El consumo interno no compite con la exportación, la fortalece; Colombia ya tiene café, mercado y demanda, pero aún no logra consolidarlo como un hábito nacional.
El país que produce uno de los mejores cafés del mundo aún no ha descubierto plenamente las bondades económicas y los beneficios para la salud de convertir su consumo en un verdadero hábito.
Colombia produce en promedio 13 millones de sacos al año y consume internamente cerca de 2,6 millones. De ese volumen, aproximadamente 1,3 millones corresponden a café importado sin arancel. En otras palabras, casi la mitad del café que los colombianos beben a diario no es colombiano, y el de origen nacional que sí llega a la taza del consumidor interno representa apenas el 10% de la producción del país.
El que circula en el mercado doméstico suele ser el grano que los mercados internacionales no demandaron. El país que construyó su reputación global sobre el café suave de mayor calidad termina sirviendo a sus propios ciudadanos lo que el mercado externo no absorbió, mezclado con importaciones de bajo costo. Es una paradoja que Colombia está llamada a transformar.
Brasil ilustra con claridad la magnitud de la oportunidad que estamos dejando sobre la mesa. El mayor productor del mundo destina 23 millones de sacos al mercado interno, todos de origen brasileño, equivalente al 30% de su producción. Su consumo per cápita casi triplica el de Colombia. Esa brecha no es un accidente cultural: es el resultado de décadas de política deliberada para construir un mercado doméstico sólido. Brasil entendió que transformar y consumir en casa genera empleo, dinamiza la industria, fortalece las economías regionales y multiplica los encadenamientos productivos a lo largo de toda la cadena. Colombia, en contraste, exporta el 90% de lo que produce, limitando su capacidad de capturar esos beneficios internamente.
Sin embargo, el mercado colombiano ya envía señales alentadoras. Según el más reciente estudio de Nielsen, la facturación total de café en el retail alcanzó $3,05 billones de pesos en 2025, con un crecimiento de 27,9% frente al año anterior. El consumidor migra progresivamente hacia productos de mayor calidad, pagando precios superiores con mayor frecuencia. La demanda existe, crece y se sofistica. El desafío no es de mercado; es de política pública.
El propio Estado colombiano es hoy un reflejo de esa incoherencia. Las entidades públicas consumen alrededor de 95.000 libras mensuales bajo el Acuerdo Marco de Aseo y Cafetería, cuyo criterio dominante de adjudicación es uno solo: el menor precio. Esa lógica, comprensible desde la disciplina fiscal, tiene un efecto inmediato: excluye al café colombiano de calidad de las oficinas del Estado y favorece la importación de materias primas más baratas.
En 2025, el Congreso declaró al café bebida nacional de Colombia. Pero un reconocimiento simbólico sin traducción en política pública corre el riesgo de quedarse en retórica. Si es la bebida nacional, las entidades del Estado deberían consumir café 100% colombiano como condición básica de compra. El costo adicional para el presupuesto sería marginal; el impacto sobre el ingreso de 540.000 familias caficultoras sería inmediato.
Brasil ofrece también una lección en otro frente. Desde 2001, su programa de alimentación escolar incorporó el café con leche como bebida regular en la merienda infantil. Una generación entera de brasileños creció con esa bebida como parte de su memoria alimentaria. Colombia tiene un PAE que llega a millones de niños y que, en muchos casos, ofrece bebidas industrializadas cargadas de azúcar y aditivos. Una taza de café con leche en el aula aporta proteína, incorpora beneficios comprobados para la salud y conecta al niño colombiano con una de las grandes riquezas productivas de su país. Incluirla en el PAE es simultáneamente nutrición, cultura y política industrial. Es sembrar consumidores con la misma seriedad con la que sembramos el grano.
Cada saco adicional que se consume en Colombia significa más empleo en las regiones productoras, mayor industrialización y más valor agregado que permanece en el país. El consumo interno no compite con la exportación: la complementa y la fortalece. Colombia tiene el café, tiene los consumidores y el mercado ya dio su señal. Falta la decisión de política pública que cierre la brecha entre el país que produce el mejor café del mundo y el país que aún no ha hecho de su consumo un verdadero hábito nacional.
Por: Germán Bahamón Jaramillo
Gerente de la Federación Nacional de Cafeteros
