Un estudio del MIT que señala que el 95 % de los proyectos piloto de inteligencia artificial no produjo retorno.
Hace un mes, uno de los investigadores sénior de Anthropic renunció y afirmó que la IA avanza sin frenos hacia desarrollos capaces de mejorarse a sí mismos. Poco después, un directivo del mismo laboratorio respaldó la denuncia y no tuvo reparo en decir que existe más de un 10% de probabilidad de que este descontrol nos extinga antes de 2030.
En redes sociales se habló mucho de esto durante varias semanas. Y, sin temor a equivocarme, en esas mismas semanas algún comité directivo aprobó una inversión sustentada en “una servilleta”, sin mucho análisis detrás. Es posible que ambos eventos tengan algo en común en sus consecuencias.
Las dos situaciones probablemente partieron del conocimiento de cada persona, pero las cifras en sí no fueron verificadas del todo. El “10%” no salió de un artículo científico que estableciera esa probabilidad; era la estimación de un directivo con una voz de enorme alcance, y eso bastó para que miles de personas la repitieran como un hecho.
Unas “cuentas de servilleta” de difusión universal. Y quisiera ser preciso con la crítica, porque no tengo nada en contra de las cuentas rápidas. De hecho, muchas buenas decisiones han salido de un cálculo en papel hecho por alguien que conocía la operación y sabía qué incluir en los números. Lo que suele faltar no es un análisis sofisticado, sino un rigor básico: personas que pregunten de dónde salió el dato palanca antes de decidir algo de peso. Cuando falta ese rigor, el resultado pueden ser semanas de incendios y cuestionamientos.
Un número sin verificar se vuelve de alto riesgo cuando lo dice una de las voces más fuertes del comité. Una cifra dicha por un analista es una hipótesis que se debe revisar; en cambio, la misma cifra dicha por el presidente, un socio mayoritario o un directivo con muchos años en la compañía deja de ser una hipótesis y se convierte en una decisión.
No se suele preguntar cómo se calculó, en parte porque preguntar suena a desafío, y en parte porque, bajo la presión de decidir rápido, revisar parece un lujo que nadie se puede dar. Creo que quien tiene la voz más fuerte no pretende imponer un número; simplemente lo lanza como estimación rápida, sin advertir que la mesa puede recibirlo como meta y empezar a construir el resto de las cuentas alrededor de él.
Basta con participar en los comités directivos de las empresas para saber que pocos proyectos grandes terminan como se prometieron, en tiempo, dinero y resultados. Y no es necesariamente por mala suerte ni por complejidad técnica; lo que sucede es que a menudo no se revisó de dónde salieron las cifras iniciales, y la discusión se cerró antes de cuestionarlas y entenderlas.
Pero también hay que ser claros: las cuentas de panadero tienen una defensa muy válida. Si los números bastaran para decidir, los computadores y la IA ya habrían reemplazado a los directivos hace rato, porque calculan más rápido y se equivocan menos.
No lo han hecho porque gran parte de lo que se decide en un comité no cabe en una automatización y requiere criterio y experiencia. Esperar el estudio “perfecto” también cuesta, y la reunión que se aplaza dos o tres veces hace tanto daño como la cuenta mal hecha. La diferencia entre una servilleta funcional y una peligrosa no está en el tiempo dedicado al cálculo, sino en que alguien pueda responder de dónde salió el número cuando se lo pregunten.
Hoy, las cuentas de servilleta llegan a los comités con gráficas, tablas y un resumen que Claude o ChatGPT produjeron en segundos. En 2025, un estudio del MIT encontró que el 95% de los pilotos de inteligencia artificial en empresas no produjo un retorno medible, y la causa no fue una falla de los modelos, sino que las personas los montaron sin cuestionarlos.
Es la misma servilleta, mejor presentada. Así que, antes de preocuparnos por la próxima década, hagamos la pregunta incómoda en el siguiente comité, sobre todo cuando el número lo dijo quien más autoridad tiene: ¿de dónde salió y quién lo revisó? Porque si el directivo tiene razón y nos quedan cuatro años, sería una lástima gastarlos ejecutando a gran escala la cuenta que hicimos en una servilleta.
Por: Alejandro Ortiz
*El autor es profesor en Inalde Business School
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia
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