilizarlas de una manera diferente.
Un líder puede tener acceso a más información que nunca y seguir necesitando tiempo para comprender un problema. Puede recibir diez recomendaciones en segundos y continuar siendo responsable de decidir cuál tiene sentido para su organización. Puede automatizar buena parte de sus tareas y descubrir que ahora debe dedicar más energía a gestionar la incertidumbre, resolver conflictos o tomar decisiones que afectan a otras personas.
Por eso, cuando una empresa me habla de sus planes de transformación tecnológica, pienso también en quienes tendrán que vivir esa transformación todos los días.
Me pregunto si están desarrollando su capacidad para aprender continuamente, si encuentran espacios para pensar con profundidad y si cuentan con las condiciones necesarias para sostener su atención.
Porque preparar a las personas para trabajar con inteligencia artificial no debería limitarse a enseñarles a utilizar nuevas herramientas. También implica ayudarlas a conservar, fortalecer y desarrollar las habilidades cerebrales que les permitirán aprovecharlas.
Y eso empieza por reconocer que el cerebro también necesita estar en la agenda de transformación de las empresas.
Por: Blanca Mery Sánchez
*La autora es máster en neurociencia aplicada al alto rendimiento y la felicidad, escritora, conferencista y directora de la compañía Mente Sana
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.
