Durante las últimas décadas, dimos por sentado que la economía mundial crecería resolviendo un desafío: satisfacer una demanda cada vez mayor. La integración de los mercados globales permitió producir con mayor eficiencia, acceder a capital con facilidad y operar en un entorno de inflación moderada. Sin embargo, ese equilibrio comenzó a cambiar.

Hoy entramos en un nuevo régimen económico en el que las restricciones de oferta vuelven a influir en el crecimiento, la inflación y la inversión. La pregunta ya no es cuánto se quiere consumir, sino si existen las condiciones para sostener el desarrollo económico global.

La pandemia, los conflictos geopolíticos y la fragmentación del comercio internacional expusieron la fragilidad de un modelo que privilegiaba la eficiencia sobre la resiliencia. La inteligencia artificial está elevando la demanda de electricidad, centros de datos, semiconductores e infraestructura digital. Como señala el Midyear Global Outlook 2026 del BlackRock Investment Institute, estas presiones están redefiniendo las tasas de interés y la asignación global de capital.

La conversación sobre inteligencia artificial suele centrarse en modelos y aplicaciones capaces de transformar industrias. Sin embargo, antes de que un algoritmo genere valor, es necesario construir las redes de soporte que lo hacen posible. Según Deloitte, el gasto global anual en centros de datos para IA podría alcanzar hasta US$1 billón en 2028, mientras que la Agencia Internacional de Energía proyecta que su consumo mundial de electricidad se duplicará hacia 2030. La revolución digital también requiere redes eléctricas, materiales críticos, agua, talento especializado y financiamiento de largo plazo.

En este entorno, la competitividad podría definirse por la capacidad de desarrollar sistemas, generar energía, movilizar capital de largo plazo y formar talento. Más que un cambio de ciclo, estamos ante una transformación de las dinámicas que impulsan el crecimiento económico.

Esta transformación trasciende al sector tecnológico y alcanza a la energía, el crédito y los mercados públicos y privados. Para los inversionistas, esto exige entender no solo dónde podría crecer la demanda, sino qué mercados y sectores tendrían capacidad para responder. Esa diferencia puede influir en la evaluación de riesgos, la construcción de portafolios y la asignación de capital.

Para América Latina, este cambio estructural abre una oportunidad que va más allá del nearshoring. México mantiene una posición relevante por su integración con las cadenas de suministro de Norteamérica, mientras Sudamérica combina recursos naturales estratégicos, capacidad energética y mercados financieros que ofrecen rendimientos reales atractivos.

Perú y Chile ocupan una posición estratégica en la provisión de cobre, litio y otros minerales críticos para la electrificación y la infraestructura digital. Brasil reúne capacidad agrícola y energética con rendimientos reales atractivos, aunque su trayectoria fiscal seguirá siendo determinante. Argentina presenta una dinámica diferente a medida que evolucionan sus reformas económicas. La oportunidad no es automática: dependerá de reglas claras, estabilidad macroeconómica y capacidad de ejecución.

También existe una oportunidad para conectar el ahorro de largo plazo con la inversión productiva y la infraestructura regional. El BlackRock Investment Institute considera que la deuda soberana en moneda local de mercados latinoamericanos podría ofrecer oportunidades selectivas, respaldadas por rendimientos reales atractivos y, en varios países, por marcos monetarios creíbles.

La ventaja competitiva ya no dependerá exclusivamente de producir a menores costos, sino de garantizar el soporte necesario para sostener la inversión. La inteligencia artificial seguirá captando los reflectores, pero una parte fundamental de esta transformación ocurrirá lejos de los algoritmos: en las redes eléctricas, la infraestructura digital, los mercados de financiamiento y las decisiones de capital.

En un mundo donde las restricciones de oferta adquieren mayor relevancia, desarrollar capacidad productiva puede resultar tan importante como impulsar la innovación tecnológica.

Por: Aitor Jauregui*
*El autor es director para Latinoamérica de BlackRock.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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