Siempre he pensado que soy una persona ambiciosa. Me gustan los proyectos grandes, me siento cómoda con metas difíciles y buena parte de mi vida profesional ha consistido en construir cosas que, al comienzo, no tenía ninguna certeza de poder lograr. Pero recientemente algo me hizo pensar en la ambición de una manera distinta.
Me ha pasado varias veces: tengo una idea clara de hasta dónde podemos llevar un proyecto y aparece alguien que propone ir más lejos. Más personas, más impacto, un escenario más grande. Mi primera reacción es la que he aprendido tras años dirigiendo una empresa: pensar en recursos, tiempos, dificultades y todo lo que tendría que ocurrir para hacerlo posible. Pero algunas veces decido ceder, acepto la incomodidad de subir la apuesta y vamos por la versión más grande. Y varias de esas veces lo logramos. Cuando sucede, no solo cambia el resultado del proyecto. También cambia, aunque sea un poco, mi propia medida de lo posible.
Eso me llevó a preguntarme de dónde nace realmente la ambición. Solemos pensarla como un rasgo individual: alguien es muy, poco o demasiado ambicioso. Pero tal vez no sea una cantidad fija que traemos con nosotros, sino una frontera que se mueve con la experiencia y con las personas que nos rodean.
La psicología ofrece pistas. Albert Bandura estudió durante décadas la autoeficacia, que es la creencia sobre nuestra capacidad para producir determinados resultados. Esa creencia no depende solo de nuestras capacidades objetivas. Se construye a partir de haber logrado cosas antes, de ver a otros lograrlas y de la influencia de personas cuya opinión valoramos. Lo que creemos que podemos hacer, en otras palabras, también se aprende.
Eso explica por qué hay personas que expanden nuestra percepción de lo posible. No necesariamente porque sean más ambiciosas en todo, sino porque frente a una situación concreta imaginan otra escala y hacen la pregunta que cambia el tamaño del problema: ¿por qué hasta ahí? Hablamos del emprendedor o del deportista ambicioso como si las grandes aspiraciones nacieran en aislamiento. Pero cuando uno mira hacia atrás, detrás de muchos de sus saltos importantes hubo otra persona: un jefe que exigió más, un socio que imaginó algo más grande, un mentor que vio una capacidad que uno aún no reconocía. La ambición también es contagiosa.
Con la experiencia aparece, además, una paradoja. Los años nos enseñan a hacer las preguntas correctas sobre riesgos y recursos, pero esas mismas preguntas pueden convertirse en un freno. No creo que la solución sea dejar de hacerlas. Sería absurdo romantizar la ambición como si pensar en grande bastara. La investigación de Edwin Locke y Gary Latham sobre establecimiento de metas muestra que las metas exigentes producen mejores resultados que las fáciles, pero solo cuando hay compromiso, claridad, retroalimentación y estrategias para alcanzarlas. Una meta imposible no se vuelve inteligente por ser grande.
La pregunta de fondo es otra: ¿cómo distinguimos el criterio que nos protege de una mala decisión del que simplemente nos protege de la incomodidad? No tengo una fórmula, pero sí una pista: mirar qué pasa después de lograr algo que nos parecía demasiado. Rara vez volvemos al punto anterior. Lo extraordinario de ayer empieza a parecer normal mañana. Y si nuestras objeciones iniciales resultan exageradas una y otra vez, probablemente no eran prudencia sino comodidad.
Por eso importa tanto con quién construimos. Durante años he buscado rodearme de personas inteligentes, rigurosas, capaces de ejecutar y dispuestas a contradecirme. Hoy agregaría algo más: personas que de vez en cuando eleven la vara, que miren una idea suficientemente buena y se pregunten cómo sería si fuera extraordinaria. Eso no significa entregarles la definición de nuestras aspiraciones. La ambición que depende de demostrarles algo a otros se convierte en una carrera que nunca termina. La que me interesa aparece cuando descubrimos una posibilidad que genuinamente nos importa y decidimos explorar hasta dónde puede llegar.
Mi invitación es cambiar la primera pregunta de cada proyecto. Normalmente miramos nuestros recursos y nos preguntamos qué podemos hacer con ellos. Es una pregunta responsable, pero si la hacemos demasiado pronto terminamos diseñando nuestras aspiraciones al tamaño de lo que ya tenemos. Propongo empezar por otra: ¿qué sería extraordinario lograr? Después vendrán el presupuesto, los riesgos y las razones para ajustar la idea. Pero habremos comenzado desde la posibilidad y no desde la restricción.
Sigo creyendo que soy ambiciosa. Lo que ha cambiado es mi idea de dónde viene esa ambición. Incluso las personas ambiciosas necesitamos que alguien, de vez en cuando, mueva unos metros más adelante la línea que habíamos dibujado. Y basta con alcanzarla una vez para no volver a verla como imposible.
Twitter: @Saluagf
*La autora es Cofundadora de la plataforma Symplifica, que trabaja por lograr la formalización de los empleados del hogar en Latam. En su instagram @saluagarciafakih promueve el emprendimiento y comparte sobre su experiencia como emprendedora. Cuenta con un Máster en Emprendimiento e Innovación de la Universidad del Rosario, Máster en Liderazgo de EADA Barcelona y es Especialista en Marketing de EAFIT.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.
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