En Colombia, la paradoja de la tierra es evidente: aunque el país ostenta más de 40 millones de hectáreas cultivables y es catalogado por la FAO como uno de los territorios con mayor potencial para convertirse en potencia agroalimentaria mundial, la inseguridad alimentaria afectó al 28% de la población nacional y el valor agregado agropecuario registró una caída del 2,1% en el último trimestre.

La urgencia de transformar los sistemas agroalimentarios no es un debate teórico, sino un imperativo económico y social. A nivel global, más de 2.100 millones de personas padecen inseguridad alimentaria moderada o grave, mientras el acceso a una dieta saludable en Colombia alcanza un costo diario de US$5,04, superando la media regional de América Latina y el Caribe (US$4,91) y la mundial (US$4,28).

A esta brecha de acceso se suman las ineficiencias del sistema productivo: cerca del 14% de los alimentos se pierden entre la cosecha y la distribución (con un costo estimado de US$400.000 millones a nivel global) y un 17% adicional se desperdicia entre los canales de comercialización y el consumidor final.

Asimismo, la expansión agrícola no planificada ha acelerado la pérdida de 420 millones de hectáreas de bosque a nivel mundial en los últimos 30 años, exigiendo que el 80% del crecimiento futuro de los alimentos provenga de incrementos sostenibles en la productividad por hectárea y no de la deforestación.

Ante esta coyuntura, la conversación en el campo colombiano ha dejado de ser una disyuntiva entre “producir o conservar” para enfocarse en producir regenerando.

Durante el III Foro de Agricultura Regenerativa “Sembrando Sostenibilidad”, convocado por organismos multilaterales (FAO, OIT), la empresa privada (liderada en esta edición por Nestlé de Colombia), ONG ambientales (The Nature Conservancy, WWF) e institutos de investigación (CGIAR, Agrosavia), se entregó al Gobierno Nacional un documento técnico que propone una hoja de ruta a cuatro años para democratizar las prácticas regenerativas en el territorio nacional.

El cuello de botella: financiamiento mixto y titulación de tierras

El mayor obstáculo para que un pequeño agricultor abandone el uso intensivo de insumos químicos y transite hacia la regeneración de suelos no es la falta de voluntad, sino la barrera financiera. Los primeros tres años de transición agroecológica representan un periodo crítico donde se requiere inversión y liquidez antes de ver retornos en mayor productividad.

Sin embargo, la realidad del campo colombiano presenta una traba estructural: un alto porcentaje de campesinos y ganaderos carece de títulos de propiedad sobre sus parcelas. Al acudir a la banca tradicional para solicitar un crédito de reconversión, la exigencia de un respaldo financiero o garantía hipotecaria frena el proceso.

“Se necesitan esquemas de finanzas mixtas y créditos blandos a través de Finagro y el Banco Agrario. Si el sector privado crea encadenamientos productivos directos y garantiza la compra de la cosecha a precios diferenciados, se mitiga el riesgo y se facilita que los pequeños productores accedan a financiación accesible”, menciona Carlos Barragán, director de asuntos corporativos y sostenibilidad de Nestlé Colombia.

Cinco pilares para escalar la regeneración a nivel nacional

El documento de recomendaciones estratégicas articula cinco escalones de acción pública y privada para evitar que la agricultura regenerativa sea una excepción de nicho y se convierta en una política masiva:

  • Mejor producción y relevo generacional: fomentar el ciclaje biológico de nutrientes en lugar de insumos externos, incrementando la biomasa por hectárea y la resiliencia hídrica. Esto permite que el campo sea una actividad rentable para que los jóvenes no migren a las ciudades.
  • Mejor nutrición y cadenas de suministro: diversificación de la dieta mediante alimentos más inocuos y nutritivos, acompañados de la reducción de intermediarios para que el valor agregado regrese al productor.
  • Mejor medio ambiente: captura de carbono orgánico en suelo y biomasa, disminución de emisiones de metano entérico y restauración de la conectividad ecológica y de las funciones hidrológicas del paisaje.
  • Una vida mejor: generación de empleo rural cualificado, reducción de riesgos para la salud y fortalecimiento del tejido social y las redes de innovación en los territorios.
  • Formalización laboral y derechos humanos: con una informalidad laboral rural superior al 83% (y del 95% en sectores como el cafetero), la competitividad internacional exige avanzar en esquemas adaptados de protección y seguridad social para los trabajadores del campo.

Del piloto a la escala de mercado

Las experiencias en terreno demuestran que la agricultura regenerativa genera resultados económicos tangibles cuando se aplican modelos metodológicos de acompañamiento técnico. Casos aplicados en cuencas lecheras de regiones como el Valle de Ubaté han demostrado que, mediante la asistencia técnica y el incentivo en precios de compra, la adopción de prácticas regenerativas puede pasar del 20% al 85% en solo tres años, incrementando la productividad por hectárea hasta en un 20%.

Frente a esta coyuntura, la hoja de ruta radicada ante las autoridades gubernamentales busca establecer indicadores verificables a cuatro años. El objetivo final es garantizar que el tránsito hacia una producción sostenible no represente un sobrecosto para las familias campesinas, sino la puerta de entrada a la productividad, la seguridad alimentaria y la competitividad en los mercados internacionales.

Registrado por Daniel Medina

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